Violencia en los medios

diciembre 25, 2005

La televisión, ¿espejo, o detonador de la violencia en la sociedad?

Raúl Trejo Delarbre

 

Este ensayo forma parte del libro El Mundo de la Violencia, editado por don Adolfo Sánchez Vázquez y publicado por el Fondo de Cultura Económica y la UNAM, en 1998.

 

 

Hay quienes calculan que un joven estadounidense promedio habrá visto 200 mil actos de violencia en la televisión, incluyendo 16 mil asesinatos, antes de cumplir 18 años [1]. La Asociación de Psicología de los Estados Unidos, asegura que al concluir la escuela primaria un niño ha visto en televisión 8 mil asesinatos y 100 mil actos de violencia [2]. En Venezuela, se estima que al llegar a los 18 años un joven ha presenciado más de 113 mil 500 heridos y muertos, 65 500 escenas bélicas y 8 763 suicidios [3]. En México se calcula que los niños, en promedio, “han sido expuestos a 8 mil asesinatos y 100 mil acciones violentas en la televisión, al momento de terminar su educación primaria” [4]. La violencia es parte integral en el contenido de los medios de comunicación, así como lo es, también, de la realidad humana y contemporánea. Documentar cuántos balazos, acuchillamientos y palizas vemos en las pantallas televisivas, o presenciamos a través de otros medios, puede resultar útil para contrastar esos mensajes con los de otra índole. Pero por muchos homicidios, atropellos y coacciones contabilicemos, hay dos grandes dilemas sobre los cuales no tenemos respuestas concluyentes en el estudio de los medios y su relación con la violencia. El primero de ellos, es si la violencia en los medios es causa de violencia adicional en la sociedad. El segundo, es qué hacer ante la proliferación de mensajes que pudieran atentar contra la convivencia, la apacibilidad y la tolerancia.

El investigador George Gerbner ha denunciado que en los programas de noticias en los Estados Unidos, la violencia ha llegado a ser “el corazón de los sucesos dramáticos todas las noches”, pues diariamente ocurren cinco asesinatos por hora, en promedio, durante el horario estelar. Tan sólo en los programas de entretenimiento las muertes en promedio son tres por noche. En las caricaturas, hay entre 20 y 25 incidentes violentos cada hora [5]. Otras estimaciones, aseguran que en la televisión de los Estados Unidos, hay ocho actos de violencia por hora durante el horario de mayor audiencia (prime time) en las tres principales cadenas [6]. En otro medio, pero con propagación también televisiva, las películas Die Hard 2, Robocop y Total Recall, contienen, respectivamente, 264, 81 y 74 muertes violentas [7]. De las series extranjeras que programa la televisión mexicana, el 56 por ciento son de carácter violento [8].

Las respuestas sociales a esa profusión de escenas, episodios, hechos o representaciones violentas, desde hace algún tiempo comenzaron a pasar de la perplejidad o la resignación, a la preocupación e incluso la queja activa entre los consumidores de los medios en diversos sitios del mundo. El ejemplo no sólo más cercano sino mejor documentado que tenemos, es el de los Estados Unidos; de allí la proliferación de referencias –y no sólo en este ensayo– a la situación en ese país y menos a la violencia en los medios en América Latina o, específicamente, en México. Entre nuestros vecinos del norte, una encuesta señala que el 75% de los adultos con niños alguna o muchas veces le han cambiado de canal a su televisión o la han apagado, debido a la transmisión de escenas violentas [9].

En sociedades más activas que la mexicana, los televidentes tienen niveles de exigencia que logran presionar de manera eficaz a las grandes empresas de comunicación. El de la violencia, es uno de los temas principales en el escrutinio social de los medios. Desde luego no basta con identificar, contabilizar y condenar las escenas de hechos violentos, sean o no simuladas. Es preciso saber qué efectos tienen esos mensajes y en tal sentido, la investigación social en nuestros países tiene enormes carencias. Por otra parte, tampoco es suficiente la condena en general a los medios de comunicación como si ellos fuesen culpables de la violencia y no sólo de recoger o privilegiar en sus transmisiones la presentación de hechos de esa índole. Al respecto, hay una amplia discusión que en otras naciones lleva varios años y que en México apenas si empezamos a conocer.

Pero, ¿qué es la violencia en los medios?

Las definiciones al respecto no son exactas, ni de universal aceptación. El ya mencionado Gerbner, ha delimitado los atributos de la violencia, para propósitos de sus estudios, a:

“… la expresión abierta de fuerza física en contra de otros o de sí mismo, o la coacción para actuar en contra de la voluntad de alguien por medio del dolor, o por heridas, o muerte” [10].

En 1976, en Canadá, la Comisión Real sobre la Violencia en la Industria de las Comunicaciones, conocida como la Comisión La Marsh, estableció la siguiente definición: “Violencia es la acción que introduce miedo o dolor en la constitución física, sicológica o social de las personas o grupos”. En los medios, se dijo en ese estudio, “la violencia representada en cine, televisión, audio, impresos o interpretaciones en vivo, no es necesariamente la misma violencia de la vida real. Las cosas no violentas en la realidad pueden ser violentas en su dramatización. La violencia presentada en los medios, puede llegar a mucha gente, en tanto que la violencia real posiblemente no. Los medios pueden emplear muchos recursos artificiales para aminorar o amplificar sus efectos emocionales y sociales” [11].

Definir a la violencia no siempre es sencillo, especialmente cuando se trata de los reflejos o expresiones de ella en medios de comunicación. Estos, son antes que nada intermediarios que propagan lo que hacen, dicen o quieren otros actores sociales. Pero no son espacios neutrales que reflejen sin énfasis esas realidades. Hay ocasiones en las que es evidente cuándo un gesto, una frase o un hecho, son violentos en los medios. Pero no siempre es posible distinguir con facilidad entre la violencia en sí, que acaso pueda ser alevosa, ventajosa y de consecuencias lacerantes y la violencia como espejo de actitudes y hechos que existen en la realidad.

En los medios, no hay mensaje inocente. Es decir, no hay contenido en el cual, como sugería McLuhan, el mensaje no esté imbuido del medio. Si eso vale para los contenidos de ficción, más peculiar puede ser el sesgo que los medios impongan a un acontecimiento violento, o considerado como tal, de la vida real. La profesora brasileña Elizabeth Rondelli ha escrito, en tal sentido: “Los media no sólo se refieren a los actos violentos sino que también ejercitan un cierto grado de violencia al mostrarla al público, a partir de sus modos propios de enunciación. Ese gesto de violencia simbólica ocurre debido al poder que los medios de comunicación tienen de interceder en la realidad, extrayendo de ella hechos, descontextualizándolos, nombrándolos, categorizándolos, opinando sobre ellos y exponiéndolos en las imágenes, a veces exorbitantes, de los closes y big closes[12].

Al referirnos a la violencia en los medios, es difícil distinguir entre las maneras como son presentados la narración ficticia o los hechos reales y la categorización o descontextualización que la comunicación de masas impone sobre ellos. Es importante tener en cuenta esa distinción cuando se reflexiona sobre los alcances sociales de la violencia tal y como es presentada en los medios.

También incierto, o en todo caso motivo de un debate aún sin resultados concluyentes, es el asunto de si la violencia en los medios propicia, o no, actitudes violentas en sus espectadores. En febrero de 1996, se comenzó a difundir en los Estados Unidos el Estudio Nacional Mediascope sobre Violencia en Televisión (NTVS), resultado de un proyecto de tres años y que es considerado como la investigación más seria sobre el contexto en el cual aparece la violencia en ese medio. Fueron seleccionados al azar 23 canales de cable, cuya programación fue revisada en un lapso de 20 semanas. De allí se conformó una muestra de 2693 programas en la TV por cable, que ocuparon un total de 2500 horas de transmisión.

Los autores de esta indagación encontraron que los espectadores de estos programas:

“-Aprenden a comportarse de manera violenta,

-Comienzan a ser más insensibles a la violencia y

-Comienzan a ser más temerosos de ser atacados” [13].

Los perpetradores de delitos, quedaban impunes en el 73% de todas las escenas violentas.

En el 47% de los hechos de violencia, no se apreciaba perjuicio para las víctimas y en el 58%, no se mostraba dolor. Sólo el 16% de todos los programas indicaban el efecto negativo a largo plazo de la violencia, tanto sicológica como financiera y emocionalmente. En el 25% de los hechos de violencia, se encontró la presencia de armas de fuego. Y sólo el 4% de los programas violentos, enfatizó el tema de la anti-violencia [14].

¿Propicia más violencia la violencia en los medios?

Esa es la pregunta cardinal y que más debate suscita, en la evaluación de los contenidos de esta índole en los medios de comunicación. El profesor Brandon Certerwall, de la Escuela de Salud Pública de Washington, asegura que “si no hubiera televisión, hoy habría 10 mil asesinatos, 70 mil violaciones y 700 mil asaltos callejeros menos al año en Estados Unidos” [15].

También tajante pero además paradigmática del pesimismo ante el poco efecto de las indagaciones académicas al respecto, ha sido la opinión y la actitud del mencionado profesor George Gerbner, de la Escuela Annenberg de Comunicación de la Universidad de Pennsylvania, quien después de más de cuatro décadas de investigar el contenido en los medios decidió pasar, de la academia, al activismo social. Este especialista, fundó el 17 de marzo de 1996 el Movimiento por el Ambiente Cultural, en cuyo consejo consultivo participan varias docenas de los más destacados investigadores de la comunicación de masas en todo el mundo.

El doctor Gerbner había preparado en 1988 para la Unesco, el fundamental informe Violencia y Terror en los Medios de Comunicación. Allí se ofrecen los resultados de diversas investigaciones en el mundo, acerca de la violencia reportada o desplegada en los medios y la violencia en la sociedad. El informe, se sustentó en las respuestas de más de 4600 peticiones de datos sobre el tema que circularon en la comunidad académica internacional y fue complementado con indagaciones en bibliotecas y archivos de todo el mundo.

Ese estudio para la Unesco informó que según la evidencia disponible, “la exposición constante a las historias y escenas de violencia y terror, pueden movilizar tendencias agresivas, desensibilizar y aislar otras, intimidar a muchos y disparar acciones violentas en algunos”. Y concluía: “Hay una relación entre la violencia reportada por o desplegada en los medios y la violencia individual o de grupo, que es una realidad en las sociedades de nuestros días”. [16]

Para algunos especialistas, el problema no es sólo la cantidad de escenas violentas sino también, el carácter específico de la televisión como medio abierto a todos los públicos, que consumen prácticamente cualquier mensaje que se presente en la pantalla. “Mucha gente no tiene que esperar, planear o actuar para ver la televisión, porque la TV está encendida más de siete horas diarias en el hogar estadounidense promedio. Llega a nosotros de manera directa. Se ha convertido en un miembro de la familia, contándoles historias paciente, compulsiva, infatigablemente. Podemos elegir si leemos el New York Times, o a Dickens, o un libro de entomología. Nosotros escogemos escuchar a Bach o a Bartok, o al menos una estación de música clásica, o una estación de jazz, o de rock. Pero a la televisión, simplemente la miramos –sólo es preciso encenderla y mirar qué es lo que hay–” [17].

La respuesta cautelosa: no sabemos

En 1993, a raíz de una célebre petición suscrita por un millón 300 mil ciudadanos para que fuera expedida una legislación capaz de restringir la violencia en los medios, la Casa de los Comunes del Canadá formó una Comisión para estudiar este asunto. Después de hacer indagaciones propias y de escuchar opiniones en audiencias parlamentarias, ese grupo de trabajo concluyó:

“El Comité recibió las recomendaciones de los expertos acerca de que la violencia televisiva ocasiona tendencias agresivas y comportamientos antisociales en los individuos. El Comité comparte las conclusiones de los científicos sociales de que las causas de la violencia son muchas, complejas y en ocasiones interdependientes. Sin embargo, la evidencia científica sobre los efectos de la violencia en al televisión, según se nos dijo, es desigual y muy a menudo no concluyente, es débil y contradictoria. Enfrentados a la difícil tarea de determinar a cuál evidencia creer, tenemos que asumir la prudente perspectiva de que la violencia en televisión es uno de los muchos factores de riesgo que pueden contribuir a las tendencias agresivas y el comportamiento antisocial. Hemos encontrado claramente que la violencia desplegada en la televisión, refleja y moldea actitudes sociales insalubres. El alcance de sus efectos y la naturaleza precisa de la relación causal entre la violencia vista en la televisión y la violencia perpetrada en las vidas cotidianas de los canadienses, no son claros y requieren de futuros estudios.

“El Comité ha concluido que, aun cuando puede ser menor el riesgo de que la violencia en la televisión provoque tendencias agresivas y antisociales en ciertos individuos y posiblemente nunca sea probado de manera concluyente, tampoco puede ser ignorado. La falta de conclusiones definitivas de ese riesgo, nos ha mantenido distantes de recomendar que el gobierno legisle ahora en contra de la violencia en la televisión. En lugar de eso, hemos llegado a la conclusión de que el problema de la violencia en la televisión debería ser enfrentado de manera cooperativa, por parte de todos los actores, incluyendo a la industria, los padres y los gobiernos y con una mínima intervención legislativa. Simplemente legislar, generalmente en contra de toda la violencia en la televisión, podría ser un acercamiento draconiano para enfrentar lo que sólo es una pequeña parte de un problema mucho mayor: el problema de la penetrante violencia en nuestra sociedad” [18].

Legislar contra los contenidos considerados como violentos implica riesgos, entre otros, para la libertad de expresión. Sin precisiones suficientes –y cuando una ley requiere demasiadas explicaciones o ajustes casuísticos entonces no es una ley clara– podría vetarse tanto a la violencia en una serie televisiva sobre kung-fú, que en la transmisión de un juego de basketball o en las noticias sobre una manifestación callejera que terminó en enfrentamiento. De allí a los vetos políticos con pretexto de proteger a los televidentes de escenas violentas, habría poca distancia.

Pero al mismo tiempo, a fuerza de reparar en las desventajas de censura y autoritarismo posibles en la fiscalización sobre los medios, las sociedades y los gobiernos en los países en donde el de la violencia en los medios ha sido tema recurrente en la agenda de los asuntos públicos, se han quedado sin hacer nada, o haciendo poco. A últimas fechas, a partir aproximadamente de 1995, en distintos países se han desplegado algunas iniciativas novedosas, que comentamos en las páginas finales de este ensayo. Mientras se evalúan los resultados o no de esos intentos, puede considerarse que a lo más que se ha llegado para atenuar los contenidos violentos, es a exhortaciones a la responsabilidad de las empresas de comunicación y, en algunas ocasiones, a la promoción de medidas para que los televidentes, desde niños, aprendan a leer a los medios, es decir, a entender, discriminar y elegir dentro de la miríada de mensajes que nos ofrecen a cada momento. El contexto social y familiar, en todo caso, parece ser incuestionablemente influyente para determinar en qué medida afectan, o no, los mensajes violentos.

