Fundamentalismo y medios. Las caricaturas de Mahoma

febrero 25, 2006

Publicado en Nexos de abril de 2006

A estas alturas del escándalo, todo el mundo está de acuerdo en que las doce caricaturas que en septiembre pasado publicó un periódico en Copenhague y que tanta ira causaron en varios países islámicos era de dudosa calidad artística. Sin embargo aquellas viñetas no estaban concursando en un certamen de periodismo gráfico. Fueron encomendadas para ilustrar un reportaje del Morgenavisen Jyllands-Posten y su reproducción desató la oleada de inconformidad y protestas que ha ocupado la atención internacional durante los primeros meses de 2006. Se trata en su mayoría de dibujos ordinarios, de los que nadie se acordaría de no haber sido por esa reacción. Todos muestran una concepción demasiado esquemática del islamismo. El más famoso e impugnado, que retrata al profeta Mahoma con un turbante del que brota la mecha de una bomba, remeda toscamente la asociación que con frecuencia se hace entre el mundo musulmán y la violencia. Es una comparación simplista y arbitraria. Así suelen ser los cartones en los diarios. La caricatura periodística no analiza, está por definición reñida con los matices que hacen compleja a la realidad. De ella no pueden esperarse reflexiones sino admoniciones. El golpe visual, habitualmente apoyado en la distorsión de rasgos personales o en la parodia de alguna situación conocida, es el alma de la caricatura.

 

Ilustraciones trucadas

Están hechas para satirizar, pero no para ser tomadas con demasiada seriedad. Por eso las caricaturas, aunque son de los contenidos más vistos en un periódico, no definen una política editorial –aunque, desde luego, puedan formar parte de ella–. Quizá por eso las primeras quejas, semanas después de la publicación de aquellas caricaturas en el periódico danés, no suscitaron inquietud alguna. Cuando en octubre de 2005 se negó a recibir a los embajadores de los países islámicos que pretendían exigirle sanciones para el periódico el primer ministro de Dinamarca, Anders Fogh Rasmussen, cometió un error que sin embargo no fue la causa del escándalo que sobrevendría meses más tarde. Algunos líderes de la comunidad islámica en Dinamarca –en donde de 5.5 millones de habitantes unos 200 mil son musulmanes– resolvieron propagar y aprovechar dicho asunto dentro y fuera de ese país.

En noviembre de 2005 una delegación de imanes de Dinamarca organizada por Ahmad Abu Ladan, dirigente de la Sociedad Islámica danesa, viajó a varios países del Oriente Medio con copias de aquellos cartones. Además de las 12 caricaturas que había publicado el Jyllands-Posten en aquel expediente se mostraban otras ilustraciones que eran, esas sí, agresivamente ofensivas a la personalidad del Profeta. Ninguna había sido publicada en la prensa de Dinamarca. En alguna de ellas se mostraba a Mahoma junto a una exaltación de la pedofilia. En otra, se veía un tipo barbón con una enorme nariz de cerdo mientras gesticulaba delante de un micrófono. Los influyentes líderes religiosos que vieron esas ilustraciones en Arabia Saudita y Egipto se horrorizaron cuando les dijeron que así se satirizaba en Dinamarca al venerable Mahoma. Lo que no sabían era que esa foto en realidad mostraba a un granjero llamado Jacques Barrot mientras participaba, disfrazado de chancho, en el festival de los Cerdos Chillones que cada año se realiza en Trie-sur-Baise’s, un pequeño pueblo al sur de Francia.

Un granjero chillando y enmascarado como cerdo: esa fue una de las imágenes que, al ser presentada como si se tratase de una blasfema parodia del Profeta, desató la cólera en el mundo islámico. Parecía –y en realidad era– cosa de caricatura. Pero no fueron graciosas, en absoluto, las consecuencias de esa intencionada confusión. Las caricaturas, auténticas y falsas, fueron tomadas como intencional agresión a las creencias de los musulmanes. A comienzos de 2006 en varios países árabes comenzó un boicot contra productos de origen danés. Más tarde docenas de personas murieron en Pakistán, Afganistán, Nigeria y Libia en manifestaciones contra el presunto anti-islamismo de Dinamarca.

Los autores y editores de las viñetas fueron amenazados. A comienzos de febrero el gobierno de Senegal expidió una “firme condena a la blasfemia contra el profeta del Islam”. Un par de semanas más tarde un ministro religioso en Pakistán ofreció 25 mil dólares “y un automóvil” por la cabeza del caricaturista danés sin percatarse de que hay una docena de ellos. En respaldo al Jyllands-Posten y a la libertad de expresión, algunos periódicos europeos habían reproducido varios de los cartones inicialmente publicados por ese diario. La prensa de Estados Unidos no fue tan solidaria. El 30 de enero, exactamente cuatro meses después de haber difundido las caricaturas que tanta exasperación pero sobre todo tanta confusión suscitaron, el Jyllands-Posten publicó un editorial en donde explicaba que la convocatoria a 12 caricaturistas para que dibujasen la idea que tienen del profeta Mahoma “era parte del actual debate público sobre la libertad de expresión”.

“En nuestra opinión –escribió Carsten Juste, editor en Jefe del diario– los 12 dibujos eran sobrios. No intentaban ser ofensivos, ni estaban en contradicción con la ley en Dinamarca, pero indiscutiblemente ofendieron a muchos musulmanes, por lo cual nos disculpamos”. En una explicación que además apareció en inglés en su sitio electrónico, el periódico sostuvo: “ya que somos sólidos defensores de la libertad religiosa y debido a que respetamos el derecho de cualquier ser humano a practicar la religión que él o ella quieran, nos resulta impensable ofender a alguien en los cimientos de sus creencias religiosas”.

 

Intransigencias mutuas

Una de las claves del proceso civilizatorio es el reconocimiento del otro como interlocutor. Otra de ellas, el respeto indispensable entre quienes se admiten como interlocutores. En la guerra de las caricaturas se tensaron las visiones mutuas que tienen el mundo occidental y el mundo islámico. Pero sobre todo, ganaron espacio las posiciones más radicales en esos dos ámbitos. En los países musulmanes se reforzó la idea de que en Europa y América no hay respeto por los valores religiosos que tan caros resultan en el Islam. Y en Occidente se amplió el espacio social de quienes, con ignorancia y desprecio, estereotipan a todos los musulmanes como personajes barbados y de turbante, violentos e intolerantes. Las respuestas de uno y otro flancos no hicieron mas que exacerbar esa espiral de intransigencias mutuas.

Para algunos comentaristas en ese episodio se revelaba el “choque de civilizaciones” que con tanta alarma, pero tan escaso rigor, diagnóstico Samuel Huntington hace 13 años. Para muchos más, las consecuencias que tuvieron las caricaturas confirmaban que la libertad de prensa debe cohibirse para no ofender creencias como las que profesan los musulmanes.

Ambas vertientes en el debate que abrieron las viñetas danesas son discutibles. La existencia de contextos distintos en los ámbitos islámico y occidental ayuda a entender pero no causó, por sí sola, el conflicto alrededor de las caricaturas. Evidentemente hay diferencias de apreciación acerca de la función de la prensa y la caricaturización de personajes públicos cuando en Afganistán o Pakistán causa tanto desagrado un dibujo que en Dinamarca, Italia o Canadá resulta casi anodino. Pero la reacción contra las viñetas no se hubiera propagado sin la porfiada militancia de los líderes religiosos que buscaron –y consiguieron– fraguar un escándalo trasnacional. No se trató de un choque entre civilizaciones sino de la reacción –eso sí, con efectos en cadena– de los fundamentalismos que hay en ambas culturas.