Un muy amplio estudio realizado recientemente también en Canadá, sobre los efectos de la violencia televisiva en los niños, era menos tajante que el anterior:

“Ninguna investigación ha examinado específicamente de qué manera el contenido violento afecta a los niños, pero hay alguna evidencia de que los niños pueden imitar el comportamiento de la televisión cuando dicho comportamiento es presentado de una manera simple, sin aspavientos e instruccional”

Esa investigación, ofrece descripciones específicas de la conducta que ante los medios asumen niños y adolescentes según sus edades y al cabo de una muy detallada revisión, concluye:

“Hay ciertas cosas que los padres pueden hacer para influir en el efecto que el contenido de la televisión tiene sobre sus niños. Sin embargo, un medio de entretenimiento que se propone satisfacer las necesidades del público canadiense, no debería estar saturado de contenido de tal manera potencialmente dañino, que los padres sean considerados negligentes si no están revisando constantemente qué es lo que miran sus hijos en la televisión. Los niños cuyos padres tienen la motivación y los recursos para ser intermediarios activos y vigilantes, podrán evitar muchos de los efectos negativos del contenido violento. Pero no todos los padres harán eso y, en realidad, los niños que suelen ser más vulnerables a los efectos de la violencia en la televisión pueden ser los únicos cuyos padres están menos dispuestos a ser mediadores vigilantes (por ejemplo, los padres abusivos o los padres de familias con penurias).

“Es completamente cierto que la violencia en la televisión no origina todas las causas de agresividad infantil y también es verdad que algunos niños son más susceptibles que otros a ser afectados por la violencia televisiva, y de todos modos esos son los niños que son más potencialmente agresivos. Pero el efecto de la violencia televisiva conduce a esos niños ‘en riesgo’ a ser más agresivos de lo que serían en otras circunstancias. Y aunque el grupo especialmente en riesgo debería ser una minoría de los televidentes, tienden a ser mayoría entre los agresores. Este hecho los hace, así como al contenido violento en la televisión, merecedores de nuestra atención” [19] .

Grupos de niños que ese estudio identificó como especialmente vulnerables a la violencia en los medios y de manera particular en la televisión, son: niños de grupos minoritarios y de inmigrantes, niños emocionalmente perturbados o que tienen dificultades de aprendizaje, niños de los que han abusado sus padres, familias con problemas (“los niños cuyas familias tienen más altos niveles de stress ven más televisión”) [20].

Aquí, el examen del tema que nos ocupa se enfrenta lo mismo a una patente carencia de estudios empíricos, que a una enorme cuestión sin resolver en la investigación sobre medios: ¿en qué medida la televisión, o la radio o la prensa, imponen sus imágenes sobre la conducta de quienes reciben sus mensajes? Recuerda un acucioso investigador colombiano, Jorge Iván Bonilla Vélez, que: “ya los mensajes no actúan como una aguja hipodérmica que afecta a todos por igual sino a determinados grupos, pero que los medios de comunicación engendran la violencia, no tiene discusión” [21].

En los Estados Unidos y en clara aceptación de la complejidad al mismo tiempo de la urgencia que le reconocen a este asunto, la Coalición Nacional sobre la Violencia en Televisión, pudo concluir que:

“A estas alturas, ha llegado a ser evidente para los investigadores de los medios, que no hay un solo estudio que establezca a la violencia en la televisión como ‘causa’ de agresividad o de comportamiento violento, pero la televisión es, ciertamente, un ‘factor que contribuye’ al comportamiento agresivo de los individuos y al problema de la violencia en la sociedad” [22].

¿Síntomas o causas de la violencia? Los medios de comunicación, desde luego, reflejan aristas de una realidad tan compleja como no siempre agradable, ni reivindicable. Pero no hay medio sin operadores que tienen a su cargo la decisión de qué presentar y qué no y sobre todo, con qué espacios, formatos, intensidades discursivas, o que deciden en qué contexto –o en ninguno— presentan un hecho violento, ya sea real o ficticio.

Y así como es posible exigirles a los medios que pongan en contexto los hechos de violencia que propagan, también sería pertinente, en cada caso específico, identificar la situación o las condiciones en las cuales presentan uno u otro mensajes. Marcelino Bisbal, periodista e investigador venezolano, ha alertado sobre algunas dificultades en la reflexión sobre este tema. Entre otras: “Pensar los medios en términos de ‘culpabilidad’ frente a los hechos de violencia, parece ser una mirada simplista. Esta visión despoja al conflicto de su contexto y de su sentido más profundos; es decir, ‘ignora las íntimas relaciones que existen entre lo que dicen los medios y lo que puede decir, ver y escuchar una sociedad sobre sí misma ‘ ” [23].

Como quiera que sea, ante la violencia en los medios y específicamente en la televisión, en distintos países ensayan opciones que van desde la formación de grupos ciudadanos para presionar a las empresas de comunicación y a los gobiernos, hasta el diseño de recursos tecnológicos para detectar y, en todo caso, vetar, la recepción de programas de contenido violento. A continuación presentamos un breve repaso de algunas de esas medidas.

Acción comunitaria. Saber leer a los medios

En varias naciones y ahora incipientemente en México, aunque con rasgos peculiares en cada caso, se conocen experiencias de grupos sociales e incluso de instituciones de radiodifusión, que se manifiestan y proponen algunos lineamientos jurídicos, morales o didácticos delante de la violencia en los medios.

ü El Movimiento por el Ambiente Cultural del ya citado doctor Gerbner, tiene una “Declaración de Independencia de los Espectadores”, en uno de cuyos 8 puntos se señalan, después de un diagnóstico de la concentración de las empresas de comunicación y la influencia enorme de los medios en la vida contemporánea, los siguientes efectos, que son calificados como “distorsiones del proceso democrático”:

“Las consecuencias humanas también son de largo alcance. Incluyen los cultos de la violencia en los medios, que desensibilizan, aterrorizan, brutalizan y paralizan; la promoción de prácticas insalubres que ensucian, drogan, hieren, envenenan y matan a millares todos los días; representaciones que deshumanizan, estereotipan, marginalizan y estigmatizan a las mujeres, a los grupos étnicos y raciales, a los gays y lesbianas, a las personas de edad o física o mentalmente incapacitadas y otros fuera del contexto cultural” [24].

ü La Asociación de Radiodifusores de Canadá, desplegó en 1994 la Campaña Nacional en Contra de la Violencia, para la cual destinó 10.6 millones de dólares (canadienses) en tiempo radiofónico y televisivo al aire. “Los mensajes recordaron a los canadienses que la violencia tiene víctimas en todos nosotros y que debemos ser parte de la solución ” [25].

En los siguientes dos años, 1996 y 1997, los radiodifusores canadienses sostienen una campaña denominada “Violencia: Usted Puede Hacer la Diferencia”, que incluye una nueva remesa de anuncios en radio y televisión y un paquete de “Sugerencias para la acción contra la violencia” que contiene información para ser empleada por radiodifusores, legisladores y profesores en escuelas de comunicación. [26]

Una de las peculiaridades de la experiencia canadiense, es que los industriales de la radiodifusión comparten las exigencias para atajar la violencia en los medios. Esto se explica en virtud de los rasgos culturales de la sociedad canadiense pero, también, debido a que una parte considerable del sistema de radio y televisión en ese país es de carácter público.

ü En México, en 1997 surgió el grupo denominado “En los Medios, A Favor de lo Mejor”, conformado por varias docenas de agrupaciones civiles preocupadas, entre otras cosas, porque:

“Hoy, los mexicanos nos enfrentamos al daño que está causando el avance de la violencia, el desorden sexual y el menosprecio de los valores fundamentales de la familia” [27].

¿Qué desea ver en su hogar?, preguntan a los ciudadanos los promotores de esa coalición. Y responden ellos mismos: “La amplia mayoría de los integrantes de la sociedad deseamos unidad, tranquilidad, ayuda, confianza, cariño. Queremos inocencia y ternura en nuestras niñas y niños. Queremos ideales, dignidad, virtudes en nuestras jóvenes y nuestros jóvenes… Queremos que se aprecie el valor de la familia, el matrimonio, los buenos modales, la consideración a los mayores, el respeto en el lenguaje” [28].

En consecuencia, esos grupos proponen mayor vigilancia por parte de padres de familia, exigencias a los medios que pueden llegar a la promoción de sabotajes publicitarios y la posibilidad de renovar las leyes para los medios.

En esa campaña, que en la primavera de 1997 se propuso reunir varios centenares de miles de firmas, se mezclaba el asunto de la violencia con los criterios de moralidad privada que a los directivos de tales grupos les parecían pertinentes. Ya se han conocido cuestionamientos a esa postura que, con el trasfondo o el pretexto de aminorar la violencia, puede propiciar actitudes de nueva intolerancia no sólo respecto de los contenidos en los medios de comunicación, sino respecto de conductas u opiniones que los defensores de “lo mejor” consideren no aceptables [29]. Esa campaña contó con la colaboración de la cúpula de la iglesia católica, con lo cual adquiría una definición ideológica todavía más parcial [30].

Remedios, o paliativos. Códigos de conducta

La autorregulación, es uno de los caminos que han encontrado medios de comunicación en todo el mundo para atenuar, o en todo caso prevenir ante mensajes considerados como delicados, o que no se estiman sean para todos los públicos.

ü Hay varias experiencias al respecto. Entre otras, la Asociación Canadiense de Radiodifusores expidió en septiembre de 1996 su “Código Voluntario Acerca de la Violencia en la Televisión”. Allí propone, antes que nada, que:

“Los radiodifusores canadienses no deberán transmitir programación:

*que contenga violencia gratuita en cualquier forma

*que avale, promueva o maquille a la violencia” [31].

Además, se sugieren reglas específicas para la transmisión de programación infantil, el establecimiento de horarios en la programación de adultos, un sistema de clasificación, advertencias sobre el contenido de los programas, programación noticiosa y violencia en contra de las mujeres, grupos específicos, animales y en programas deportivos.

Clasificaciones

En varios países, los criterios para clasificar contenidos violentos han sido tema de intensos debates. Casi siempre, el establecimiento de categorías para separar los mensajes considerados como apropiados para todo público de aquellos que se piensa deben ser vistos por públicos de edades específicas, toma en cuenta la violencia pero además otras consideraciones morales, legales y/o éticas.

ü En Francia, el Consejo Superior del Audiovisual comenzó a utilizar, a fines de 1996, un nuevo código de “clasificación de las obras susceptibles de afectar la sensibilidad de las minorías” y que cataloga los grados de “violencia o erotismo, las películas, telefilmes, series, dibujos animados y documentales” en cinco categorías [32].

ü En los Estados Unidos, después de recurrentes quejas y presiones del gobierno federal, las principales cadenas de televisión y otros directivos de la industria del espectáculo, aceptaron en 1996 establecer un sistema voluntario de clasificación (raitings) que comenzaría a ponerse en práctica al año siguiente. [33]

Recursos tecnológicos. El V –chip

ü Desde comienzos de 1996, la legislación estadounidense obliga a los fabricantes de televisores a instalar el “V –chip” que es un microcircuito de computadora que permite a los padres de familia bloquear los programas cuestionables. El chip, para funcionar, requiere que las estaciones televisoras incorporen a sus programas un sistema de clasificación capaz de alertar cuándo será y está siendo transmitido un programa considerado como violento. Ese dispositivo es capaz de leer la información y prevenir a los padres, con un aviso en la pantalla del televisor, sobre los programas clasificados como “violentos”, o como “objetables” por su contenido. También es posible que los televisores sean impedidos para recibir ese tipo de programación, excepto cuando los padres de familia introduzcan una clave para “desbloquear” la protección anti-violencia.

No basta, aunque hay quienes sostienen que ese aditamento puede ser útil. La Coalición Nacional sobre la Violencia en Televisión, defensora del V -chip ha considerado, sin embargo, objeciones y limitaciones como las siguientes:

“El V –chip no es sustituto de la disciplina que debe tener la industria (de la radiodifusión).

-En áreas de alta criminalidad, donde los niños ven un 50% más de televisión, el V –chip no podría ser empleado.

-Los adolescentes encontrarán alguna forma de eludir el chip.

-Ellos, se reunirán a ver los programas en las casas de otros muchachos.

-Tomará años instalar el V –chip en todos los televisores. La televisión necesita ser limpiada ahora.

-¿Distinguirá el V –chip entre la violencia gratuita y glamorizada y la de otros tipos?

-¿Echarán fuera los radiodifusores toda programación condenada por ser violenta?

-Será una ventaja para la televisión por cable y un problema para la televisión abierta. Todavía, esta última es la que hace más progresos en aminorar la violencia.

-Para los muchachos varones de entre 10 y 14 años, una clasificación negativa será un atractivo adicional.

-En suma, el V –chip es un truco” [34] .

Las dudas sobre la eficacia de ese dispositivo, siguen siendo muchas. ¿Qué clasificación sería satisfactoria y para qué segmentos de televidentes? ¿En qué medida las grandes empresas de comunicación están dispuestas a sacrificar al menos en parte los rendimientos financieros fáciles que supone la transmisión de programas violentos, a cambio de ganar algo de legitimidad entre sus públicos? Hay programas, como hemos apuntado, que son indiscutiblemente violentos. Pero, por ejemplo, ¿y las caricaturas, en donde la violencia es ingrediente cada vez más frecuente y, casi, garantía de audiencias infantiles?; ¿y en el plano deportivo, el rugby o la lucha libre, para no hablar de los incidentes en algunos partidos de futbol soccer? La NCTV estima, en fin, que “el V –chip no es ni la solución, ni una tontería. Es una herramienta que un padre puede usar como auxilio para monitorear lo que sus niños están viendo. Los padres, siguen teniendo la responsabilidad. Necesitan ser más atentos respecto de los tipos de programas apropiados para las edades específicas de los niños. Hasta ahora, los programas en televisión estaban dirigidos a una audiencia general. El problema es que un programa apropiado para una ‘audiencia general’, a menudo no es apropiado para un niño de cinco años” [35].

En varios países de Europa, el V –chip ha sido aprobado en términos generales pero hay problemas prácticos para que funcione. En noviembre de 1996, el Parlamento Europeo admitió su introducción en un proceso de dos años, pero pocas semanas después se reconoció que los costos de esa operación tecnológica y los plazos requeridos para ella, serán mayores de lo que se pensaba [36]. En los Estados Unidos, en donde se venden 24 millones de telerreceptores cada año, se estimaba que para febrero de 1998 todos los televisores de nueva fabricación debían tener ese dispositivo [37].

En México, el asunto del V –chip ni siquiera ha formado parte de la discusión en, ni respecto de, los medios de comunicación. Entre las pocas alusiones a ese recurso está el comentario de un analista constante de estos temas, Francisco Báez Rodríguez, quien ha considerado que gracias al V –chip, “es cada adulto el que se hace responsable por lo que ven sus hijos, el que reconoce a qué dosis de complejidad (o de sexo, violencia o léxico vulgar) pueden ellos someterse” [38].

Realidad y fantasía

La violencia, como es tan cotidiana y desdichadamente obvio, forma parte de nuestra realidad. Hay quienes dicen que, por ello, los medios de comunicación no pueden soslayarla. Pero una cosa sería ocultarla –lo cual resultaría tan imposible como increíble– y otra, magnificarla cuando se la muestra en medios como la televisión.