Hubo quienes, en Europa o América Latina, se conformaron con encontrar en la publicación de las caricaturas una conspiración para exacerbar las diferencias respecto del universo musulmán: se descalificó al Jyllands-Posten por ser, según se decía, un periódico de derechas (aunque algunos de sus lectores lo identifican más bien con el centro) como si ese fuera motivo para que tuviera un ejercicio restringido de la libertad de expresión. Otros cuestionaron el bullicio acerca de las caricaturas porque, según decían, le daba “alas al pensamiento de la extrema derecha”.

En ese mismo debate pulularon las admoniciones contra posturas que pudieran incomodar a los mahometanos. Las caricaturas danesas quizá eran de mal gusto. Pero ¿cuál es la pauta admisible para que en la prensa haya referencias críticas a las creencias religiosas de otros? Y de manera más amplia, ¿cuáles son los límites pertinentes en el ejercicio de la libertad de prensa?

 

Libertad, responsabilidad

En los primeros meses del año, en las páginas editoriales de periódicos de variadas latitudes menudearon las alusiones a Max Weber para subrayar que no hay libertad sin responsabilidad. La confrontación perpetua entre la ética de la convicción –animada por los principios, el deber moral y las certezas personales– y la ética de la responsabilidad –que se define a partir de las consecuencias de cada acto– podía reeditarse en el episodio de las caricaturas pero sólo parcialmente. No hay que olvidar que Weber acuñó esa dicotomía para explicar el comportamiento de los políticos –que han de tener el realismo suficiente para tomar decisiones incluso más allá de sus convicciones– y no de los periodistas a quienes, con variadas razones, tendía a despreciar.

Con el cedazo de la ética de la responsabilidad, se pudo haber considerado que publicar las caricaturas de Mahoma era inadecuado como ahora todos sabemos. Pero los editores del Jyllands-Posten difícilmente podían haber anticipado la virulenta reacción de quienes se consideraron ofendidos por tales viñetas además de que, como hemos visto, esa respuesta fue acicateada por las interesadas distorsiones y gestiones de algunos líderes musulmanes. Por otro lado, caricaturistas y editores pudieron haber considerado que su responsabilidad está con los lectores de ese diario en Dinamarca y no con los inciertos públicos que podrían encontrar en otros rumbos del planeta.

Prever las respuestas ante nuestras acciones es una premisa recomendable siempre, lo mismo en la vida privada que en cualquier actividad pública. Pero en la crítica periodística, o en la reflexión intelectual, definir lo que se publica y dice solamente a partir de los hipotéticos disgustos que puedan ocasionar un texto, o una imagen, puede paralizar el ejercicio crítico y analítico. La libertad de expresión, para ser tal, tiene que alcanzar todos los ámbitos y temas, con excepción de la vida privada y los secretos de Estado. Esa libertad debe tocar, incluso, a las religiones y convicciones. De otra manera, la crítica e incluso la creatividad quedarían refrenadas por las creencias de otros. En París, once escritores dijeron en una carta abierta que los fanatismos estadounidense y musulmán estaban extendiendo a países hasta ahora laicos y moderados: “Pronto, en Francia como en Dinamarca, la libertad para publicar nos será negada en nombre del respeto a este o aquel dios. Dejamos que eso ocurra y se incendiarán las bibliotecas que abrigan a Voltaire, Sade, Ovidio, Omar Khayam, Proust y todos los demás. Y no hay duda que para ese gran auto de fe se reunirán y danzarán los papas, los grandes rabinos y los grandes muftís”.

Tal vez no es para tanto. Pero cuando la posibilidad de expresar una opinión queda acotada no por el respeto sino por el temor a otros, entonces nos encontramos ante una libertad disminuída. El filósofo italiano Paolo Flores D’Arcais lo explicó de manera muy clara: “Mi libertad tiene sus límites en la tuya. Gran verdad. En tu libertad, no en tu susceptibilidad. Yo me mofo de tu fe, no te prohibo el practicarla. Tú eres libre para mofarte de la mía, no para prohibirme la manifestación de mis convicciones, entre las que se cuenta la de considerar la religión como una superstición a la altura de la astrología, o del tarot”.

Al terminar febrero los del Jyllands-Posten no eran los únicos periodistas bajo presión debido a las caricaturas. En Indonesia el editor de un diario había sido encarcelado por publicarlas. En Malasia, por el mismo motivo, fue clausurado el diario Sarawak Tribune. En Yemen los editores de dos diarios estaban bajo investigación. En París el editor de France Soir, propiedad de un empresario de origen árabe, fue despedido por reproducir las viñetas.

Muchos otros medios se ahorraron posibles represalias y mantuvieron distancia respecto del tema. La posición de quienes exhortaban a no publicar las caricaturas fue severamente cuestionada por Ayaan Hirsi Alí, diputada de origen somalí en el parlamento de Holanda: “Debería darles vergüenza a los periódicos y canales de televisión que no tuvieron el valor de mostrar a sus lectores las famosas caricaturas… exigir que unas personas que no aceptan las enseñanzas de Mahoma se abstengan de hacer dibujos de él no es reclamar respeto, sino sumisión”.

Los medios que decidieron no publicar tales ilustraciones por lo general fueron víctimas de la parquedad y el miedo, más que de una siempre razonada responsabilidad. La prensa occidental no ha tenido tanta diligencia para, por ejemplo, negarse a difundir imágenes de las ejecuciones en contra de europeos o estadounidenses que son perpetradas y grabadas en video por grupos terroristas de filiación o coartada islámica. El derecho a la crítica –a la sátira, incluso– es parte de los valores que cohesionan a la sociedad que conocemos como occidental. Por lo pronto, sin embargo, será difícil que algún caricaturista se arriesgue a dibujar a Mahoma.

 

Referencias

Ayaan Hirsi Alí, “Soy una disidente del islam”. Reproducido en El País, 18 de febrero de 2006.

Paolo Flores D’Arcais, “Contra las nuevas santas alianzas”. El País, 19 de febrero de 2006.

Salim Bachi, Jean-Yves Cendrey, Didier Daeninckx y otros, “Des écrivains face à la caricature”. Le Monde, 13 de febrero de 2006.

 


Convergencia sí, pero no para unos cuantos

febrero 15, 2006

Los días 8 y 15 de febrero se realizó una consulta, convocada por la Comisión de Comunicaciones y Transportes del Senado de la República, acerca del proyecto de reformas a las leyes federales de Telecomunicaciones y Radiodifusión. La consulta estuvo dividida en seis temas, en cada uno de los cuales los convocados a ese foro presentemos nuestros puntos de vista. Esta es la participación que presenté el 15 de febrero en el tema Convergencia tecnológica.

 

La digitalización de los contenidos, aunada a la posibilidad de difundirlos de manera rápida y distante, es el eje de la actual revolución tecnológica en las comunicaciones. La tecnología es un instrumento que puede ser empleado en beneficio de los intereses y las causas más diversas. Por sí sola, la tecnología no resuelve ni propicia nada. Sus efectos dependen de la manera como se le utilice.