Los medios no sólo propagan mensajes; además los modulan, según los presenten. Desde el comienzo de la televisión y durante muchos años, la violencia en ese medio se encontraba fundamental, o casi exclusivamente, en series y películas de ficción. De poco tiempo a la fecha, gran parte del contenido violento está en programas de noticias o de reportajes, algunos de los cuales, precisamente, tienen como tema principal la exposición de hechos dominados por acciones agresivas.

Los programas de periodismo tabloide, como se les denomina en Estados Unidos y que entre 1995 y 96 entraron con ímpetu en la televisión mexicana, medran con acontecimientos violentos; no solamente distorsionan la realidad al presentar sólo o preferentemente sus aspectos más agresivos, sino además hacen proselitismo en favor de ella. Se trata de espacios televisivos que contradicen la responsabilidad social que en términos morales pero también legales, incluso en México, tienen –o deberían tener– las empresas de comunicación social.

Los empresarios de la televisión suelen alegar que a la gente le gustan las series de nota roja. El problema es con qué parámetros, qué tradiciones, qué ausencia de verdadera competencia –en el caso mexicano–, se ha desarrollado el gusto popular que, por lo demás, no es tan homogéneo como los empresarios y publicistas de los medios suelen considerar.

La nota roja suele ser es campo propicio para describir realidades de una sociedad compleja. La crónica periodística y la sociología de casos específicos, llegan a enriquecer ese recurso. Sin embargo, cuando a ese género se le toma como fin en sí mismo, el enorme riesgo del sensacionalismo tiende a dominarlo todo. Enrojecidas en los programas de supuesta búsqueda periodística que en realidad lo son de mercantilización de algunos de los aspectos más crudos de la realidad, las pantallas televisivas no ofrecen contexto sino contundencia. La exaltación de la violencia se origina entonces en la magnificación de asuntos que forman parte de la realidad, pero no la dominan ni la modifican del todo.

La violencia en la televisión es problema en todos los países. La sobreposición de criterios mercantiles para medir la eficacia o la presencia social de los medios, también. En México, además, la violencia en los medios, que siempre ha existido, se ha vuelto recurso vulgar, con resultados de corto plazo, en la competencia que sostienen las empresas privadas de la televisión.

La violencia, en fin, es parte de la vida. Muchas cosas lo son. Pero de allí a propagarla como elemento central hay una distancia que los empresarios de la comunicación y especialmente la TV, ante la mirada todavía estupefacta de una sociedad que no suele reivindicar sus derechos respecto de los medios, acostumbran brincar apuntalados en la venta de espacios de publicidad. La violencia entonces, patéticamente, queda supeditada no a control social alguno, ni al autocontrol sustentado en parámetros éticos, sino al imperio del dinero.

Ya ha precisado, con su habitual elocuencia, el pensador español Fernando Savater: “Las fantasías violentas pueblan nuestros juegos y nuestros sueños desde la infancia: lo grave es no saber cómo distinguirlas de la realidad y desconocer las razones civilizadas por las que debemos evitar ponerlas en práctica” [39]. Los programas de contenido fundamentalmente violento (entre ellos los tabloides televisivos de nota roja) tienden a obnubilar el discernimiento sobre las causas y consecuencias de la violencia. Cuando contienen moraleja, suelen ser peores: el tono admonitorio de los locutores, de nada o de poco sirve junto a la fisgonería morbosa de los telespectadores; la sangre que salpica las pantallas, se sobrepone al discurso moralizante. Y la sangre, entonces, se vuelve discurso sin más lógica que la de su propia propagación.

Hace pocos años, un muchacho en un pueblo estadounidense quemó vivo a un vecinito suyo porque había visto hacer lo mismo en un episodio de la traviesa serie de adolescentes freaks Beavis and Butthead, de la cadena MTV. Episodios como ése, en donde la frontera entre la ficción violenta y la realidad trágica se difumina en la percepción obnubilada de televidentes adolescentes e incluso niños, se han venido repitiendo en diversos sitios del mundo. Los hechos de violencia cometidos, sobre todo pero no exclusivamente por adolescentes y hasta niños que se dicen inspirados en la televisión, aumentan delante de una sociedad aturdida por los mismos medios. ¿Quiénes son responsables de tales hechos? El entorno social y la existencia real de violencia cotidiana, la falta de contexto explicativo que sería especialmente pertinente para los espectadores jóvenes, la gana de lucro fácil que supone la divulgación de programas de contenido violento y la ausencia de reglas suficientes para ubicar y acotar la transmisión de esos mensajes son elementos que, sumados, contribuyen a que la violencia ya existente en el entorno social se exacerbe en su propagación mediática. La culpa, después de todo, no es sólo de los medios. Pero ellos, en ese proceso de propagación de imágenes, no son precisamente inocentes.

El profesor Gerbner lo ha dicho con la experiencia de sus tres décadas en la investigación de medios: “La televisión no ‘causa’ nada. Ya estamos fastidiados de decir que la televisión ‘causa’ esto o lo otro. En vez de ello, decimos que la televisión ´contribuye’ a esto o lo otro. Las dimensiones de esa ‘contribución’ varían. Pero allí están” [40].

Granja de la Concepción, D.F.,

mayo y junio de 1997


[1] American Medical Association, “Facts about media violence”. Información en la página de la AMA en Internet: http://www.ama-assn.org/ad-com/releases/1996

[2] Citado por Marcelino Bisbal, “Violencia y televisión o el discurso de la conmoción social”, en Guillermo Orozco Gómez, coord., Miradas latinoamericanas a la televisión. Universidad Iberoamericana, México, 1996, p. 105. La misma información es corroborada en Net Citizens TV, “10 Common Myths about the V-Chip”,
http://www.nctvv.org

[3] Bisbal, cit.

[4] Organizaciones Coordinadas para Mejorar los Medios de Comunicación, En los Medios A Favor de lo Mejor. Manual de Campaña. México, febrero de 1997, p 9.

[5] George Gerbner, “Selling all the stories. The culture of violence and what you can do about it”. Conferencia para el grupo Science for Peace, Toronto, july 14, 1995, mimeo.

[6] House of Commons Standing Committee on Communication and Culture. “Television Violence: Fraying Our Social Fabric. Introduction and Chapter Five: Conclusions and List of Recommendations”. Report. Ottawa, June, 1993, mimeo.

[7] Susan Alter, Current Issue Review: Violence on Television. Law and Government Division, Research Branch, Library of Parliament. The Canadian Communication Group, 1995. La primera versión de Die Hard contenía solamente 18 muertes violentas: Scott Stossel, “The man who counts the killings”, en Atlantic Monthly, Boston, may 1997.

[8] Mario Abad, “La televisión sí influye en el comportamiento violento”. El Nacional, 7 de enero de 1997.

[9] Jeffrey Pollock, Global Strategy Group Inc., Executive Summary of Media Violence Survey Analysis. Memorandum to the American Medical Association, august 13, 1996. Disponible en la página electrónica de la A.M.A., cit.

[10] George Gerbner, “Violence in Television Drama – Trends and Symbolic Functions”. Mimeo., 1972.

[11] The Royal Comission on Violence in the Communications Industry, “The Nature of Media Violence”. Mimeo., Ottawa, 1976.

[12] Elizabeth Rondelli, “Media, representacoes sociais da violencia, da criminalidade e acoes políticas”, en Comunicacao&Política vol. 1, No. 2, Río de Janeiro, dezembro 1994-marco 1995. Reproducido como “Medios, drogas y crimen”, en etcétera, No. 207, México, 16 de enero de 1997.

[13] Media Awareness Network, “Mediascope National Television Violence Study”, mimeo., septiembre de 1996.

[14] Ibid.

[15] Claudia Navarro, “Sin ‘tele’ habría 10.000 asesinatos menos al año”. El País, Madrid, 22 de septiembre de 1996.

[16] UNESCO Report, Violence and Terror in the Mass Media, 1988. Citado en Jan D’Arcy, National Film Board, Changing the Shape of a Brick Already Built into the Wall. A brief presented to the Canadian Panel on Violence Against Women, 1992.

[17] Stossel, cit., p. 95. Este ensayo-reportaje, dio a conocer a un público más amplio –más allá del mundo académico especializado en comunicación social– la peculiar biografía de Gerbner (nacido en Hungría, protagonista y víctima en la Segunda Guerra luego, emigrado a los Estados Unidos, constructor de todo un esquema metodológico para analizar a los medios) y de su insistente así como creativa preocupación por la violencia en los medios.

[18] House of Commons Standing Committee… cit., Subrayado nuestro.

[19] Wendy L. Josephson. Television Violence: A Review of the Effects on Children of Different Ages. Mimeo, february 1995.

[20] Ibid

[21] Jorge Iván Bonilla Vélez, Violencia, medios y comunicación. Otras pistas en la investigación. Trillas, México, 1995, p 19.

[22] Mary Ann Banta, The V (Violence) Chip Story. National Coalition on Television Violence, [http://www.nctv.org], abril de 1997.

[23] Bisbal, cit., p 125. Las comillas son de ese autor.

[24] Cultural Environment Movement, Viewer’s Declaration of Independence. St. Louis Missouri, march 17, 1996.

[25] The Canadian Association of Broadcasters, Nationwide Campaign Against Violence. September, 1996.

[26] Ibid.

[27] Organizaciones Coordinadas…. cit., p. 8.

[28] Ibid., p. 3

[29] La escritora Mónica Mayer hacía estas consideraciones sobre la campaña “A favor de lo mejor”: “Para empezar, habría que especificar qué es violencia. Mi madre por ejemplo, pensaba que los cuentos infantiles (brujas enjaulando niños para comérselos) eran violentos y sé de una escuela que en algún momento eliminó la enseñanza de la historia por lo mismo… Por otro lado, les pregunto, ¿qué entienden por ‘desorden sexual’ ? En este país en el que todo nos espanta puede ser desde la aparición de un discreto desnudo en un programa cultural… hasta información sobre anticonceptivos y prevención del SIDA”. “Censura civil organizada”, en El Universal, México, 28 de marzo de 1997.

[30] Fabiola Guarneros, “Iniciará la Arquidiócesis de México una campaña contra la violencia en los medios”. El Universal, México, 1 de marzo de 1997.

[31] Canadian Association of Broadcasters, “Voluntary Code Regarding Violence in Television”. Mimeo., Montreal, septiembre de 1996. Allí se especifica que “gratuita”, significa material que no desempeñe un papel integral en el desarrollo de la trama, el carácter o el tema del material en su conjunto”.

[32] Conseil Superieur de l’Audiovisuel, CSA La Lettre, No. 86, París, novembre de 1996.

[33] CNN in archive… “Clinton applauds…” february 29, 1996. Bajado de la página electrónica de esa cadena informativa [www.CNN.com].

[34] Mary Ann Banta… cit.

[35] Ibid.

[36] Walter Oppenheimer, “La UE rechaza introducir con rapidez el ´chip´antiviolencia”. El País, Madrid, 7 de diciembre de 1996.

[37] Stossel, cit., p 88.

[38] Francisco Báez Rodríguez, “Controlar la televisión”, en etcétera, México, 9 de enero 1997.

[39] Fernando Savater, “La violencia y las patrañas”. El País, Madrid, 13 de octubre de 1996.

[40] Stossel, cit., p. 92


Poderes salvajes, democracias baldadas

diciembre 19, 2005

Capítulo del libro Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos. Ediciones Cal y Arena, México, 2005.

Audiencias arrebatadas,

ciudadanía de baja intensidad

Los poderes salvajes se han constituido en el desafío principal de la democracia en nuestros días. Con gran esfuerzo las sociedades contemporáneas han conseguido democratizar sus regímenes políticos o están en curso de hacerlo. En todo el mundo –y América Latina ha tenido en esa tarea una destacada etapa que posiblemente haya culminado con las elecciones mexicanas de 2000– distintos procesos de cambio político se han traducido en el establecimiento de gobiernos legitimados en elecciones limpias cuyas reglas y resultados han sido admitidos por los actores de la competencia política. Esa coincidencia de elecciones, reglas y acuerdos ha sido considerada como razonablemente democrática.

Sin embargo la preeminencia que tienden a alcanzar los poderes salvajes no solo para contrariar o delimitar la soberanía derivada de las decisiones de la sociedad en las urnas sino para constituirse en fuerzas paralelas a las que articulan el quehacer político institucional, amenaza hoy con enfrentarse al enorme esfuerzo invertido en transiciones democráticas como las que hemos presenciado en estos años.

El destacado profesor Luigi Ferrajoli ha formulado una tipología de tales poderes. En ella incluye una amplia gama de grupos, pandillas e intereses que amenazan la estabilidad institucional de las sociedades y los Estados contemporáneos. Los poderes del terror y el crimen, desde los grupos de carácter político que desafían la fuerza del Estado como apuesta deliberada hasta las mafias hoy en día mas extendidas que nunca gracias a la internacionalización del tráfico de narcóticos y de muchos otros productos y servicios ilícitos, encabezan el inventario de ese pensador italiano. Luego están los criminales que actúan dentro de las instituciones y que en el país de Ferrajoli han llegado a ser estructuras paralelas al poder estatal, por ejemplo logias y redes de corrupción. Ese autor identifica en tercer término a los poderes privados de carácter extralegal; “sobre todo los macropoderes económicos que, en ausencia de límites y de controles legales, tienden a desarrollarse con dinámica propia, arrollando las garantías de los derechos de los trabajadores, los principios de transparencia y concurrencia, los intereses públicos y los derechos sociales, condicionando fuertemente la esfera de los poderes públicos” [1]. En cuarto término están los que el mencionado filósofo del Derecho denomina “poderes públicos extralegales” entre los que menciona la preponderancia de la ley del más fuerte en los conflictos internacionales.

 

Transiciones inacabadas,

fuerzas sin control

Aquellos macropoderes económicos que no atienden a controles ni límites capaces de acotarlos han sido denominados, por otros autores, como poderes fácticos. Las corporaciones económicas, las iglesias, los grupos sociales con capacidad específica de presión, incluso en ocasiones los ejércitos, han sido considerados entre esos poderes para los cuales no hay una definición categórica ni, por lo general, una atención específica desde el análisis académico. La ciencia política se ha dedicado mucho más a estudiar articulaciones y modos del poder político y sus instituciones, dejando a un lado –salvo excepciones– el examen crítico de esos poderes paralelos cuya influencia llega a ser mayor que la de los partidos o de los representantes de los ciudadanos.

Los poderes fácticos (catalogados como “instituciones de las que por su importante peso social pueden influir de hecho en la política del país” [2]) allí han estado siempre. En ocasiones han sido entendidos como el entramado inevitable del ejercicio de la actividad pública. En otras se les ha considerado contrapesos al poder institucional y en tal virtud fuentes de influencia deseable ante los excesos de quienes lo ejercen. Pero hay poca atención, hasta ahora, a la capacidad multiplicada por la acumulación económica que crece en cada alianza que emprenden y extendida gracias a la globalización contemporánea que esos poderes de hecho, y a menudo no de derecho, han alcanzado.