En todo el mundo se despliegan políticas para que los beneficios de la sociedad de la información alcancen a cada vez más personas, con cada vez mayores servicios. La minuta que se discute ahora no propicia una utilización creativa, ni capaz de incentivar la diversidad de contenidos y emisores. Al contrario, se trata de una iniciativa que tiende a beneficiar directa y ostensiblemente a los empresarios que ya disfrutan de un desmedido acceso al privilegio de difundir señales de televisión.

El meollo de ese propósito se encuentra en artículo 28 de las propuestas de reforma a la Ley de Radio y Televisión. Señalo solamente algunas de sus implicaciones.

 

Devolución de frecuencias

Como es sabido, en virtud de un Acuerdo del gobierno federal publicado en julio de 2004 los concesionarios que así lo han solicitado disponen ahora de una frecuencia adicional a la que ya tenían para, en ella, emprender transmisiones de televisión digital de alta definición. Ese canal se asigna de manera temporal pero la minuta no establece los procedimientos para que tales concesionarios, una vez cumplida la transición a ese modelo de televisión, regresen al Estado dicha frecuencia adicional. A falta de tales normas, existiría la posibilidad de que esa asignación temporal sea, en realidad, por tiempo indefinido.

A nadie perjudicaría –excepto a quienes quisieran lucrar con esa ambigüedad– que en la minuta se indique, con toda claridad, que una vez concluido el tránsito tecnológico los concesionarios le regresarán al Estado las frecuencias que les fueron asignadas de manera temporal.

 

Contraprestación por servicios adicionales

Como sabemos, la digitalización de las comunicaciones permite un mayor y mejor aprovechamiento del espectro radioeléctrico. En la frecuencia en la que hasta ahora solamente cabía una señal de televisión ahora pueden difundirse ese canal y, además, diversos servicios de telecomunicaciones.

La médula de esta minuta y de la discusión alrededor de ella, señores senadores, se encuentra en la manera como se aprovecharán esas nuevas capacidades que ofrece la convergencia tecnológica.

La minuta propone que esa utilización adicional del espectro electromagnético beneficie a quienes ya tienen concesiones de televisión. La propuesta de artículo 28 para la Ley de Radio y Televisión establece que, para ofrecer tales servicios, los concesionarios solamente tendrían que presentar una solicitud a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Los defensores de la minuta dicen que no beneficia de manera especial a empresa alguna y niegan que esté orientada por los intereses del consorcio Televisa. El artículo 28, sin embargo, confirma a quiénes favorecería esa iniciativa.

Recordemos que cada canal de la televisión abierta, con los parámetros técnicos que se utilizan en México, se difunde en una banda de seis megahertz. Eso significa que, en el Valle de México, en donde tiene los canales 2, 4, 5 y 9, Televisa ha dispuesto durante muchos años de 24 megahertz y recientemente de otros tantos, debido a la asignación de canales “espejo” para la transición hacia la televisión digital. Esos 48 megahertz que Televisa usufructúa en la capital del país se complementan con los que corresponden a las repetidoras y filiales que tiene en toda la República. De acuerdo con sus propios datos, Televisa dispone de 258 estaciones (incluyendo 33 afiliadas) en todo el país. Si recordamos que a cada una de ellas corresponde un canal espejo y que cada canal utiliza un espacio de 6 megahertz, tenemos que, en toda la República, ese consorcio puede explotar casi 3 mil cien [1] megahertz.

Por la utilización de esas porciones del espectro radioeléctrico Televisa no pagó un centavo –excepto cuando, a fines del gobierno de Carlos Salinas, esa empresa cubrió una cuota por varias docenas de repetidoras–. Para evaluar cuánto cuestan esos 3 mil cien megahertz a los que hoy puede tener acceso, recordemos que a las compañías telefónicas el derecho a utilizar un megahertz en el Valle de México les costó, hace nueve años, cinco millones de dólares.

Desde luego una porción del espectro radioeléctrico no cuesta lo mismo en la ciudad de México que en poblaciones más distantes de la sofisticación y el mercado tecnológicos. Pero aun así, se puede asegurar que Televisa se ha ahorrado miles de millones dólares con la política que no ha requerido del pago de derechos por la asignación de frecuencias en este país.

La novedad y el negocio adicional, ahora, radican en la posibilidad de que las empresas televisoras difundan servicios de transmisión de datos y telefonía inalámbrica en los mismos 6 megahertz que han utilizado para propagar señales de televisión. La propuesta de reforma legal que se discute actualmente establece que, por esa utilización adicional del espacio radioeléctrico, las empresas de televisión no estarían obligadas a pagar un monto adicional a diferencia de lo que han tenido que hacer, por un aprovechamiento similar, las empresas de telefonía.

Ese sería un negocio inmediato. Además habría un negocio adicional, y no de menor cuantía, con los megahertz que las empresas concesionarias podrán emplear gracias a la compresión de las señales de televisión.

Con la digitalización, los contenidos que requerían de 6 megahertz para difundirse ahora necesitan anchos de banda menores. Las transmisiones de calidad similar a la televisión analógica que hasta ahora hemos conocido, cuando se difunden digitalmente no necesitan de los 6 mhz sino de una porción menor del espectro radioeléctrico. Los 3 o 4 megahertz restantes constituyen un patrimonio muy valioso para la difusión de otros canales de televisión o de servicios de telefonía o de transmisión de datos. Sin embargo la minuta que se discute ahora no toma en cuenta esa oportunidad tecnológica. Por omisión, la propuesta de reformas deja la utilización de ese espectro sobrante al arbitrio de los concesionarios.

Una tercera opción para que haya espectro adicional al que ahora se está tomando en cuenta es la posibilidad de que la televisión digital de alta definición, que hoy en día requiere de los 6 megahertz, en un futuro cercano necesite un ancho de banda menor. También en esa situación habría espectro radioeléctrico cuya utilización no estaría explícitamente regulada.

La solución para enfrentar desde ahora estos escenarios es muy sencilla. El Senado no tiene por qué entramparse discutiendo las dimensiones ni la maleabilidad digital del espectro radioeléctrico. Lo que pueden y tienen que hacer los legisladores es establecer reglas de carácter general, cuya aplicación sea posible más allá de las eventualidades tecnológicas. Y la regla pertinente, en este caso, sería muy simple: que cualquier aprovechamiento del espectro radioeléctrico que los concesionarios hagan de manera adicional al que les ha sido autorizado para difundir transmisiones de radiodifusión, implique el pago de una contraprestación.

 

En contra de ese espíritu previsor y que reivindicaría el interés del Estado sobre el espectro radioeléctrico, el artículo 28 de la propuesta de reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión indica que cuando un concesionario solicite autorización para ofrecer servicios adicionales de telecomunicaciones en la frecuencia que ya le ha sido otorgada para radiodifusión, la autoridad administrativa “podrá requerir el pago de una contraprestación”. En la elasticidad de ese verbo radica el interés de Televisa para que esa propuesta de reformas se apruebe sin cambio alguno. Al dejar ese cobro sujeto a la discrecionalidad de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes se mantiene la posibilidad de que empresas como la que hemos mencionado presionen al gobierno –y como todos sabemos suelen y saben hacerlo con notoria eficacia– para que no les requieran esa contraprestación.

No es gratuito, como puede apreciarse, que a la propuesta de reformas que la Cámara de Diputados aprobó el 1 de diciembre se le haya denominado, para precisar con toda claridad a quiénes conviene y de dónde surgió, como la Ley Televisa.

Una simple sustitución del verbo en la primera línea del segundo párrafo del artículo 28 cerraría la puerta a la discrecionalidad que he comentado. Si se dijera que la autoridad administrativa deberá, o simplemente requerirá el pago de la contraprestación, en vez de dejar ese cobro al arbitrio de la Cofetel o la Secretaría de Comunicaciones, se resolvería ese tema que ha motivado tantas suspicacias.

El aprovechamiento de la concesión para esos servicios adicionales debería ser motivo de licitación abierta. La posibilidad de que a las televisoras se les exente del pago por esa prestación ascendería a varios miles de millones de dólares. De ese tamaño es la cantidad, señores senadores, que se escatimaría al patrimonio nacional si ustedes aprueban, sin cerrar esa puerta a la discrecionalidad, la minuta que ahora se discute.

–0–

 


[1] Exactamente, 3096 mhz


Televisa y el pensamiento único

febrero 13, 2006

Versión revisada de la conferencia ofrecida en el seminario sobre las reformas a las leyes de telecomunicaciones y radiodifusión organizado por la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación y el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM el 13 de febrero de 2006 en Ciudad Universitaria.

Uno de los desafíos mayores que enfrentan las sociedades contemporáneas es la creciente homogeneización de las ideas. La mundialización de las economías y la propagación de los contenidos culturales a escala planetaria han contribuido a extender lo que algunos autores han denominado como el pensamiento único. A comienzos de 1995 Ignacio Ramonet [1] identificó con dicho término a esa ideología de pretensiones universales que propone la supremacía de la economía sobre la política –y por supuesto del mercado sobre el Estado– y que ha sido alentada por los mayores organismos financieros internacionales. Reivindicaciones del mercado como orientador de la producción económica y las relaciones sociales han existido desde hace más de dos siglos. La singularidad del pensamiento único es que ha sido presentado como excluyente de cualquier otro parámetro para entender al mundo actual y sus cambios.

Ese pensamiento único pudo irradiarse y ganar legitimidad publicitaria a partir de la crisis de las ideologías que presenciamos desde 1989 cuando se derrumbaron los muros geopolíticos que mantenían segregada a Europa del Este y, especialmente, gracias a las adocenadas visiones de la realidad contemporánea que difunden los medios de comunicación de masas. En un texto que acaba de aparecer en España la filósofa y ex senadora europea Victoria Camps identifica al pensamiento único entre las tiranías que padece la televisión debido a la masificación de ese medio y a la preponderancia de contenidos de origen estadounidense. La concentración de los medios en pocas manos es una tendencia de la globalización contemporánea de tal manera, dice esa autora, que “son unos pocos intereses —o los intereses de unos pocos— los que, en último término, determinan el sentido y los contenidos de la comunicación en todo el mundo. Por lo que las sociedades, pese a hacer gala de la diversidad y la pluralidad, pese a poder ofrecer más cotas de libertad,

se vuelven cada vez más parecidas las unas a las otras” [2].

La preeminencia de los mismos gustos, preferencias, simpatías e incluso convicciones no sería cuestionable si no fuera porque, en las sociedades contemporáneas, no siempre existen condiciones para que la gente elija con libertad los contenidos, las informaciones y las opiniones que resuelva asumir. Las industrias mediáticas tienden a irradiar versiones únicas, excluyentes de otras, en los más variados asuntos. El ya mencionado Ramonet apuntaba en aquel texto de hace once años cómo los dirigentes políticos, los periodistas y otros personajes con visibilidad pública “retoman las principales consignas de éstas nuevas tablas de la ley y, a través de su reflejo en los grandes medios de comunicación de masas, las repiten hasta la saciedad. Sabiendo con certeza que, en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración” [3].

 

Telebasura en un salvaje

mercado audiovisual

La formidable capacidad que tienen para propagar versiones unilaterales o parciales de la realidad –o, dicho de otro modo, la intensa repercusión social que pueden alcanzar sus excesos o equivocaciones– son motivos suficientes para que los medios de comunicación de masas estén acotados por regímenes jurídicos capaces de propiciar la diversidad de contenidos a los que tiene derecho la sociedad y de sancionar, cuando los hay, los abusos que cometen las empresas de comunicación.

En ningún espacio de la actividad pública el mercado se basta para equilibrar, siempre, sus tensiones internas. En el campo de los medios, de acuerdo con la profesora Camps, “No es cierto, en ese ámbito concreto, que los intereses privados reviertan en beneficios públicos. No es cierto que no haya que introducir normas y criterios de calidad, de servicio al ciudadano o como quiera que los denominemos, para que los productos sean dignos y se perfeccionen. Abandonados a sus propias inercias, no sólo no mejoran, sino que degeneran. No otra cosa que la degeneración de determinadas programaciones es eso que hemos venido en llamar ‘telebasura’, y que es una tentación constante, y me atrevería a decir que creciente, de la televisión de masas” [4].

En todo el mundo las leyes para los medios establecen obligaciones, derechos, sanciones, responsabilidades y límites de acuerdo con el interés de la sociedad. La existencia, por ejemplo, de restricciones que buscan dificultar el acaparamiento de muchos medios en pocas manos, es uno de los recursos para propiciar que haya diversidad de emisores en la televisión y la radio. En México esas reglas no existen. El modelo de radiodifusión que ha prevalecido en este país ha sido de carácter mercantil, con intencional ausencia del Estado como promotor de contenidos distintos a los de índole comercial y con una legislación confeccionada al gusto de los radiodifusores privados.

En América Latina, para no ir más lejos, la televisión abierta suele tener una variedad que en México no hemos querido lograr. En Argentina las cuatro principales cadenas nacionales alcanzan, entre todas, el 43% de la audiencia; el resto se reparte en otros canales de televisión. En Brasil hay cinco cadenas nacionales, la más importante de las cuales tiene el 49% del rating. En Chile cinco cadenas nacionales ocupan, entre todas, el 42% de la audiencia de la televisión. En Venezuela hay cinco cadenas nacionales, la principal de las cuales tiene solamente el 34% del rating promedio.

En México, los canales de Televisa alcanzan el 71% de la audiencia y los de Televisión Azteca el 28%. Es decir, mientras los argentinos, brasileños, chilenos y venezolanos cuentan con cuatro o cinco opciones de televisión nacional, nosotros tenemos solamente dos. Entre Televisa y Azteca acaparan el 93 por ciento de las frecuencias concesionadas para televisión comercial. La telebasura existe en el panorama audiovisual de todo el orbe. Pero en México, a falta de reglas capaces de favorecer la pluralidad de opciones, la televisión de esa índole prolifera de manera salvaje.

Abandonada al garete de los intereses más poderosos, la radiodifusión mexicana no ha logrado constituir un auténtico mercado con la diversidad de enfoques y programaciones que supondría la existencia de competidores capaces de disputarse la audiencia de un país tan grande y heterogéneo como el que tenemos. En vez de ello hemos padecido el predominio de pocas y cada vez más concentradoras empresas, especialmente en el campo de la televisión. En el dial televisivo la sociedad mexicana no encuentra las opciones que podría ofrecerle un verdadero contexto de mercado sino, únicamente, la indigencia de contenidos que resulta del acaparamiento de frecuencias, audiencias e inversión publicitaria por parte de dos empresas.