Lo mismo les ha sucedido a las sociedades y sus dirigentes políticos en nuestros países. Durante difíciles etapas nos hemos empeñado en transformar la institucionalidad del Estado y las formas de representación política. Hemos reformado, en ocasiones con sintomática puntillosidad, las leyes para celebrar elecciones. Le hemos reconocido al sufragio la enorme importancia que tiene para instituir o refrendar consensos. Hemos impulsado regímenes de partidos derivados de la convicción de que las decisiones fundamentales y la conciliación de posiciones distintas tienen que procesarse en el quehacer político, el cual encuentra su mejor realización en el cotejo partidario. Gracias a tales transformaciones hemos arribado a estadios razonablemente aceptables que a algunos les permiten considerar que llegamos a la culminación de nuestra transición democrática y a otros, que ya nos encontramos instalados en ese proceso.

Todo eso ha estado muy bien. Pero mientras más avanzamos en tales procesos más advertimos que se trata de transiciones incompletas, o de democracias baldadas. La nueva institucionalidad que se ha creado no siempre compromete a todos los actores de la vida pública, o no de la misma manera. Y sobre todo, al margen de las revitalizaciones y reestructuraciones que se conciben para la institucionalidad estatal, hay poderes fácticos que crecen y no en beneficio sino en demérito de la democracia.

Cuando quedan al margen de la ley, o cuando las leyes no son suficientes para acotarlos, y cuando de ellos surgen abusos y exacciones de diversa índole en contra de los derechos de los ciudadanos, tenemos que esos poderes de hecho se convierten en salvajes al estilo de los que explica el profesor Ferrajoli.

 

El poder de los jueces,

necesario y riesgoso

Entre los poderes que en una democracia se salen de cauce, o adquieren tal preponderancia que resultan desequilibrados en comparación con otros, se encuentra el poder de los jueces.

El poder judicial es parte de la civilización. No hace falta insistir en la necesidad de que sea sólido, autónomo y respetado. Pero en distintas experiencias nacionales recientes algunos jueces ha adquirido un protagonismo tan excedido y sus indagaciones y fallos se han encontrado tan imbricados con la espectacularización de los asuntos públicos que no siempre sus decisiones han podido estar orientadas por un escrupuloso apego a las leyes. Cuando los asuntos públicos más relevantes se resuelven no por la vía de la política sino por decisiones judiciales, nos encontramos ante carencias graves en la capacidad de las normas para dirimir las confrontaciones entre los actores públicos sin necesidad de acudir al recurso último que es la acción de los jueces. En esos casos, además, nos encontramos en una situación de debilidad de las instituciones políticas.

Pero cuando la acción de los jueces se mezcla con la publicidad, estamos ante el riesgo de que la justicia quede supeditada al sentido común, no siempre razonable, que prevalezca en la sociedad en un momento determinado.

El escritor francés Alain Minc ha insistido en los riesgos que implica el encuentro de jueces, medios de comunicación y la llamada opinión pública –especialmente aquella que se establece a partir de encuestas–. “Medios de comunicación y justicia se alimentan mutuamente. El juez de instrucción… se convierte en un poder cuasi omnímodo cuando utiliza la prensa como caja de resonancia. Y es que una inculpación pública equivale a un juicio. La presunción de inocencia desaparece y el verdadero juicio en primera instancia se asemeja a un veredicto de la opinión pública lo que, a su vez, transforma las apelaciones a las más altas instancias judiciales en ultima ratio. Pero esta tendencia no proporciona un nivel jurisdiccional suplementario para mayor protección de los encausados, porque el primer juicio, el de la opinión pública, equivale siempre a una condena” [3].

 

El Estado es inevitable

El actual poder de los medios se ajusta puntualmente a la noción de poderes salvajes que mencionamos anteriormente. Las empresas de comunicación siempre son poderes de hecho, influyentes sobre los asuntos públicos y con agendas que no necesariamente corresponden a los intereses de la sociedad. Pero la formidable capacidad para propagar mensajes que han alcanzado gracias al desarrollo de la tecnología y las alianzas corporativas que han emprendido en los más variados sitios del mundo han convertido a los medios ya no solo en parte del espacio público sino, con frecuencia, en casi incontrolables monopolizadores de él. En palabras del español Sánchez Noriega: “un gran grupo mediático se convierte en un poder fáctico que, en el espacio político, tiene capacidad para boicotear determinadas leyes o difundir demandas concretas en la opinión pública y, al mismo tiempo, posee capacidad de resistencia frente a las imposiciones del poder político” [4].

A los medios de comunicación contemporáneos les hace falta tener contenidos útiles y creativos, independientemente de los criterios de calidad con que se les evalúe. Acaparar la audiencia con programas de gran espectacularidad sin duda es atractivo para cualquier empresa de ese ramo. Pero después del estrépito inicial los públicos, tarde o temprano, se preguntan qué les ha dejado la contemplación –por ejemplo, en series como Big Brother– de varios individuos confinados a llevar durante varios meses una vida tan artificial como intensamente acechada.

Ese, como cualquier otro modelo de televisión se encuentra sujeto a la tensión constante entre el interés mercantil y su atadura al rating y, de otra parte, el interés de los ciudadanos. En última instancia, esa relación desemboca siempre en las responsabilidades de los medios. Incluso en una economía regida por las más atroces pulsiones del mercado y precisamente porque esa voracidad mercantil existe, resultan necesarias las fuentes de moderación y responsabilidad que se encuentran en la autorregulación y las leyes.

Para los medios siempre es útil ceñir sus contenidos a parámetros éticos que reivindiquen el interés de la sociedad y no solamente la avidez por el rating. Las empresas mediáticas que se comprometen con principios de esa índole resultan más confiables para los ciudadanos. Pero como ninguna actividad que tenga repercusiones sociales puede autorregularse eficazmente a sí misma, también se precisa de leyes que definan y acoten el ejercicio del poder que tienen los medios de comunicación.

Hoy en día parece haber quedado claro que, incluso en los modelos de organización política y social más dúctiles a las necesidades de expansión del mercado y sus capitales, hay tareas de regulación que solo pueden ser desempeñadas por el Estado.

El Estado es inevitable. Todavía de cuando en cuando se escuchan voces que hablan de él como si fuese una maldición a la que es preciso exorcizar. Pero sintomáticamente, y eso vale tanto para individuos como para corporaciones, muchos de quienes descalifican al Estado se encuentran entre aquellos que se disputan el privilegio de encabezarlo o influir en él.

La regulación estatal es uno de los recursos que tiene la sociedad para que sus intereses sean considerados en las decisiones que les afectan (entre ellas, el funcionamiento de los medios de comunicación). Ciertamente estos no son los mejores tiempos para el Estado, que a veces se encuentra tan escaldado por los cuestionamientos externos y por los abusos de quienes lo encabezan que pareciera destinado a ocupar un sitio marginal. Sin embargo, como apunta en otro libro el ya citado Alain Minc, el Estado: “Si persevera en su modo de ser, si quiere producir servicios, si se juzga protegido en su propia esfera e indiferente al mercado, está condenado. Si, por el contrario, toma conciencia de lo posible y acepta cambiar su oficio de productor por el más esencial de regulador, habrá de corresponderle un rol cardinal”. La disyuntiva es “o bien un mercado más o menos regulado, o bien un mercado desregulado, es decir, la jungla” [5].

 

El mercado mediático

se autoprotege

En el campo de la comunicación, uno de los requisitos para propiciar contenidos congruentes con la heterogeneidad y los intereses de las sociedades a las que se dirigen es la diversidad de medios. En la medida en que las decisiones acerca de qué se difunde y para quiénes, son tomadas desde distintas perspectivas y no solo una, las opciones de comunicación serán más variadas y los públicos podrán ejercer su libertad para recibir un mensaje u otro. Eso vale tanto para medios convencionales (como la televisión y la radio) como para la Internet.

Sin embargo, con frecuencia esa diversidad de opciones queda limitada por la concentración de los medios de comunicación. Más que en torno a proyectos tecnológicos o a contenidos y mensajes, la convergencia mediática de la actualidad se desarrolla en el campo de las alianzas empresariales. Se trata de una tendencia internacional, relacionada con la expansión de la tecnología pero fundamentalmente con la asociación de capitales en su búsqueda de mayores o más fáciles rendimientos. Como parte de las fuerzas que mueven la economía contemporánea la asociación de firmas en la industria de las comunicaciones es una realidad inevitable. Pero tiene que estar circunscrita tanto por las reglas que hay en toda economía de mercado para evitar las prácticas monopólicas, como por normas específicas que propicien la pluralidad y la responsabilidad en los contenidos de los medios de comunicación.

En distintas latitudes se expresan preocupaciones fundadas ante los efectos que puede tener una concentración excesiva de los medios de comunicación. El profesor Lawrence Lessig de la escuela de leyes de la Universidad de Stanford, ha recordado el gran desafío que implica el papel dominante de unas cuantas empresas en el negocio de la música: “Un puñado de compañías controlan más del 80% de la música en el mundo. Esas compañías controlan no solo la distribución sino el mercado donde los artistas tienen que vender sus almas a una firma grabadora precisamente para tener el derecho a desarrollar música que se pueda distribuir”.

El mismo autor considera que ese modelo económico pudiera estar siendo desplazado por el espacio de exposición y producción mediática que puede constituir la red de redes: “Ese es el modelo del último siglo. Las razones económicas que podrían haber justificado esa estructura apretadamente controlada han desaparecido. La Internet puede sostener una competencia en la producción y la distribución mucho mayor que (si fuera posible con) las cinco compañías dominantes” [6].

Lessig, que ha destacado por su interés para encontrar reglas que permitan organizar el desarrollo de la Internet sin restringir las libertades que la singularizan, se ha ocupado de la aglutinación mediática y sus perversidades en un trabajo más reciente. En Estados Unidos, explica: “La propiedad de los periódicos se ha vuelto más concentrada. Hoy en los Estados Unidos existen menos 600 periódicos diarios menos de los que había ochenta años antes y diez compañías controlan la mitad de la circulación nacional. Hay veinte grandes editores de periódicos en los Estados Unidos. Los diez principales estudios cinematográficos reciben el 99 por ciento de todas las ganancias en el cine. Las diez compañías de cable más grandes concentran el 85 por ciento de todas las ganancias en la industria del cable. Hay un mercado lejano de la prensa libre que los reguladores tratan de proteger. Sin duda, es un mercado que está bastante bien protegido –por el mercado–” [7].

Desbordada influencia

sin rendición de cuentas

La presencia cotidiana y cautivadora que tienen sobre la sociedad multiplica la influencia de los medios. Las empresas de comunicación y sus operadores adquieren tal dominio que quienes tienen poder en otros ámbitos –gobernantes, legisladores, e incluso jerarcas de los poderes extralegales como los clérigos y en ocasiones hasta los capos criminales– suelen doblegarse ante el vasto poder de los medios.

Esa influencia tiene implicaciones culturales, educativas y políticas, entre otras. Pero en el terreno de los derechos se produce una enorme disparidad entre el imperio de los medios y el desamparo que frente a ellos suelen padecer los ciudadanos, independientemente de la relevancia pública que tengan.

De entre los poderes salvajes o no regulados, el de los medios de comunicación es el de más contundente expansión en el mundo contemporáneo. Los italianos conocen bien esa capacidad que llegó a traducirse, junto con otros factores, en el éxito electoral de Silvio Berlusconi.

Unos días antes de las elecciones de mayo de 2000, cuando la opción mediática ganaría el gobierno de Italia, Umberto Eco promovió un llamamiento a sus compatriotas en donde decía que aquel domingo habría un referéndum moral. El electorado de Berlusconi, explicaba, “lee pocos periódicos y poquísimos libros, poco le importa que se instaure un régimen de hecho, que no disminuiría, antes bien, aumentaría la cantidad de espectáculo a la que ha sido acostumbrado”.

“Es un electorado –añadía Eco– producido por nuestra sociedad, con años y años de atención a los valores del éxito y de la riqueza fácil; que ha sido generado también por la prensa y la televisión que no son de derechas; que es producto de los desfiles de modelos procaces, de madres que abrazan finalmente al hijo que ha emigrado a Australia, de parejas que obtienen el elogio de los vecinos porque han exhibido sus crisis conyugales delante de una cámara; es un electorado producido asimismo por lo sagrado transformado a menudo en espectáculo, por la ideología de que basta agradar para vencer, por el escaso encanto mediático de toda noticia que diga lo que las estadísticas demuestran… este electorado encantado es el que hará ganar al Polo. La Italia que tendremos será la que ellos hayan querido” [8].

La preeminencia mediática no basta para explicar procesos políticos como el mexicano de 2000 o el italiano del siguiente año anterior. Pero al mismo tiempo, hay procesos cuyo desenlace no se explicaría sin el concurso de los medios.

El problema con los medios no es su vasta presencia delante de la sociedad, ni el hecho de que tengan agendas privadas, sino la ausencia de contrapesos en el espacio público y, en el terreno del derecho, de regulaciones eficaces. Se han convertido, o están en tránsito de ser, una mediocracia sin mediaciones como le hemos llamado en otro sitio.

Los medios llegan a desempeñar un papel muy valioso en la edificación y la preservación de la democracia y en el afianzamiento del Estado de derecho. Por ejemplo, pueden y suelen llegar a cumplir tareas de enorme utilidad en la supervisión de las acciones y decisiones del poder público. La rendición de cuentas, o accountability, encuentra en los medios eficaces espacios de exigencia ante los gobernantes. El periodismo de investigación, cuando se hace con meticulosidad y sin tener al escándalo como forzoso afán, llega a contribuir a que la sociedad escudriñe al poder público.

Pero los medios no sustituyen la tarea de las instituciones, ni a las leyes, en la vigilancia del gobierno y los funcionarios públicos. Cuando creen que el periodismo es el contrapeso principal del poder, los informadores se arrogan una representación social que no tienen.

Entonces, las condiciones son propicias para que los medios se constituyan en fiscales del poder y el resto de la sociedad. Son muy inquisitivos con todos pero no suelen tolerar el menor escrutinio. Al estar al margen de mecanismos formales de rendición de cuentas, los medios de comunicación adquieren una impunidad de la que no disfruta ningún otro actor de la vida pública. La ausencia de regulaciones eficaces forma parte de las condiciones en las que esos poderes salvajes incrementan su presencia social.

Uno de los recursos para atemperar o al menos identificar el desempeño de los medios radica en la observación organizada por grupos y ciudadanos preocupados por estos temas. Las nuevas tecnologías de la información, especialmente la Internet, constituyen plataformas útiles para dejar registro y hacer promoción a las tareas de seguimiento del comportamiento de los medios.

No hay motivo para que las grandes corporaciones mediáticas supongan que están al borde de la extinción. Pero sí lo hay para que no dejen de tomar en cuenta las nuevas tendencias del intercambio y la generación del conocimiento –y por lo tanto de mensajes y contenidos de toda índole– que se desarrollan en la Internet. La red de redes no sustituirá a los medios de propagación más amplia pero constituye lo mismo parte de su nuevo entorno que, aun de manera incipiente, un espacio en donde se manifiestan contrapesos y eventualmente opciones a los contenidos de los medios convencionales. Los grupos de observación de los medios, así como agrupaciones de consumidores de mensajes mediáticos y otras organizaciones civiles de ese corte encuentran en la Internet un espacio propicio, y cada vez más influyente, para expresarse y crecer.

A falta de regulación,

sujeciones extra jurídicas

Sin embargo, por lo general la atención crítica a los medios sigue siendo marginal en comparación con la relevancia pública que alcanzan. Al ubicarse por encima de controles formales e informales, esos poderes salvajes –específicamente el poder sin contrapesos ni regulaciones eficaces de los medios de comunicación– pueden llegar a ser el problema central de las democracias contemporáneas. Las reflexiones de Ferrajoli parecieran aludir a la situación de los medios en países como México cuando dice que no solamente entre el Estado y la sociedad hay relaciones de potestad / sujeción sino también en el campo de la sociedad misma:

“Relaciones verticales y por tanto asimétricas de potestad / sujeción existen por el contrario, como bien lo sabemos, también en las relaciones privadas de las cuales está tejida, natural o artificialmente, la sociedad civil. A falta de regulación jurídica, estas relaciones se manifiestan bajo la forma de poderes y sujeciones extra jurídicas y tendencialmente salvajes: o porque se desarrollan dentro de roles e instituciones jurídicas abandonadas a dinámicas sustancialmente libres e incontroladas, o porque se desarrollan fuera de cualquier rol o institución jurídica y bajo formas puramente extra-legales o ilegales… Es claro que estos poderes, tanto más si no están regulados, son fuentes, más que de desigualdades, también de no-libertades” [9].

En México, como tanto se ha insistido en este libro, las leyes para los medios de comunicación en algunos casos son tan obsoletas que casi nunca se aplican, o no registran los avances tecnológicos que han ocurrido en ese campo en las últimas cuatro décadas. Al margen de ese marco jurídico, los dueños de empresas radiodifusoras y periodísticas suelen establecer arreglos casuísticos con el poder político. Y sobre todo, persiste la ausencia de una reglamentación específica que ampare los derechos de los ciudadanos ante posibles abusos de los medios.

Si la democracia se sustenta en la igualdad de los ciudadanos para intervenir en las decisiones básicas los medios llegan a entorpecer, cuando no a obstaculizar de plano, esa participación. Más allá del sufragio y las reglas para los procesos políticos lo que importa de una democracia, dice Guillermo O´Donell, es su calidad. “Los ciudadanos son la contrapartida individual de un régimen y un estado democráticos. Se supone que el conjunto de derechos sancionados en las constituciones modernas protege y potencia a los ciudadanos. El fundamento de la ciudadanía es la premisa de la autonomía de todos los individuos y, consecuentemente, de su igualdad básica… Una ciudadanía efectiva no consiste únicamente en votar sin coacción: es también un modo de relación entre los ciudadanos y el estado, y de los ciudadanos entre sí. Es una modalidad continua de relación, antes, durante y después de las elecciones, entre individuos protegidos y potenciados por su condición de ciudadanos” [10].

El mismo O’Donell considera que en democracias como las que se han desarrollado recientemente en América Latina existe “una ciudadanía trunca o ‘de baja intensidad’ ” [11]. No es una ciudadanía plena debido a insuficiencias y abusos en la aplicación de la justicia, o a la violencia y las presiones de los poderes fácticos. En esas condiciones que demeritan el ejercicio de la ciudadanía podemos incluir a las que establecen, o contribuyen a establecer, los medios de comunicación.

Arrebatados por la seducción mediática, los ciudadanos suelen quedar reducidos a espectadores. Pero además los medios, que en circunstancias como las que se han descrito en este libro llegan a ser poderes más allá de controles legales y solo excepcionalmente regidos por autocontroles de carácter ético, no acostumbran considerar a sus destinatarios como ciudadanos, sino como consumidores. Esa concepción tiene implicaciones culturales y comerciales pero también legales. Cuando el individuo que forma parte del público de los medios no tiene recursos jurídicos para defenderse con eficacia de calumnias o difamaciones, o cuando amplios segmentos de la población no tienen derecho a comunicarse a través de medios que para difundir sus mensajes usufructúan un recurso público –el espacio radioeléctrico– estamos ante una inequidad que erosiona el carácter ciudadano de la sociedad.

Por eso decimos que el de los medios es un asunto que atenta contra la democracia. Por eso creemos que, con todo lo fundamental que puede resultar, no basta con reformar al Estado de la misma manera que nuestra democracia no depende solo del respeto al sufragio. También hace falta que a los poderes fácticos se les quite su carácter salvaje. Y para ello nada mejor que incorporarlos a un proceso de civilización, que tiene que incluir reformas legales pero también el desarrollo de una cultura cívica capaz de acotarlos, resistirlos y convivir con ellos.

 


[1] Luigi Ferrajoli, El garantismo y la filosofía del derecho, Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 2000, pp. 128-129.

[2] Manuel Seco, et al, Diccionario del español actual. Aguilar, Madrid, 1999. Tomo II, p. 3595.

[3] Alain Minc, La borrachera democrática. Temas de hoy. Madrid, 1995, p. 97.

[4] José Luis Sánchez Noriega “El verdadero poder de los medios de masas”. Latina, revista de comunicación social, número 13, de enero de 1999, La Laguna, Tenerife,
http://www.lazarillo.com/latina/a1999c/143noriega.htm

[5] Alain Minc, http://www.capitalismo.net. Paidós, Buenos Aires, 2001, pp. 187 y 209.

[6] Lawrence Lessig, “The Dinosaurs Are Taking Over”, Business Week Online, mayo 13 de 2002. Disponible en:


http://www.businessweek.com/magazine/content/02_19/b3782610.htm

[7] Lawrence Lessig, Free Culture. How big media uses technology and the law to lock down culture and control creativity. The Penguin Press, New York, 2004.

[8] Umberto Eco, “Las elecciones italianas, un referéndum moral” El País, Madrid, 10 de mayo de 2001. El Polo era la alianza de derechas que respaldó la candidatura de Berlusconi.

[9] Luigi Ferrajoli, “Contra los poderes salvajes del mercado. Para un constitucionalismo de derecho privado”. En Miguel Carbonell et. al., coords., Estrategias y propuestas para la reforma del Estado. Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

[10] Guillermo O’Donell, Contrapuntos. Paidós, Buenos Aires 1997, p. 348.

[11] Ibid.


Un reportero con los ojos bien abiertos

diciembre 18, 2005

Participación en la presentación del libro de Rubén Cortés Crónicas de guerra. Afganistán e Irak en el frente de batalla. Ediciones Cal y Arena, México, 2003.

Diciembre de 2003.

Se había dicho que la que emprendió el gobierno de Mr. Bush en contra de Irak estaba destinada a ser la guerra más publicitada de la historia. Docenas de televisoras de todo el mundo prepararon enlaces satelitales trascontinentales; centenares de diarios y revistas enviaron a sus mejores reporteros; la telefonía de alcance global sería el instrumento para mantener a los enviados en permanente contacto con las redacciones; la inestable definición de las señales de videoteléfono añadiría dramatismo a las imágenes desde el frente de batalla: en todas las latitudes los televidentes se prepararon para asistir, en vivo y directo, al espectáculo de la guerra.

Pronto se comprobaría que ni la guerra es tan espectacular –por lo menos en términos del ritmo expedito y los argumentos simples que ha establecido la industria del infoentretenimiento– ni el nuevo conflicto militar en el Pérsico sería tan reñido como inicialmente se pudo haber creído. La distante pero brutalmente demoledora violencia de los misiles sustituyó en la mayoría de las ocasiones al enfrentamiento cuerpo a cuerpo; el desmantelamiento soterrado de la resistencia iraquí fue a la postre más eficaz que los disparos de las tanquetas: la guerra y sus devastadoras consecuencias ocurrían a centenares de kilómetros de donde estaban emplazadas las cámaras de televisión y la mayoría de los conductores y reporteros tuvieron que conformarse con asistir a las batallas que el general Tommy Franks explicaba, con maqueta y power point, desde el emplazamiento militar en Doha.

La distancia respecto del frente de batalla y especialmente la censura impuesta por el gobierno estadounidense mantuvieron alejados de las noticias auténticas a casi todos esos corresponsales de todo el mundo. 662 de ellos fueron aceptados –habiéndose disciplinado, a su vez, a las restricciones que el Pentágono les impuso– como acompañantes de los convoyes que surcaban paso a paso el desierto con rumbo a Bagdad. La experiencia de los periodistas encamados o incurstados en las filas del ejército estadounidense fue profesionalmente desastrosa y en numerosos casos personalmente infructuosa. La única guerra que se veía desde el lente de las videocámaras empotradas en los tanques era entre los corresponsales y el desierto. Cuando había algun hecho destacado su difusión quedaba sometida a la supervisión de los interventores militares.

Tamizada su difusión por las condiciones que impuso el gobierno de Estados Unidos la guerra se convertía en el eco distante de una invasión que el mundo sabía abusiva e injusta pero de la que no se tenían evidencias suficientes. Los grandes medios estadounidenses se allanaron a la censura y no tuvieron pudor para ocultar hechos e imágenes que pudieran comprometer la auto alabanza que la Casa Blanda difundía acerca de los acontecimientos militares en Irak.

En ese panorama de miedo, sometimiento y desinformación la tarea de los periodistas que decidieron no disciplinarse a las condiciones del Pentágono constituyó la mejor fuente para que se supiera la verdad de lo que ocurría en el frente de batalla.

Esa fue la misión de Rubén Cortés, el periodista cuyas impresiones recoge el libro que ahora se presenta. A diferencia de la monotonía y las versiones deslavadas que publicaban muchos medios internacionales periodistas como el enviado de Crónica fueron a buscar los ecos de la guerra en el sufrimiento de sus principales víctimas. Día tras día desde Islamabad y Peshawar, luego desde Amán y Bagdad, los reportes de Cortés ofrecieron una visión original de la desolación pero también de las respuestas de la gente forzada a vivir con la guerra.

Las crónicas de Rubén Cortés son de una consumada contundencia narrativa porque están escritas sin afectación alguna. Se trata de textos llanos, precisos, directos, cuya tensión dramática resulta de los terribles hechos que relatan y no de giro retórico alguno. Ese periodismo que coloca a los hechos por encima de los dichos es inusual en un contexto como el de nuestros medios, en donde con frecuencia se considera que la declaración es el eje de las noticias.

Los hechos que Cortés presenció en Afganistán e Irak eran tan desgarradores que sobrepasaban cualquier afán de espectacularidad periodística. Él asumió con modestia y valentía su papel de cronista y no tuvo que aderezar sus textos con epítetos. Siguiendo la receta que alguna vez aprendiera Hemingway y a la que se refiere en el epígrafe de su libro Cortés economiza los adjetivos porque la realidad que recorrió era más categórica que las letras.

Con ese estilo y los ojos bien abiertos el reportero de Crónica se puso a buscar las historias personales que siempre matizan y a la postre determinan a La Historia (con mayúscula). El abuso mayúsculo que significó la incursión militar contra los iraquíes aparece descrito en estas páginas con sencillez transparente. Un enfrentamiento en Bagdad es relatado, sin más aderezos: “Los agresores eran una veintena, pero los americanos les respondieron con 200 soldados y tanquetas, morteros lanzagranadas y los machacaron a todos en quince minutos”. El subtítulo que precede a ese párrafo es tajante: “Matar cucarachas con cañones”.

Frente al guerrerismo estadounidense Cortés retrata, en ocasiones sorprendido, el fundamentalismo musulmán. La religión como finalidad pero también coartada de privaciones y abusos, la idea rígida del mundo y de la conducta personal que se les impone, más allá de convicciones o creencias, a quienes tratan con ese sector del mundo árabe, son parte del contexto que este periodista apunta para que entendamos la complejidad del litigio en el Pérsico.

La fe como elemento de autodefensa, capaz de ofrecer un horizonte que la guerra y el atraso han bloqueado, aparece descrita en sus aciagos contrastes en los relatos de este libro. La historia de Ferivá, la profesora mutilada por enseñarles aritmética a sus hijos, es paradigmática de una intolerancia que hoy nos asombra pero que es tan extendida como milenaria.

No es casual que las mujeres sean los personajes más intensos en las crónicas de Rubén Cortés. Además de la marginación que les impone la pobreza, se encuentran adicionalmente subyugadas por el despotismo y el dogmatismo. Los niños comparten esa condición de adicional sometimiento al que se revelan –y rebelan– en historias de

arrojo y temple como la de Alí Nawar, el pequeño afgano de once años que a la muerte de su padre y su hermano mayor en un bombardeo tuvo que hacerse cargo de su madre y hermanas –“se hizo hombre sin pedir permiso” escribe Cortés–.

Y sin duda el momento más dramático del libro, cuya contundencia narrativa advierte Eliseo Alberto en el hermoso prólogo con que inicia Cróinicas de guerra, es la impecable descripción de la tristeza de Sahiri, la mujer de Kandahar que en el deslumbrador instante de una explosión perdió a toda su familia y, lisiada, tuvo la desgracia de quedar viva (pág 69).

Instantes como ese nos permitieron a los lectores de Crónica tener una imagen cercana y fiel –demoledoramente exacta– de la ruina y la ruindad de la guerra. Ahora en libro, los relatos de Rubén Cortés se encuentran entre los testimonios más perspicaces de un conflicto que no tenía por qué haber ocurrido. Al ofrecernos las historia detrás de La Historia el enviado de Crónica nos permitió entender la guerra mucho mejor que quienes se atuvieron a otros medios de información. Si algo se le puede reprochar es que, en el afán por ser testigo y no protagonista, Cortés apenas nos deja conocer segmentos aislados de la historia que había detrás de sus crónicas: las vicisitudes del reportero, sus dificultades para remontar idiomas, distancias y fronteras, la experiencia vital que significó estar en el centro de una guerra con cuyas víctimas compartió sobresaltos y aprensiones. Ese es un relato que Rubén Cortés todavía nos está debiendo.


MediaMorfosis

diciembre 18, 2005

 

Prólogo al libro de José Luis Exeni MediaMorfosis. Comunicación política e in/gobernabilidad en democracia. Plural editores y Ediciones Fado. La Paz, Bolivia, 2005.

 

Lo primero que hicieron los militares que se levantaron contra Hugo Chávez en abril pasado, en Caracas, fue acudir a los estudios de una televisora para anunciar el golpe. Lo primero que hicieron los manifestantes que respaldaron a ese presidente fue rodear varias estaciones televisoras para quejarse por la cobertura que hacían de tales acontecimientos. Lo primero que hizo Chávez para reafirmarse de nuevo en el gobierno fue aparecer por televisión. Como la señal de las televisoras venezolanas estaba suspendida o no encontró acceso a ellas, el presidente apareció en cadenas como CNN que transmiten a ese país pero desde el extranjero.

Las semanas previas al golpe, Chávez había obligado a las televisoras a difundir sus mensajes –que en un solo día fueron más de una docena–. Para cumplir con esa instrucción pero contrastándola con otro contenido varias televisoras dividieron la pantalla: en una mitad transmitían los discursos de ese autoritario personaje y en la otra las manifestaciones contra él.