Desde hace largo tiempo distintos segmentos de la sociedad, preocupados ante ese acaparamiento no solamente del espectro radioeléctrico sino además de las fuentes de información y esparcimiento disponibles ante los mexicanos, han considerado indispensable que el país tenga un marco jurídico moderno, capaz de reconocer y promover el desarrollo tecnológico pero, también, la multiplicidad de opciones y contenidos en los medios de comunicación electrónicos. La propuesta más completa al respecto fue elaborada por senadores de varias fracciones parlamentarias a partir del proyecto que algunas docenas de organizaciones sociales y académicas presentaron al propio Senado en diciembre de 2002. El proceso de discusión y el entrampamiento que experimentó esa iniciativa ha sido ampliamente conocido. En los años recientes, igual que desde hace casi tres décadas, las empresas de radiodifusión más importantes se empeñaron en obstaculizar el trabajo de los legisladores. Durante todo ese tiempo, prefirieron el régimen jurídico que desde 1960 ha sujetado la adjudicación de concesiones a la discrecionalidad del gobierno y que establece arcaicos criterios de supervisión sobre el desempeño de la televisión y la radio. Con precisión el investigador Roberto Gutiérrez encontró, al respecto: “Sin contrapesos y regulaciones efectivas, los medios han impulsado, a través de una espiral imparable, cambios cualitativos en el modelo de su relación con la autoridad pública, que han terminado por hacer fuertemente dependiente a esta última de la voluntad mediática” [5].

 

Una iniciativa engañosa,

convenenciera e insuficiente

La indolencia de los monopolios de la radiodifusión respecto de dicho régimen legal terminó a fines de 2005. El primero de diciembre de ese año la Cámara de Diputados aprobó, por unanimidad y sin reflexionar un solo instante acerca de ellas, una preocupante colección de reformas a las leyes federales de Telecomunicaciones y de Radio y Televisión. El apresuramiento con que actuaron los diputados al recibir el dictamen, eximirlo de la lectura reglamentaria y votar por él, todo eso en únicamente siete minutos, fue indicativo de la picardía de los promotores de esa propuesta y de quienes los convalidaron [6]. La sorpresa que sucedió a la decisión de los diputados se tradujo pronto en una informal coalición en la que concurrieron medios electrónicos e impresos que buscaban apartarse de la hegemonía de las televisoras, medios culturales y educativos, radiodifusoras comunitarias, organismos profesionales y académicos así como productores, escritores, periodistas e investigadores que coincidieron en manifestar una profunda alarma frente a la iniciativa que pasó de inmediato a la Cámara de Senadores [7].

Impulsada de manera tan vergonzante que se evitó su discusión en la Cámara de Diputados, la exposición de motivos de esa iniciativa estaba repleta de incorrecciones jurídicas e incluso contenía plagios a trabajos académicos [8]. En dicho proyecto, a la Comisión Federal de Telecomunicaciones se le asigna la tarea de adjudicar concesiones de radio y televisión. Ese, en apariencia, es un paso delante respecto de la discrecionalidad gubernamental en la adjudicación de concesiones pero la mencionada Comisión permanece supeditada a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. En los criterios para ese otorgamiento de concesiones el único que se propone como obligatorio es la “contraprestación económica” que los interesados ofrecerían por el privilegio de administrar una frecuencia de televisión o radio; el proyecto de programación, la experiencia y la calidad anticipadas por el solicitante no serían necesariamente evaluadas. Por eso se ha dicho que esa propuesta somete las concesiones de radiodifusión al poder del dinero.

La mencionada iniciativa abunda en engaños. Aparentemente promueve la producción nacional independiente pero, al no definir ese concepto, deja abierta la posibilidad para que las empresas monopólicas les compren a sus propias filiales programas producidos con los mismos criterios que ya conocemos en la radiodifusión mexicana. Aparentemente modifica las reglas para la contratación de propaganda política pero sigue dejando esa tarea en manos de los partidos políticos y, a la autoridad electoral, como simple garante de las decisiones de cada partido. Aparentemente deja atrás la vieja y ominosa discrecionalidad en la relación entre gobierno y concesionarios pero solamente la disfraza e impone nuevos privilegios para quienes hoy en día acaparan la mayor parte de las frecuencias televisivas.

La innovación tecnológica, en vez de propiciar mayores opciones de contenidos, acceso e interactividad para la sociedad mexicana, se convierte en fuente de mayores negocios para esas empresas. Desde julio de 2004, por decisión del gobierno federal, los concesionarios que así lo solicitaron disponen de una frecuencia adicional a la que ya tenían para, en ella, emprender transmisiones de televisión digital de alta definición. Ese canal se asigna de manera temporal pero la iniciativa no establece los procedimientos para que dichos concesionarios, una vez cumplida la transición a ese modelo de televisión, regresen al Estado la frecuencia adicional. A falta de tales reglas, los concesionarios podrían quedarse con el doble de las frecuencias de las que hasta hace poco disponían.

Las nuevas tecnologías que hacen factible que haya más contenidos en menores espacios, lo mismo en soportes materiales que en el espacio radioeléctrico, ahora permiten que en las frecuencias que habían estado destinadas a la radiodifusión se puedan difundir, además, señales que conduzcan otros servicios –telefonía, transmisión de datos, Internet–. Esas nuevas opciones, los propietarios de las grandes televisoras y especialmente de Televisa las quieren aprovechar exclusivamente en su beneficio.

 

Las televisoras ahorrarían

miles de millones de dólares

El espectro radioeléctrico es uno de los recursos naturales más codiciados en las sociedades contemporáneas. A través de él se propagan las señales de telefonía inalámbrica, radiodifusión e Internet sin cables entre otros servicios. El costo de cada megahertz se cotiza cada vez más alto. En México, las empresas telefónicas han apostado grandes inversiones por utilizar pequeñas porciones de ese espacio. El senador Javier Corral Jurado ha recordado que en 1998, la subasta de espectro para los llamados Sistemas de Comunicaciones Personales –es decir, la licitación para que las empresas de telefonía móvil usufructuaran una porción del espectro radioeléctrico– concluyó en 5 millones de dólares el megahertz en el Distrito Federal [9]. Varios especialistas en el mercado de telecomunicaciones a los que consulté coinciden en que esa cifra es realista para evaluar el costo de las frecuencias radioeléctricas.

Cada canal de la televisión abierta, con los parámetros técnicos que se utilizan en México, se difunde en una banda de seis megahertz. Eso significa que en el Valle de México, en donde tiene los canales 2, 4, 5 y 9, Televisa ha dispuesto durante muchos años de 24 megahertz y recientemente de otros tantos, debido a la asignación de canales “espejo” para la transición hacia la televisión digital [10]. Esos 48 megahertz que Televisa usufructúa en la capital del país se complementan con los que corresponden a las repetidoras y filiales que tiene en toda la República. De acuerdo con sus propios datos, Televisa dispone de 258 estaciones (incluyendo 33 afiliadas) en todo el país. Si recordamos que a cada una de ellas corresponde un canal espejo y que cada canal utiliza un espacio de 6 megahertz, tenemos que, en toda la República, ese consorcio explota casi 3 mil cien [11] megahertz.

Por la utilización de esas porciones del espectro radioeléctrico Televisa no pagó un centavo –excepto cuando, a fines del gobierno de Carlos Salinas, esa empresa cubrió una cuota por varias docenas de repetidoras–. Para evaluar cuánto cuestan esos 3 mil cien megahertz a los que hoy puede tener acceso, recordemos que a las compañías telefónicas el derecho a utilizar un megahertz en el Valle de México les costó, hace nueve años, cinco millones de dólares.

Desde luego, una porción del espectro radioeléctrico no cuesta lo mismo en la ciudad de México que en poblaciones más distantes de la sofisticación y el mercado tecnológicos. Pero aún así, se puede asegurar que Televisa se ha ahorrado centenares de miles de dólares con la política que no ha requerido del pago de derechos por la asignación de frecuencias en este país.

La novedad y el negocio adicional, ahora, radican en la posibilidad de que las empresas televisoras difundan servicios de transmisión de datos y telefonía inalámbrica en los mismos 6 megahertz que han utilizado para propagar señales de televisión. La propuesta de reforma legal que aprobaron los diputados establece que, por esa utilización adicional del espacio radioeléctrico, las empresas de televisión no estarían obligadas a pagar un monto adicional a diferencia de lo que han tenido que hacer, por un aprovechamiento similar, las empresas de telefonía.

El artículo 28 de la propuesta de reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión indica que cuando un concesionario solicite autorización para ofrecer servicios adicionales de telecomunicaciones en la frecuencia que ya le ha sido otorgada para radiodifusión, la autoridad administrativa “podrá requerir el pago de una contraprestación”. En la elasticidad de ese verbo radica el meollo del interés de Televisa para que esa propuesta de reformas se apruebe sin cambio alguno. Al dejar ese cobro sujeto a la discrecionalidad de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes se mantiene la posibilidad de que empresas como la que hemos mencionado presionen al gobierno –y como todos sabemos suelen y saben hacerlo con notoria eficacia– para que no les requieran esa contraprestación. No es gratuito, como puede apreciarse, que a la propuesta de reformas que la Cámara de Diputados aprobó el 1 de diciembre se le haya denominado, para precisar con toda claridad a quiénes conviene y de dónde surgió, como la Ley Televisa.

El aprovechamiento de la concesión para esos servicios adicionales debería ser motivo de licitación abierta. La posibilidad de que a las televisoras se les exente del pago por esa prestación podría ascender a varios miles de millones de dólares. De ese tamaño serían los recursos que el país dejaría de recibir si en las reformas a la Ley de Radio y Televisión se mantiene la mencionada ambigüedad.

 

Ominosas omisiones: ni una

palabra sobre medios públicos

Nos hemos referido a unos cuantos de los numerosos inconvenientes que la propuesta de reformas implica para el interés de la sociedad y del país. Mención aparte requerirían los muchos temas que la iniciativa no incluye. De los medios del Estado, que se mantienen en el régimen de estaciones permisionadas, esa propuesta sólo se ocupa para marginarlos de la posibilidad de acceder a opciones de aprovechamiento tecnológico como las antes mencionadas. A pesar de las muchas insuficiencias que los operadores de tales medios –televisoras y radiodifusoras educativas y culturales, canales legislativos y de gobiernos estatales, etcétera– han sugerido remediar con un marco jurídico para reivindicarlos y no para exterminarlos como sucede con la que está por dictaminar el Senado, esos problemas simplemente se excluyen de la perspectiva que define a esa reforma. A los medios comunitarios, que también participan del régimen permisionario, simplemente se les ignora.

Por otra parte la iniciativa no establece límites a la concentración de las empresas de radio y/o televisión. La ausencia de ese, que ha sido uno de los ejes principalísimos en distintos intentos de reforma legal, significaría que existiera vía libre para que cada vez haya más medios en menos manos. En el plano internacional existen diversas modalidades para atajar la concentración de los medios electrónicos. En México, en distintas ocasiones se ha sugerido la posibilidad de negar el otorgamiento de nuevas concesiones a las empresas que ya tengan más del 35% de las frecuencias en una localidad específica.

Tampoco se una sola palabra acerca de los deberes que los radiodifusores, en tanto usufructuarios de un servicio público, tienen con la sociedad. No se incluye el derecho de réplica que suele ser, en el mundo civilizado, una prerrogativa elemental de los ciudadanos para aclarar o impugnar menciones formuladas en los medios electrónicos y que afecten su honorabilidad o fama pública.

Una nueva legislación en este campo, además, tendría que actualizar las sanciones a quienes infrinjan disposiciones del marco jurídico para los medios electrónicos. Las multas hasta ahora vigentes en ese terreno son inoperantes en la mayor parte de los casos. De nada de eso se ocupa la Ley Televisa.

Tecnología para provecho

de unas cuantas empresas

La revolución tecnológica que es posible gracias a la digitalización de los contenidos y a su imbricación con las telecomunicaciones, abre prometedoras opciones de información, socialización e interacción para el desarrollo de nuestros países. Más contenidos en menos espacio significa una ampliación radicalmente significativa de las posibilidades de información, educación y entretenimiento. Pero eso únicamente ocurrirá si a la tecnología se la reconoce como un instrumento que ofrecerá resultados de acuerdo con la intencionalidad, la planeación y las políticas públicas con que se le utilice.

El modelo de aprovechamiento de las nuevas tecnologías de la comunicación que radica en la propuesta de reformas legales que ahora se discute en México no promueve la diversidad de contenidos, la participación de la sociedad ni reivindica los derechos del Estado en las telecomunicaciones. Se trata, al contrario, de un esquema que condensa privilegios en un campo de por sí tan centralizador como es el de la comunicación de masas.

Lamentablemente no estamos examinando las opciones creativas y capaces de ensanchar las posibilidades comunicacionales y educativas que, entre otros campos, ofrecen estas nuevas tecnologías. Lo que hemos tenido que discutir ante la Ley Televisa son los riesgos que entraña una propuesta de reformas legales que no nos conduce a la sociedad de la información sino a más concentración del mismo esquema que ha definido a la televisión mexicana.

Visión confinada a un modelo

de comunicación mercantil

En estos acercamientos a la propuesta de reformas que aprobaron los diputados y que conocemos como Ley Televisa queda claro que allí no se reivindica el interés de la sociedad, sino de la empresa que más concesiones de televisión tiene y que por ello mejor se beneficiaría de tales disposiciones. Por eso los operadores, asesores y propagandistas de Televisa han insistido en que dicha propuesta se apruebe sin una sola modificación.

Al tratar de sustituir al Poder Legislativo financiando, cabildeando y empeñándose en imponer una reforma jurídica que tiene como propósito respaldar e incrementar sus negocios, Televisa se comporta con ostensible arrogancia. Esa empresa y sus directivos, junto con algunos otros de los concesionarios de la radiodifusión mexicana, consideran que el espacio electromagnético es de ellos y con esta iniciativa simplemente quieren refrendar una utilización que de cualquier manera ya han emprendido y que forma parte de sus planes de negocios. Como se figuran que todos los medios de comunicación electrónica son suyos, han promovido una reforma de ley que les exenta de cualquier compromiso con la sociedad. Y como parte de esa concepción, según la cual en este país no hay espacio para otra radiodifusión que no sea la que ellos propagan y con la que hacen negocio, han ignorado opciones como las que representan las radiodifusoras y televisoras educativas y culturales, así como las radios comunitarias.