Los acontecimientos de la primavera de 2002 en Venezuela no pueden explicarse solamente a partir de la intencional e intensa exposición mediática que tuvieron. Pero sería imposible entenderlos si no se toma en cuenta el papel de los medios y muy especialmente de la televisión. Enfrentado a grupos empresariales como los que son propietarios de las televisoras privadas Chávez fue muy cuestionado en esos medios que, al mismo tiempo, se hacían eco de un auténtico descontento social.

Como en Venezuela, prácticamente cada uno de los sucesos de relevancia política en el mundo contemporáneo han sido influidos, matizados, afectados –y en algunas ocasiones condicionados– por la cobertura que han tenido en los medios de comunicación. Los cacerolazos en Argentina adquirieron mayor relevancia gracias a la difusión que les dieron algunas televisoras y quizá no habrían podido organizarse sin el correo electrónico que diseminó inmediata y extensamente los avisos para esas manifestaciones. En Estados Unidos el affaire de Bill Clinton con la ahora célebre ex becaria de la Casa Blanca fue develado y condenado por los medios, aunque los estadounidenses terminarían por considerar que la conducta personal del presidente no les preocupaba porque no afectaba su capacidad para gobernar. En otro orden, los atentados del 11 de septiembre de 2001 parecen haber sido programados para lograr una intensa cobertura mediática (el segundo avión se estrelló contra las Torres Gemelas a tiempo para que la colisión fuera registrada por las televisoras de todo el mundo). En México la elección presidencial de Vicente Fox fue favorecida, en alguna medida, por una novedosa apertura de los otrora unilaterales medios de comunicación electrónica. En Italia el gobierno ha sido ocupado por el principal magnate de la televisión. En Francia las elecciones presidenciales de abril y mayo de 2002 estuvieron precedidas de una campaña mediática tan intensa que Le Monde se preguntaba si los asesores de imagen estaban sustituyendo a los militantes de los partidos. En Venezuela durante el episodio que hemos mencionado, el primer personaje en quien pensaron los militares en rebelión para ofrecerle la presidencia era el director de la cadena Globovisión.

El inventario de los acontecimientos públicos que han sido no solo difundidos sino en una u otra medida además moldeados o matizados por los medios sería interminable. Todos los días hay gobernantes o aspirantes a serlo, legisladores, dirigentes, patrones, cabilderos y apoderados de todos los signos interesados en hacer política a través de los medios de comunicación. Los medios se han convertido en parte insustituible del espacio público al que, con frecuencia, determinan y prácticamente acaparan. La construcción y la demolición de consensos en las sociedades contemporáneas pasa irremediablemente por los medios de comunicación aunque a diferencia de lo que a veces se cree, ni la política ni la democracia se agotan en los medios.

Reconocida por los actores de los asuntos públicos, descrita por estudiosos de todas las vertientes sociológicas y comunicacionales, subrayada y vanagloriada por los medios mismos, la imbricación entre política y comunicación de masas ha sido escasamente discutida en el terreno de la reflexión conceptual. Existen centenares de libros acerca de la relación entre política y medios pero la gran mayoría se reduce a la descripción de casos específicos que son observados a partir de variados enfoques metodológicos. La deliberación teórica en este campo ha sido escasa.

Ese es uno de los méritos, acaso el principal, de MediaMorfosis. José Luis Exeni R. no se conforma con mirar los árboles de la espesura mediática que tanto llama la atención de analistas políticos y científicos sociales en nuestros días. Más allá de los casos peculiares este autor levanta la mirada para, en un esfuerzo de reflexión y cotejo, aprehender las tendencias fundamentales de la relación entre comunicación y política.

Con pulcritud analítica y también alguna dosis de picardía, Exeni subraya algunos de los lugares comunes con los que en los últimos años se ha pretendido sustituir al examen escrupuloso de los medios. Todavía abundan las vertientes interpretativas que polarizan y empobrecen el análisis al reducirse a ópticas complacientes o catastrofistas (como hace ya tanto tiempo denunció Umberto Eco al referirse a los integrados y apocalípticos). Exeni se aparta de esas tentaciones, pero no sin rechazarlas por la simplificación que implican.

El autor de este libro no discute si los medios están relacionados con el poder. Incluso reconoce que a ese respecto los medios pueden tener tres formas de actuación: como “difusores”, “escenario” y “protagonistas”. Lo que debate es si los medios, por sí mismos, ejercen un poder. “Y no se trata de una distinción inútil –agrega–. Para el análisis de la comunicación política resulta decisivo definir si los medios actúan como un instrumento del poder, tienen influencia sobre el poder o, como muchos aseguran, son un poder”. El mismo Exeni se adelanta a las precisiones que pudiéramos hacer a esa enumeración: “Lo más probable, en todo caso, es que los medios sean las tres cosas”.

El autor se detiene a discutir qué es la comunicación política y las variantes que puede asumir. Más adelante analiza el proceso de construcción mediática de los temas que llaman la atención de la sociedad. Instrumentos, depositarios y copartícipes del poder los medios definen, desde luego salpicándola de sus intereses, la agenda de los asuntos públicos.

La mediación de las empresas de comunicación, o mediatización en esa construcción y exposición de los acontecimientos públicos tiene consecuencias de distinta índole, por supuesto también políticas. La evaluación que se tenga acerca de las dimensiones de tales consecuencias determina la relevancia que se les asigne a los medios como propagadores, dislocadores o incluso creadores de los hechos públicos. En ese trayecto analítico Exeni recuerda que hay quienes culpan a los medios de estar poniendo en crisis al principio de representación política. Los “mediófobos”, dice, sostendrán que la acción de los medios está sustituyendo a la representación política. Los “mediófilos” en cambio, “insistirán en sostener que la acción de los medios no sólo facilita la representación política sino que, incluso, la hace posible”. Ninguna de esas concepciones es del todo verificable. Cuidadoso pero sobre todo equilibrado, Exeni advierte que en vez de esos paradigmas extremos “varias concepciones intermedias resultan más útiles para el análisis”.

En ese y en muchos otros momentos de su trayecto analítico Exeni expone posiciones antitéticas en la discusión sobre la influencia de los medios pero nunca se allana a ninguna de ellas. Movido por una vocación esclarecedora y por una envidiable prudencia, el autor de MediaMorfosis repasa una y otra vez las definiciones básicas, las discute, disecciona y vuelve a confrontar. Traza esquemas para explicar y articular conceptos. Busca y explora relaciones entre una y otra categoría. Junto con ello, a cada momento reitera los alcances que se ha propuesto darle a su investigación y evita meterse en las complicaciones que implicaría abordar vertientes distintas de su objetivo principal. Con frecuencia Exeni se excusa: “Ese es un asunto complejo y demanda un minucioso tratamiento, lo cual excede los propósitos de este libro”; “no podemos aquí, en los límites de esta reflexión, abordar estas cuestiones…”

A diferencia de la palabrería y la altanería que son tan frecuentes en nuestras ciencias sociales, José Luis Exeni no le ofrece al lector de este libro más de lo que estrictamente se encuentra en él de la misma manera que cumple, a cabalidad, el compromiso de analizar la relación entre comunicación política y gobernabilidad.

Con esa pulcritud reconoce que algunos rasgos de la imbricación de los medios y la política no son nuevos. Por ejemplo la personalización de la política y su espectacularización, existían antes de la televisión pero sin duda son rasgos que se han acentuado. Si antes los cosméticos y el peinado o una frase ocurrente y contundente influían para que un candidato ganase las simpatías en un auditorio de 2 mil personas que acudían a un mitin político, ahora pueden ser definitorios en una aparición delante de 20 millones de televidentes. Los medios han acentuado la frivolidad e incluso la irresponsabilidad de la política. Esos defectos ya los padecía el ejercicio político, pero ahora se multiplican y sus efectos se acentúan merced a su exposición mediática.

Más allá de esas consecuencias, la preocupación de Exeni radica en la influencia de los medios sobre la política y específicamente en la erosión o solidificación de las instituciones democráticas y sus actores. ¿Influyen los medios en la in/gobernabilidad? –que es el término que Exeni acuña para designar al efecto virtuoso y su antípoda–. El lector no encontrará una respuesta concluyente pero sí las claves necesarias para entender, en cada caso, la relevancia mediática sobre los asuntos públicos.

Descrito en otros términos el tema de este libro es de qué manera, y en qué medida, los medios definen a la democracia. Hay quienes hablan de democracia mediática. Exagerando esa propensión algunos incluso se refieren, explica Exeni, a “un supuesto gobierno de los medios (mediocracia)”. Así planteada la existencia de tal mediocracia resulta harto discutible, como el autor se empeña en señalar. Es evidente que los medios no ejercen el gobierno. Pero cuando se emplean términos como ese su mayor utilidad radica en la capacidad para expresar la creciente y quizá ineludible influencia de la comunicación de masas en los asuntos públicos.

Hablar de mediocracia, dice Exeni, implica una visión sobredimensionada de los medios: “Gobierno de los medios, en su versión extrema, no es sino otra forma de decir poder de los medios”. Sin duda el poder que los medios llegan a alcanzar, especialmente en sociedades donde los contrapesos institucionales o ciudadanos delante de ellos son débiles, puede ser gigantesco. Mientras mayor es la concentración en su propiedad, su capacidad para propagar mensajes (incrementada exponencialmente gracias a las nuevas tecnologías comunicacionales) y la imbricación con el poder político, resulta superior la influencia que alcanzan no solo en el ámbito de la política sino en la definición de las convicciones y el contexto (es decir, en las maneras de ver al mundo y mirarse a sí mismos) de sus audiencias. Es a partir de esa capacidad de influencia y de la inexistencia de contextos jurídicos y culturales suficientes para acotarla, que en países como los nuestros se puede hablar no de un gobierno que los medios profesen directamente, sino de un poder político y económico en cuyo ejercicio los medios se han vuelto imprescindibles.

Precavido y equilibrado, el autor de este libro admite más adelante: “Lo cierto es que, con mayor o menor poder e influencia, con efectos nocivos y benéficos, la acción de los mass media está alterando el marco institucional de la democracia y el desempeño de los actores del sistema político”. El carácter “benéfico” o “nocivo” de los medios resulta difícil de precisar porque depende de la apreciación subjetiva de quien lo evalúe. Pero ¿qué tan mayor o menor es la influencia de los medios? Ni Exeni, ni autor alguno en la nutrida bibliografía reciente acerca del efecto de los medios en los asuntos públicos podrá encontrar una fórmula capaz de cuantificar las dimensiones de esa influencia. Los efectos de los medios se encuentran acotados, y a veces abreviados o magnificados, por cada circunstancia. “Los medios serán tan maléficos o benéficos en su intervención como se lo permitan los otros actores estratégicos con los cuales se encuentra” dice cuando se acerca al desenlace de esta obra.

En la segunda parte del libro Exeni se pregunta cómo abordar analíticamente la influencia de los medios en la gobernabilidad y cómo enfrentar el tema de la “comunicabilidad” para entender situaciones de ingobernabilidad en regímenes políticos democráticos. Más delante se detiene en el nuevo contexto que impone la globalización y menciona la frecuente relación de ella con los temas locales. De manera fluida ese trayecto lo leva a ocuparse de los nexos entre gobernabilidad y democracia y así, a distinguir entre varios grados de gobernabilidad.

Exeni encuentra que la gobernabilidad mediática es la manera como los medios “influyen dinámicamente en la condición y, particularmente, en la sensación de grados de in/gobernabilidad, ya sea en una orientación de alerta temprana de conflictos, ya como detonantes de situaciones políticas de inestabilidad y crisis”. Es decir, no existe un gobierno a cargo de los medios pero sí una determinante influencia mediática en la percepción que los ciudadanos y el conjunto de los actores de la vida política tienen de los asuntos públicos. Esa sensación puede tornarse en disrupción cuando los medios se enfrentan abiertamente al poder político.

Independientemente de que esa capacidad para perturbar o influir en los asuntos públicos sea pertinente o no a los intereses de la sociedad, el gran desafío que los medios de comunicación de masas implican para las instituciones políticas radica en la enorme autonomía que alcanzan respecto del Estado y también, respecto de la sociedad. A menudo la legislación para normar el desempeño de los medios de comunicación es obsoleta, o no se aplica. En numerosas ocasiones inclusive, hay propietarios de medios y periodistas que consideran que los medios no debieran estar regidos por normatividad alguna. Las leyes son el espacio insustituible y fundamental para regular el desempeño de todos los actores en una sociedad civilizada. El otro recurso para tal fin es el que ofrecen la ética o la autorregulación, pero no sustituye (más bien, complementa) a las normas jurídicas.

¿De qué depende que la influencia de los medios sea mayor o menor? De la medida en que se lo permitan otros actores de los asuntos públicos, dice Exeni. Pero a veces –de hecho las más de las veces– los medios actúan sin necesariamente atender a los intereses de una fuerza política específica. El interés que tienden a privilegiar es el de ellos mismos, o de sus operadores y/o propietarios.

El señalamiento sobre el beneplácito o no de otras fuerzas para que los medios desplieguen toda su capacidad de influencia es muy útil, tanto en el terreno del análisis como en la acción política. Exeni reconoce la existencia de mecanismos jurídicos y deontológicos que la sociedad y/o el mundo político pueden tener para acotar a los medios aunque no ahonda en la discusión de ese tema.

Antes de esta obra, José Luis Exeni R. ha enriquecido la reflexión latinoamericana sobre los medios con su libro Políticas de comunicación cuyo subtítulo era llamativamente sugestivo: Retos y señales para no renunciar a la utopía. Exeni no abdicó entonces, ni ahora, de la búsqueda de equilibrios y contrastes delante del poder mediático. En este nuevo libro se propone, antes que nada, explicar los alcances de la comunicación de masas en la construcción, el acotamiento y, vale decirlo, incluso en la erosión de las democracias.

Sin demérito de la circunspección analítica, MediaMorfosis les propone a sus lectores un recorrido salpicado de hallazgos y complicidades. Podemos encontrar epígrafes de Mario Benedetti e invocaciones a José Saramago entre otras incitaciones que Exeni ofrece a quienes lean su libro. El autor de MediaMorfosis asegura que así como a Sabina hacer uno de sus discos más memorables le llevó 19 días y 500 noches, él ocupó 500 horas en escribir este libro que, promete, puede leerse en 19 minutos… “con sus correspondientes noches, claro”. Exeni seguramente reconocerá algunas de las inquietudes que cosecha su libro en esta estampa que forma parte de uno de los primeros discos de Joaquín Sabina (Ruleta Rusa, 1984) y que, parodiando a Machado, le dice a un mediatizado “Telespañolito”: Que no te mire dice el psicoanalista/ sólo gozan contigo los masoquistas./ Mi fiel amante y pobre televisor / aunque nadie te cante te canto yo.


Información y democracia. El libro de Roberto Gutiérrez López.

diciembre 18, 2005

Comentario en la presentación del libro Información y democracia. Los medios de comunicación y su influencia sobre la política. El caso de México (Ediciones Pomares y UAM Azcapotzalco, México, 2005) de Roberto Gutiérrez López.

Junio de 2005

 

 

El de los medios de comunicación es, a no dudarse, un tema que llegó para permanecer en la agenda de los asuntos públicos mexicanos. Soslayado durante largo tiempo tanto en el periodismo –en donde prevalecía la aldeana resistencia a ocuparse en unos medios de las vicisitudes de otros– como en el campo académico –en donde sigue faltando reflexión, distancia, rigor y multidisciplinariedad para entender a los medios– el de la comunicación de masas, sus condiciones, reglas e influencia, ha seguido siendo un terreno por cultivar desde el análisis crítico.

Recientemente, algunos de los vacíos en el conocimiento y la discusión de los medios comienzan a ser cubiertos por trabajos rigurosos como el que esta noche presenta Roberto Gutiérrez López. Al interés por comprender a los medios más allá de disecciones solamente ideológicas, Gutiérrez añade un enfoque metodológico que cumple con seriedad y que le permite mirar, junto con ellas, más allá de las vicisitudes coyunturales que han experimentado recientemente los medios mexicanos en sus relaciones con el poder político y la sociedad.

Información y democracia parecieran elementos indispensables, y por ello inseparables, en la construcción de una sociedad que se pretenda moderna y equitativa. Pero una y otra suelen estar disociadas con tanta frecuencia y con resultados tan onerosos que ese alejamiento constituye, sin lugar a dudas, uno de los obstáculos cardinales para el desarrollo de la sociedad y la política en nuestro país.

Gutiérrez no se queda en el reconocimiento de ese problema, como hacen muchos de los autores que se asoman a la complejidad de los medios en sus relaciones con la política y la sociedad. Para entender a los medios se apoya en dos vertientes de análisis. La primera de ellas es la aplicación de categorías de la ciencia política al escrutinio de los medios y sus implicaciones en la vida pública. La otra, es una escrupulosa reconstrucción del debate mexicano acerca de los medios electrónicos, incluyendo los episodios más significativos que manifiestan inflexiones y excesos de las empresas comunicacionales en los años recientes.

Para entender la circunstancia de tales medios y, de manera más amplia, el estado actual del cambio político mexicano, Gutiérrez López propone reconocer que hemos arribado a “la conclusión de la transición política en el plano del régimen y simultáneamente sostener como inacabada la transición en el plano del sistema” (pp. 27-28). De esa manera podría conciliarse la discrepancia entre quienes, entusiasmados por la renovación de la normatividad electoral y sus resultados en materia de claridad y competitividad en los comicios, han sostenido que la transición mexicana ya concluyó y aquellos que, atenidos a un panorama menos optimista como el que se puede apreciar en los sindicatos y desde luego en la situación de los medios de comunicación, consideramos que esa transición ha sido fallida o al menos insuficiente.

Al ubicar así al problema que constituyen los medios, Gutiérrez considera que las asignaturas pendientes en materia de actualización legal para la comunicación de masas forman parte de la incumplida agenda de la Reforma del Estado. Esa concepción no es muy distinta de las que han sostenido los más perspicaces creadores de las reformas políticas en México, comenzando por don Jesús Reyes Heroles que llegó a reconocer la necesidad de que la reforma electoral estuviera acompañada por la modificación del marco legal para los medios de comunicación. La reforma del sistema electoral era sin duda indispensable, pero al no estar complementada por el cambio en las reglas para los medios quedó truncada, con secuelas como las que hoy es posible reconocer en la vida pública mexicana.

La hegemonía que han alcanzado las empresas de comunicación más importantes no determina todas las decisiones, ni modula todos los consensos. Pero el papel de los medios y muy especialmente la televisión resulta perceptible, y a menudo definitivo, en algunos de los episodios de escándalo político que hemos conocido en los años recientes así como, desde luego, en la parálisis que esos consorcios han logrado imponer a los procesos de reforma para las leyes que los rigen.

El dominio de los medios, al menos en circunstancias específicas, se advierte en varios episodios del recuento que Roberto Gutiérrez ofrece en los capítulos centrales de este libro. Aunque había sido organizado con notorio espíritu incluyente, el proceso de discusiones que a partir de abril de 2001 y durante 18 meses auspició la Secretaría de Gobernación, quedó cancelado cuando el mismo gobierno federal aprobó un reglamento de la ley de radio y televisión que los radiodifusores dictaron punto por punto. Y en diciembre de 2002, como fue ampliamente sabido, el propietario de Televisión Azteca desafío a las leyes, al gobierno y a la institucionalidad política cuando envió a una pandilla de golpeadores a secuestrar las instalaciones transmisoras del Canal 40.

Esos fueron los momentos de mayor rispidez, pero no los únicos, en varios años de heterodoxas relaciones entre el gobierno del presidente Vicente Fox y las empresas de radiodifusión más poderosas. En todos ellos se ratifica el predominio de tales intereses privados que han adquirido una influencia tan creciente que, sin pretender que hayan sustituido a las instituciones políticas, les hemos denominado mediocracia.

Con la alternancia en el gobierno federal existieron condiciones distintas a las que antaño se habían mantenido para el trato entre el poder político y los medios. Pero a diferencia de lo que algunos llegaron a suponer, ese contexto no sirvió para auspiciar el reconocimiento y cumplimiento de sus responsabilidades públicas por parte de los medios. Al contrario, para los grupos mediáticos más influyentes el gobierno del presidente Fox significó más excesos, mayor impunidad y, a diferencia del pasado reciente, una capacidad de maniobra política que no habían tenido bajo el régimen del PRI.

Si en tiempos afortunadamente ya transcurridos del régimen anterior los grupos mediáticos habían aceptado subordinarse al poder presidencial, durante la administración del presidente Fox esa relación dio un giro de 180 grados. Ahora, cuando tienen interés en ello, los grupos mediáticos avasallan decisiones, acciones y designios del gobierno federal.

El poder que han alcanzado los medios y muy especialmente la televisión acaso amerite que revisemos las concepciones hasta ahora útiles –pero crecientemente insuficientes– que hemos sostenido acerca del sistema e incluso del régimen político.

Si hoy en día se gobierna con los medios, en los medios y a menudo para los medios, ¿no será preciso admitir, aunque nos pese, que los medios están siendo un componente activo y a veces incluso determinante del régimen político?

Esa situación ha sido causa –y a la vez consecuencia– del temor que se ha mantenido en las cúpulas políticas a la reforma legal para la radiodifusión. El libro que se presenta ahora sostiene, en ocasiones con brillantez, los fundamentos políticos, jurídicos, éticos y filosóficos que respaldarían el establecimiento y cumplimiento de responsabilidades claras por parte de los radiodifusores y respecto de la sociedad. Frente a una exposición como esa puede reconocerse que no hay un solo argumento que justifique el estancamiento en ese proceso de reforma legal.

La postergación de la reforma para la radio y la televisión no es un asunto de razones sino de intereses. Y hasta ahora, en este asunto, los intereses de pequeños grupos privados se han sobrepuesto a los intereses de la sociedad. Por eso es inevitable que el de Roberto Gutiérrez sea un libro inacabado. No porque haya escrito su investigación sin rigor sino porque el último capítulo de este volumen, así como de la reforma de los medios electrónicos, todavía está por hacerse y escribirse.

Mientras tanto, este es un libro necesario para entender a los medios. Es decir, para comprender un segmento fundamental en el país que tenemos y, desde luego, en el país que no hemos sido capaces de construir.


Legislar para los medios

diciembre 18, 2005

Publicado en Nexos en marzo de 2005

Legislar para los medios de comunicación significa reconocer la enorme e insoslayable importancia que han alcanzado en la vida pública contemporánea. En todo el mundo hay reglas para el desempeño de los medios. Se les considera, en los marcos jurídicos, como industrias con funciones específicas en la economía, como actores de la vida pública con influencia y responsabilidades peculiares y como espacios en la creación y difuminación de consensos políticos.

Legislar para los medios con un sentido política y culturalmente moderno implica:

 

Reconocerlos como territorios centrales del espacio público contemporáneo. No hay agentes de promoción cultural, transmisión de noticias y creación de acuerdos más activos e influyentes que los medios de comunicación de masas. Ese carácter interviene en la concepción que los ciudadanos construyen acerca del mundo y de sí mismos y, desde luego, en las maneras como ejercen sus atribuciones y derechos. Los medios influyen en la creación de identidades –globales, nacionales, locales– no de manera exclusiva o determinante pero sí con tanta fuerza que sería imperdonable no promover en ellos la diversidad existente, y además deseable, en las sociedades contemporáneas.

Identificándolos como industrias culturales, Néstor García Canclini ha explicado puntualmente esa centralidad de los medios y la pertinencia de favorecer sus efectos virtuosos –y no los de carácter contrario– con un marco jurídico moderno: “Necesitamos actualizar las leyes y crear otras nuevas, porque las industrias culturales han pasado a ser predominantes en la formación de la esfera pública y la ciudadanía, como lugares de información, sensibilización a las cuestiones de interés común y deliberación entre sectores sociales. Desde el siglo XIX y hasta mediados del XX, estas funciones habían sido cumplidas por la literatura, las artes visuales y la música, que proporcionaron recursos para reflexionar sobre el origen de la nación, sobre el carácter distintivo de cada cultura y para elaborar los signos de identidad. Recordemos el significado del muralismo mexicano, de la literatura histórica o del «boom» en Argentina, Perú, Colombia, México y otros países. La radio y el cine contribuyeron a este proceso desde los años 40 y 50, pero fue en las últimas tres décadas cuando las industrias culturales se volvieron protagonistas de los imaginarios sociales. Por eso, participar en el intercambio mediático es ahora decisivo para ejercer la ciudadanía” [1].

Entender su ascendiente en la solidificación –pero también en la devastación– de la democracia. En todos los cambios políticos de las últimas décadas del siglo XX –desde la caída de las murallas ideológicas en Europa del Este y la transformación sudafricana hasta las transiciones sudamericanas y la alternancia en México– los medios de comunicación han tenido un papel esencial. Ninguna transición, igual que ningún resultado electoral, se deben únicamente a la influencia de los medios. Pero difícilmente se puede explicar el desenlace de un proceso de ajustes políticos o de unos comicios relevantes sin la presencia que hayan tenido la televisión y la radio.

A fin de que contribuyan a reforzar y no a paralizar a la democracia, es preciso que en los medios electrónicos se aseguren condiciones equitativas para el acceso de todos los participantes en las disputas electorales. Pero además, es pertinente que se les reconozca como espacios privilegiados en la construcción de la ciudadanía. En palabras de la directora de la televisión pública española:

“El papel de la televisión es central en una sociedad democrática. Conforma las pautas culturales de esa sociedad, canaliza la libertad de expresión y el derecho a la información. Transmite valores, canaliza la información política (cada vez más condicionada por el soporte audiovisual) y es un instrumento esencial de relación de la ciudadanía. No sólo con su propio entorno, sino con otras realidades, con el escenario internacional. Es también una vía de ocio, de entretenimiento, de acceso a la cultura, al cine, a determinados aspectos de la formación, a servicios esenciales. Y no sólo cumple una función de servicio público cuando garantiza el derecho a la información de la ciudadanía. Lo hace también cuando contribuye a su formación cívica, cultural, social, a su educación entendida en sentido profundo, universal, incluso a extender pautas de conducta en campos como la sanidad, la prevención de accidentes, la atención a los sectores más vulnerables de la sociedad, la educación a distancia. Cuando contribuye a generar una conciencia crítica colectiva. También juega un papel reequilibrador en lo social, en lo cultural y en lo económico: ayuda a hacer realidad la igualdad de oportunidades y puede ser un complemento de primer orden en el proceso educativo… Y, sin lugar a dudas, es, ya, un instrumento insustituible y omnipresente en el proceso de participación democrática de las sociedades avanzadas…” [2].

Propiciar y garantizar diversidad y pluralidad en su oferta de mensajes. Sintonizar es elegir. Atender a una estación de televisión o radio es –o debiera ser– apostar por una opción. Al detener la búsqueda en el cuadrante radiofónico o en el dial del televisor depositamos nuestra confianza, o nuestro interés al menos, en una emisora para nutrirnos de informaciones o entretenernos.

Uno de los rasgos de la ciudadanía moderna es la capacidad de elegir [3]. Pero en el consumo de la televisión y la radio, las posibilidades entre las que podemos seleccionar a veces son tan exiguas que difícilmente se ejerce, allí, una decisión equilibrada. En México, en donde dos corporaciones acaparan el 80 por ciento de las frecuencias de la televisión comercial y otras 9 o 10 más del 60 por ciento de la radio, la concentración de muchos canales en pocas manos es un obstáculo para que los ciudadanos tengan un abanico de opciones mediáticas suficientemente diverso. Al estar supeditados al interés –financiero, ideológico, político– de unos cuantos empresarios, el esparcimiento, la información y la cultura política de la sociedad tienden a ser fragmentarios e incompletos.

La escasez mediática suele ser de cantidad pero, también, de calidad. El empobrecimiento que implican muchas frecuencias al servicio de unas cuantas maneras de ver al mundo empeora cuando los contenidos de esas televisoras y radiodifusoras están orientados por la ganancia fácil, la complacencia acrítica y la concepción de sus públicos como consumidores maleables y condescendientes.

Un marco jurídico que propicie la pluralidad y la diversidad coadyuva, de manera muy importante, para que los ciudadanos reciban contenidos mediáticos menos limitados.

Favorecer la competencia y el contraste. En una sociedad de mercado la competencia tendría que ser un factor de alicientes y equilibrios en todas las áreas –a excepción de aquellas que se reserva el Estado–. Sin embargo, en la industria de la comunicación la fusión de cada vez más empresas alrededor de unas cuantas y poderosas corporaciones se está convirtiendo en factor de sujeción a una limitada colección de intereses. La inversión para producir con creatividad, la búsqueda de contenidos menos adocenados, la incursión en géneros y formatos nuevos y la innovación tecnológica, entre otros rasgos, suelen estancarse cuando no hay competencia entre las empresas mediáticas.

En ocasiones, las corporaciones que se benefician de ese acaparamiento se oponen a la regulación del mercado comunicacional alegando que atenta contra la libertad de empresa. Pero lo que ocurre es precisamente lo contrario. Lo que atropella la libertad para emprender, invertir, crear y ofrecer servicios en el terreno de la comunicación es la concentración monopólica –duopólica se le ha llamado en el caso mexicano– y sobre todo la contumacia de los beneficiarios de ese acaparamiento para mantener tales privilegios.

Para que haya un auténtico mercado –en este caso de mensajes, ideas y propuestas culturales en el sentido más amplio del término– se requieren reglas y autoridad capaz de aplicarlas. Hace poco, un diagnóstico de las dificultades que imponen los monopolios al mercado de las telecomunicaciones decía que la regulación es necesaria para promover el interés público porque frena los excesos del poder de mercado: “Los consumidores deberían ser protegidos de los abusos de ese poder de mercado, que suele reflejarse en precios altos, abastecimiento insuficiente, servicio de mala calidad y escasa confiabilidad…” Fomentar la competencia, en cambio, implica terminar con la costumbre de que alguien decida “quién puede entrar al mercado y bajo qué condiciones”, impediría que “los nuevos participantes necesiten acceder a escasas fuentes inicialmente controladas” por quien maneja el mercado, mantener una “constante vigilancia contra el comportamiento anticompetitivo” y “crear un clima favorable para la inversión” [4].