La comunicación distinta del modelo mercantil que encabeza Televisa no cabe dentro de esa reforma legal porque no existe en los parámetros de ese consorcio. Es demasiada soberbia. Se trata de un infatuamiento, rayano con la intolerancia, que forma parte de la idea de país que Televisa y otras empresas quisieran afianzar y que, hay que reconocerlo, tiene cotidianos y aciagos asideros en la realidad de nuestros días. Cuando no hay una sola fuerza política ni un solo dirigente nacional con visión de Estado suficientes para encarar el poder de las televisoras, cuando los tres candidatos presidenciales de los partidos nacionales se rinden ante la hegemonía de Televisa [12], cuando en el mundo intelectual e incluso en las universidades se extiende un bochornoso frenesí para formar parte de los elencos de esa empresa, entonces es comprensible por qué Televisa ha considerado que puede imponer una legislación hecha al modo de sus negocios.

De cuando en cuando hay quienes consideran que, en contraste con la cerrazón editorial que manifestaba en otros tiempos, Televisa ha cambiado. Se puede reconocer que hoy en día ese consorcio difunde espacios de información y discusión que toman en cuenta a la diversidad política que existe en el país. En noticieros y mesas redondas aparecen voces, ideas y personajes cuya presencia en las pantallas era impensable en el México de hace algo más de una década.

Esos espacios son minoritarios en una programación dominada por la chabacanería y la ordinariez. Y no hay que olvidar que esa diversidad se explica, en gran medida, en la necesidad de Televisa para mantener y ampliar sus audiencias. La pluralidad informativa y editorial proporciona rating y eso lo saben productores y directivos de esa empresa.

Pero inclusive el profesionalismo informativo y las posiciones editoriales, en Televisa están subordinadas a las obsesiones y a la avidez de esa empresa para imponer sus posiciones en circunstancias como la que enfrentamos ahora y a la que está dedicado este encuentro. Gracias al debate abierto por la Ley Televisa, hemos podido constatar que la distorsión intencional de los acontecimientos, la suplantación de declaraciones y la deformación de las noticias no han desaparecido de las prácticas de dicha empresa.

 

Televisa mintió para aparentar

que la reforma tenía consenso

Existen varios ejemplos recientes acerca de la adulteración intencional de hechos por parte de esa televisora. Apenas este febrero se confirmó que la transmisión, la mañana del 9 de diciembre anterior, de la liberación de varios rehenes que habían estado en manos de una pandilla de secuestradores cerca de la carretera a Cuernavaca, en realidad fue un montaje auspiciado por Televisa y, lamentablemente, por la Agencia Federal de Investigaciones: el rescate había ocurrido varias horas antes y luego fue actuado con participación de todos los involucrados –rehenes, plagiarios y policías– para que las fuerzas policiacas y las televisoras comerciales se lucieran con una transmisión “en vivo”.

Y el jueves 9 de febrero la información que difundió Televisa acerca de la sesión que se había realizado la noche anterior en el Senado de la República para discutir la iniciativa de reformas a las leyes de telecomunicaciones y radiodifusión, estuvo alevosamente manipulada. En esa reunión participamos doce invitados, muchos de los cuales, como reseñaron varios diarios y radiodifusoras, manifestamos opiniones críticas a la propuesta de reformas. Si algo quedó claro al cabo de las siete horas que duró aquella discusión, es que la minuta que los diputados les enviaron a los senadores estaba repleta de insuficiencias e imperfecciones. Sin embargo, ese jueves el noticiero matutino del Canal 2 de Televisa dijo que los participantes en aquella reunión “coincidieron en que la minuta es un avance en materia de telecomunicaciones”. Para apuntalar esa afirmación, se insertaron breves frases de la representante en México de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias y del director de TV UNAM, cuyos juicios habían sido claramente adversos a la propuesta de los diputados y que, mostrados fuera de contexto, parecían estar a favor de ella. La amañada nota se difundió en varios noticieros de Televisa. Ante esa reiteración de una versión falsa no podemos sino recordar las ya citadas consideraciones de Ignacio Ramonet sobre la tendencia, en las sociedades mediáticas, a considerar que repetición equivale a demostración.

 

Fascinación mediática,

escasez analítica

Televisa perpetra esas arbitrariedades porque sus operadores y directivos no aceptan la existencia de posiciones distintas a las de esa empresa y, cuando lo hacen, es para desfigurarlas. Para Televisa, México es fundamentalmente un enorme campo de negocios con actores públicos dispuestos a subordinarse a sus prioridades. Esa actitud no sorprende porque abundan los gobernantes, legisladores, y dirigentes sociales y, también, periodistas, intelectuales y profesores ansiosos de formar parte de la constelación del canal de las estrellas. Por eso el ejercicio de examinar, poner en contexto y criticar la Ley Televisa forma parte de una obligación ciudadana que no por insuficientemente cumplida deja de ser perentoria. Esa es la tarea a la que han llamado la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación y el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM. Se trata de una convocatoria muy significativa porque, respecto de los medios y la comunicación de masas, la tradición analítica de nuestras universidades públicas ha venido a menos en los años recientes. Si algo hace falta para entender estos asuntos y su circunstancia, es el contexto y el examen rigurosos que puedan aportar los universitarios y quienes se dedican profesionalmente a la investigación de los medios.

 

Apropiación del mercado,

ante una sociedad ausente

La que Televisa sostiene, es una visión redobladamente autoritaria del pensamiento único que hace una década fue identificado en Europa como antagonista de la reflexión, la crítica y la creatividad. Si allá, y en expresión de notorios portavoces del poder financiero, el pensamiento único ha sido la exaltación del mercado por encima del interés social, en la versión Televisa estamos ante una apropiación del mercado –tratando de abolir regulaciones y injerencias estatales pero también pretendiendo evitar cualquier competencia significativa–. En nuestra versión mediática-doméstica de ese pensamiento único el espectro radioeléctrico, los medios, sus leyes e incluso los legisladores pueden ser manipulados al capricho de una empresa.

En Televisa creen que los medios y que incluso el país son suyos. Si nos descuidamos, van a tener razón.

* * *

Al momento de entregar este texto, avanzada ya la última semana de febrero, la posibilidad de que la Ley Televisa fuera aprobada sin cambios parecía dominar las expectativas de algunos analistas políticos y, especialmente, los interesados anticipos de distintos columnistas financieros. La exigencia de organismos, medios de comunicación y ciudadanos preocupados por los rasgos aciagos de esa propuesta habían logrado detener la aprobación compulsiva que se pretendió hacer en diciembre y luego en enero –cuando se habló de llamar a un periodo extraordinario solamente con ese propósito– en la Cámara de Senadores. La apertura de un breve pero intenso proceso de consultas, en donde la mayoría de los participantes y los argumentos estuvieron en contra de la iniciativa, dejó claros los riesgos para la pluralidad del país y para los intereses patrimoniales del Estado que implicaría la aprobación, sin modificaciones sustanciales, de la Ley Televisa. Gracias a ese debate, en todos los grupos parlamentarios que forman parte del Senado de la República se consideraban opciones para enmendar dicha iniciativa, aunque cada una de ellas se enfrentaba a las presiones del consorcio comunicacional. Entre lo mucho que ha estado en juego, se encuentran la autonomía y, vale decirlo, el decoro de los legisladores.

Cabilderos, operadores y personeros de Televisa quisieron construir un panorama de vistosas adhesiones a tal proyecto pero al mismo tiempo que surgían, detrás de cada una de ellas se iban conociendo las extorsiones de ese consorcio para forzar a tales manifestaciones. En el flanco de quienes con argumentos jurídicos, políticos, económicos y culturales se opusieron a la Ley Televisa y más allá del resultado de este episodio, tendrá que quedar la satisfacción de haber actuado con claridad y con razones fundadas en defensa de la diversidad y la democracia en los medios. Nunca como ahora, las televisoras y radiodifusoras públicas mexicanas habían tenido tanta cohesión. Nunca como ahora, las radios comunitarias habían expresado sus verdades en foros públicos como los que alcanzaron en esta coyuntura. Nunca como ahora, el de la concentración de los medios y la avidez de Televisa había sido colocado con tanta puntualidad en el centro del debate nacional. Habría que procurar que esos avances tengan seguimiento y puedan consolidarse. Al pensamiento único, es preciso oponerle una concepción plural, vital y creativa de las tecnologías y de los asuntos públicos.

21 de febrero de 2006.

–0–

 


[1] Ignacio Ramonet, “El pensamiento único”. Texto inicialmente aparecido en Le Monde Diplomatique y traducido y publicado en “Ediciones simbióticas”, 21 de agosto de 2005. Disponible en: http://www.edicionessimbioticas.info/article.php3?id_article=525

[2] Victoria Camps, “Tiranías de la televisión”, en Bernardo Díaz Nosty, director, Tendencias 06. Medios de comunicación. El año de la televisión. Fundación Telefónica, Madrid, 2006, pp. 331 y ss.

[3] Ramonet, cit.

[4] Camps, cit.

[5] Roberto Gutiérrez López, Información y democracia. Los medios de comunicación social y su influencia sobre la política. El caso de México. Ediciones Pomares y UAM Azcapotzalco. Barcelona, 2005, p.192.

[6] Entre las primeras reacciones críticas a la iniciativa aprobada por los diputados están las que aparecieron en el suplemento “Los medios a subasta” que la revista etcétera encartó con su edición de diciembre de 2005.

[7] Dos desplegados, suscritos por docenas de periodistas, dirigentes políticos, representantes gremiales y otras personas, publicados el 12 de diciembre en El Universal y otros diarios, sintetizaron esas posiciones contra la iniciativa que habían respaldado los diputados. Ese documento “atiende insuficientemente aspectos relativos a la convergencia tecnológica, el otorgamiento de concesiones y la certidumbre jurídica de los concesionarios” decía uno de ellos. “La reforma tiene una visión estrictamente mercantil. Las opciones que abre la tecnología digital para la propagación de diversos servicios (telefonía, radiodifusión, transmisión de datos, etcétera) beneficiarían solamente a los concesionarios más poderosos y no a las radiodifusoras que operan bajo el régimen de permisos”, indicaba el otro.

[8] El investigador Gabriel Sosa Plata encontró que en la Exposición de Motivos del proyecto, presentado por el diputado priista Miguel Lucero Palma, se transcribían sin mencionar la fuente párrafos del artículo “El potencial de la convergencia tecnológica en el desarrollo de la sociedad de la información” de la profesora española Beatriz Martínez Cándano. “Hasta en eso imperó la deshonestidad”, apuntó dicho especialista. Gabriel Sosa Plata, “Televisa y su ley”. El Universal, 6 de diciembre de 2005.

[9] Javier Corral Jurado, “Negocio redondo”. El Universal, 10 de enero de 2006.

[10] En esta evaluación no se incluye un canal más, en UHF, que según diversas informaciones también se le ha asignado a Televisa pero que no aparece en los registros públicos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

[11] Exactamente, 3096 mhz

[12] En los primeros días de febrero de 2006 Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo, candidatos presidenciales del PAN, el PRD y el PRI acudieron a sendas reuniones con el dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, en Valle de Bravo. El presidente de la República, Vicente Fox, asistió a un encuentro similar. Ningún poder formal o factual tiene la capacidad de convocatoria –imperiosa e ineludible, de acuerdo con la sumisión que los partidos y sus candidatos han resuelto manifestarle– que Televisa ha alcanzado en el panorama público mexicano.


Todo México con Televisa

febrero 6, 2006

etcétera, septiembre de 2005

Con música folclórica y un desfile de estrellas Televisa dio un manotazo en el escenario público mexicano. El país se está cansando de los desencuentros políticos: eso les dijo el consorcio televisivo a los gobernantes, dirigentes y candidatos más importantes.

Ninguno de ellos se resistió a la imperiosa convocatoria de Televisa. A muy pocos les explicaron de qué se trataba. La mayoría debe haber entendido el mensaje: el consorcio comunicacional, a nombre de los empresarios más poderosos del país, urgió a detener la confrontación por el poder político que quizá está poniendo en riesgo los negocios del poder económico.

El escenario de ese evento privado fue un recinto público, el Palacio de Bellas Artes, la noche del lunes 29 de agosto. Los escenógrafos y productores de Televisa dispusieron de esa magnífica sala con la familiaridad de quien se encuentra en su propia casa. Con esa certeza Emilio Azcárraga Jean actuó como anfitrión de ese peculiar encuentro, en donde las exigencias políticas estuvieron aderezadas con recursos del espectáculo.

En medio de interpretaciones a cargo de Armando Manzanero, Lucero y el ballet folclórico de Amalia Hernández, docenas de personajes políticos escucharon los reproches del empresario Lorenzo Servitje para quien “es indispensable que el marco institucional y político en el que nos movemos sea favorable” y el llamado del escritor Enrique Krauze a fin de que “quienes aspiran a gobernar México contribuyan a limpiar el ambiente de nuestra política”.

Esos aspirantes, todos ellos estaban sentados en los sitios que les asignó Televisa. No faltó uno solo de los precandidatos presidenciales de PRI, PAN y PRD –Roberto Madrazo y Arturo Montiel; Santiago Creel y Felipe Calderón; Andrés Manuel López Obrador– aunque el personaje más observado era el ex presidente Carlos Salinas.

El cantante Alejandro Fernández en vez de hacer lo que sabe dirigió también un mensaje (“nuestra gente mexicana sabe llorar y sabe reír pero sobre todo sabe llorar”). Luego, entre interpretaciones de Marco Antonio Muñiz, Fernando de la Mora y Juan Gabriel, se escuchó al futbolista Hugo Sánchez hacer un elíptico elogio patrio (“gracias México por permitirme nacer aquí”) y al pintor Gilberto Aceves Navarro dejar a un lado el texto que llevaba preparado para interpelar: “¿Estamos de veras celebrando México, señor Presidente? No queremos un México de confeti y relumbrones”.

El presidente Vicente Fox no tuvo el tiento de seguir ese ejemplo y entre las que leyó estuvieron estas líneas: “México es el poema que hemos sido, la canción de libertad que nos une, el cielo azul que nos protege…” Luego cantaron el Himno Nacional.

En su repentina vocación para celebrar a México, Televisa confirmó su capacidad de convocatoria: puso a los políticos más influyentes a aplaudir al son que dispuso esa empresa. Pero además demostró que para sus directivos, los personajes políticos no son mas que actores que transitan por una escena pública que está ocupada, de la misma manera, por cantantes, comediantes y coristas.

En las butacas de Bellas Artes estuvieron sentados secretarios de Estado, gobernadores y legisladores junto a actrices como Lorena Velázquez y Edith González, cómicos como Luis de Alba y Adal Ramones, faranduleras como Carmen Salinas y Tongolele. Todos y todas ratificaron que forman parte del firmamento del Canal de las Estrellas.


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