Las anteriores ventajas que ofrece el mercado han sido señaladas en un informe acerca de las inercias anticompetitivas que llegan a dominar cuando las telecomunicaciones han estado acaparadas por un monopolio estatal. Pero se asemejan extraordinariamente al comportamiento de Televisa y Televisión Azteca que en México se han actuado opuesto a que haya otras cadenas de televisión, como si fueran dueñas del espectro radioeléctrico y no solamente concesionarias de un segmento de él.

La diversidad empresarial es tan importante para la pluralidad en los medios electrónicos que desde hace tres lustros las naciones de Europa, en su fundamental documento conocido como “Televisión sin fronteras”, advirtieron: “es esencial que los Estados miembros velen para que no se cometan actos que puedan resultar perjudiciales para la libre circulación y el comercio de las emisiones televisivas o que puedan favorecer la creación de posiciones dominantes que impondrían límites al pluralismo y a la libertad de información televisiva, así como a la información en su conjunto” [5]. También para evitar esos riesgos sirven las reglas destinadas a los medios electrónicos.

Proteger a la sociedad. Los medios, particularmente cuando están fortalecidos por la concentración empresarial y la capacidad tecnológica, son un poder que en ocasiones rivaliza ventajosamente frente a otros poderes en la sociedad e incluso, delante del Estado. Frente a ese poder, como ante cualquier otro, los ciudadanos necesitan recursos para defenderse de posibles abusos.

Las leyes tienen que proteger a los menores de edad de la transmisión de mensajes impropios para ellos. El mejor recurso al respecto es el establecimiento de horarios para programas dirigidos a distintos públicos. La autorregulación en ese, como en otros terrenos, es útil pero nunca sustituye a la obligación que el Estado tiene para salvaguardar el interés de los ciudadanos y sus familias.

Los derechos de autores y productores también tienen que estar regulados ante la explotación que los medios hacen de su trabajo. En distintas zonas del mundo se promueve la creación nacional estableciendo cuotas del mercado audiovisual que deben ser cubiertas con programas y contenidos de cada país.

La sociedad, de manera general, también tiene prerrogativas reivindicables ante los medios. El derecho de réplica y el derecho a la privacía serían inexistentes si no existiera una legislación precisa y aplicable que los garanticen. Además es preciso que existan normas para regular y, en su caso, evitar mensajes cuya propagación podría perjudicar a los ciudadanos –por ejemplo, anuncios de fármacos cuya venta requiere receta médica– o de productos que sean promovidos con engaños.

En un Estado de Derecho nada debe quedar fuera del orden jurídico. Los medios no pueden ser la excepción.


[1] Néstor García Canclini, “Por qué legislar sobre industrias culturales”. Nueva Sociedad Nº 175. Caracas, Septiembre-Octubre 2001.

[2] Carmen Cafarell, Directora General de RTVE, “La televisión pública de hoy y la perspectiva futura”. Foro Dircom de la Asociación de la Prensa. Madrid, 22 de noviembre de 2004.

[3] Este concepto es abordado en el informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano, La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos. Buenos Aires, 2004.

[4] Peter L. Smith y Björn Wellenius, “Mitigating Regulatory Risk in Telecommunications”. Private sector No., 189. The World Bank Group, julio 1999.

[5] Consejo de las Comunidades Europeas, Directiva del 3 de octubre de 1989 sobre la coordinación de determinadas disposiciones legales, reglamentarias y administrativas de los Estados miembros relativas al ejercicio de actividades de radiodifusión televisiva.


El intelectual mediático

diciembre 18, 2005

Publicado en Nexos en 2002

A fines de febrero, cuando estaban por comenzar las transmisiones de Big Brother, a Televisa le hacía falta airear la discusión que había en torno a ese programa. Los cuestionamientos del grupo conservador A Favor de lo Mejor amenazaban con quitarle publicidad. Entonces el programa Zona Abierta organizó una sesión con defensores y críticos de Big Brother. En uno de los momentos más encendidos del debate, una respetada profesora universitaria que da clases de comunicación les reprochaba a los responsables de Gran Hermano la manera como exhibirían la vida privada de una docena de personas. “Es que todo en la televisión es espectáculo”, le replicó el productor de la versión de Big Brother en Argentina. “Claro que no”, insistió la profesora. “Por supuesto. Esta reunión que tenemos ahora es un espectáculo y tú formas parte de él”.

Cruda e incontestable la explicación de aquel productor, que aquí reproducimos palabras más o menos, establecía las coordenadas que inevitablemente ciñen la presencia de intelectuales en los medios de comunicación y muy especialmente en la televisión. Digan lo que digan, independientemente del estilo que asuman, cuando quienes trabajan con ideas acuden a los medios deben sacrificar rigor en aras de la simplicidad. Sobre todo han de reconocer que participan de un evento determinado por las reglas del mercado mediático que es, antes que nada, la industria del espectáculo.

Intelectuales y medios suelen tener una relación de atracción y desconfianza mutuas. Los medios acostumbran buscar especialistas que confieran credibilidad al comentario de los asuntos más diversos, pero recelan de las parrafadas que propinan no pocos escritores y profesores a la menor interpelación. Los intelectuales tienen el privilegio de ser invitados a opinar acerca de asuntos que les interesan y se benefician de la presencia pública que les otorgan los medios, aunque con frecuencia malician del tratamiento que puedan recibir sus palabras.

Medios e intelectuales se convalidan y aprovechan unos a otros. En esa relación se reproducen, pero magnificados por la exposición pública que implica, los dilemas clásicos que determinan la relación de los intelectuales con el poder. Independencia y prestigio quedan en la balanza frente a la capacidad de propagación que tienen los medios. Un programa como el mencionado Zona Abierta es visto en aproximadamente 184 mil hogares mientras que el tiraje habitual de un libro es de 2 o 3 mil y el de una revista cultural, cuando le va bien, de 12 o 15 mil ejemplares. Círculo Rojo, también de Televisa, tenía una audiencia similar en tanto que la Entrevista con Sarmiento de TV Azteca era vista en unos 46 mil hogares [1].

Todo compromiso implica oportunidad y restricciones. Difundir en televisión o radio las ideas que de otra manera quedarían confinadas al libro o el salón de clases permite ampliar su propagación para que acaso sean más útiles. Pero esos medios imponen formatos y condiciones y no admiten mas que exponer unas cuantas tesis que a menudo serán entendidas parcial o torcidamente. En los medios de masas el intelectual suele quedar sin posibilidad de establecer el contexto de su participación. Una reflexión sobre la Maquiavelo y la política contemporánea puede quedar en medio de un comercial de champús y el clima para mañana.

La imbricación con los medios ha permitido identificar una vertiente peculiar del trabajo intelectual. Cuando el investigador, profesor o escritor mantiene cierta relevancia pública y su presencia mediática es más conocida que su trabajo académico o artístico estamos ante una ocupación peculiar que en algunos casos (siempre pocos) puede acaparar la mayor parte de su tiempo. Los cambios en el ascendiente social de las universidades, que han dejado de ser espacios casi únicos para la reflexión y la crítica y por otra parte la omnipresencia que han adquirido los medios, forman parte de las circunstancias propicias para la propagación de los que en algunos países han sido denominados “intelectuales públicos”.

En su libro Public intellectuals: a study of decline (Harvard University Press, Cambridge, 2001) el profesor estadounidense Richard A. Posner explica que “un intelectual público se expresa a sí mismo de una manera que es accesible a la gente y el eje de su exposición se encuentra en asuntos de interés público”. Un prurito políticamente correcto podría sostener que todos los asuntos son de interés público y que las reflexiones e indagaciones de quienes se dedican al trabajo intelectual tendrían que ser para toda la sociedad. Sin embargo ese pensamiento no siempre tiene la sencillez y el interés necesarios para ser atendido por públicos amplios.

El libro de Posner ha causado asombro y disgusto porque a fin de establecer quiénes son los intelectuales públicos contemporáneos rastreó en la Internet varias docenas de nombres con el buscador Google. Uno de los personajes con más rating dentro de esa medición fue Henry Kissinger, lo cual irritó a profesores y autores estadounidenses que se consideran con más méritos intelectuales que ese ex secretario de Estado.

Quizá un motor de búsqueda no es el mecanismo idóneo para establecer quiénes son los intelectuales públicos pero da alguna idea de su notoriedad. Allí no se mide la calidad ni la utilidad social de una obra sino, simplemente, las veces que se repite el nombre de su autor.

En una consulta durante la primera semana de junio para saber cuántas páginas web tiene registradas el buscador Google con el nombre de varios intelectuales, encontramos los resultados que aparecen en la tabla adjunta.

La presencia mediática de los intelectuales forma parte destacada del espacio público y tiene lo mismo efectos persuasivos que legitimadores. Las ideas expuestas en los medios de masas quedan esparcidas en un mercado donde pueden ser interpretadas de cualquier manera pero sería peor su confinamiento a espacios donde nadie tuviera acceso a ellas. Los medios, especialmente la televisión, parecen más propicios para la defensa de causas que para la deliberación. En ellos suele haber más exposición que reflexión.

Algunos de los intelectuales públicos más conocidos, para Posner, “son distinguidos ornamentos de la vida pública americana”. Pero indudablemente los libros se venden más cuando su autor aparece en televisión. Pierre Bourdieu, deplorándola, reconocía esa situación: “Hace tan sólo unos treinta años, y como consecuencia del ámbito imperante desde mediados del siglo XIX, desde Baudelaire, Flaubert, etcétera, entre los escritores de vanguardia, los escritores para escritores, tomados como modelo por los escritores, así como entre los artistas tomados como modelo por los artistas, el éxito comercial inmediato resultaba sospechoso: se lo consideraba una señal de compromiso con el siglo, con el dinero… En cambio, ahora, y cada vez más, el mercado es reconocido como instancia legítima de legitimación” [2]. Se trata de ser –o no– parte del espectáculo.

 

 


 

Intelectuales en Internet

Menciones en el buscador Google

 

Norman Mailer 35 560

Carlos Fuentes 32 600

Mario Vargas Llosa 30 600

Susan Sontag 26 800

Francis Fukuyama 20 600

William Styron 10 500

Carlos Monsiváis 9 930

Jose Saramago 6 110

Giovanni Sartori 4 890

Tomás Eloy Martínez 4 670

Héctor Aguilar Camín 4 090

José Woldenberg 2 790

Enrique Krauze 2 470

Pablo González Casanova 2 180

Federico Reyes Heroles 1 510

Gabriel Zaid 1 110

 


VENTANAS –fragmentos de algunos libros–.

 

¿Qué papel pueden desempeñar los intelectuales en el mundo mediático?

No está claro que puedan tener el protagonismo positivo, de profeta inspirado, que tienden a atribuirse a veces, en los periodos de euforia. No estaría mal que supieran abstenerse de ser cómplices y colaboradores de las fuerzas que amenazan con destruir las mismas bases de su existencia y su libertad, es decir, las fuerzas del mercado”.

Pierre Bourdieu en entrevista incluida en su libro Contrafuegos. Anagrama, Barcelona, 1999

 

Es evidente que el papel del intelectual ha cambiado mucho en este último siglo. La ciencia y la Universidad se han especializado cada vez más, y es difícil que sus corpus teóricos, esotéricos en grado sumo, puedan imponerse en la conformación de la opinión y el encauzamiento de las voluntades públicas. Los medios de masas son los foros donde la contribución del intelectual se hace relevante, a condición de someterse a las formas del medio. Pero considerar orgánico a todo intelectual que interviene en los medios, y por ello inapelablemente sedicente y traidor, es sin duda excesivo”.

Raúl Rodríguez Ferrándiz, Apocalypse Show. Intelectuales, televisión y fin de milenio. Biblioteca Nueva. Universidad de Alicante, Madrid, 2001.

 

La relación entre los intelectuales y el poder, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, se da cada vez más ampliamente a través de los medios electrónicos de información. La prensa escrita ha sido su forma tradicional de comunicación durante el siglo XIX y las primeras tres cuartas partes del XX. La difusión electrónica tiene antecedentes, desde los primeros tiempos de la radio, pero se hace patente cuando se desarrollan programas sistemáticos de televisión que comentan episodios históricos, hacen análisis, crítica social e incluso realizan propaganda política.

La participación de los intelectuales como guionistas, comentaristas y analistas del poder, durante las últimas seis décadas del siglo XX, acentuadamente en las de los ochenta y los noventa, constituye un ingrediente fundamental de la cultura política de los mexicanos”.

Francisco José Paoli Bolio, Conciencia y poder en México. Siglos XIX y XX. Miguel Ángel Porrúa, México, 2002.


[1] etcétera no. 16, febrero de 2002. Datos a partir de mediciones de la empresa Ibope, que solo toma en cuenta al 44% de la población mexicana, realizadas en enero de este año.

[2] Pierre Bourdieu, Sobre la televisión. Anagrama, Barcelona, 1997.


Democracia cercada. Política y políticos en el espectáculo mediático

diciembre 18, 2005

Publicado en Democracia y medios de comunicación. Instituto Electoral del DistritoFederal, México, 2004.

 

El descontento que causa se ha convertido en uno de los rasgos más constantes de la política. En donde quiera que se le aprecie, el quehacer político y quienes se dedican a él tienen una imagen pública desfavorable. A ese desprestigio suelen adjudicarse las tasas de abstención electoral habitualmente altas, la poca popularidad de la mayoría de los gobernantes, la escasa afiliación a los partidos, la frecuente lejanía de los ciudadanos respecto del quehacer político e incluso la distancia –a veces rayana en la hostilidad– que llegan a tener los medios de comunicación respecto de la política y los políticos. Quzá siempre ha sido así y lo que ocurre ahora es que la exposición pública de esos desencuentros, frecuentemente desplegada con alarma por los propios medios, acentúa la sensación de que los políticos y la actividad que practican se encuentran alejados de la sociedad.

 

 

Ciudadanos, medios y asuntos

públicos. Parcialidad y desinformación.

La política no ha dejado de ser la actividad ciudadana por excelencia que le adjudican la acepción y la tradición clásicas. De hecho es pertinente reconocer que, sin ciudadanos, no hay política. Pero la complejidad y el crecimiento de las sociedades contemporáneas han acentuado la tendencia, que siempre existió, a hacer de la política una actividad especializada y singular, distinta de otras. Allí se encuentra una de las causas iniciales del alejamiento entre los ciudadanos comunes y los profesionales de la política.

La política ha tenido que ser, cada vez más, una actividad profesional e institucional. Quienes la practican casi siempre deben dedicar a ella su interés primordial. Vivir para la política implica, por lo general, vivir de ella. Y eso, a menudo, implica promover o compartir intereses y una visión de los asuntos públicos distinta a los que tiene el ciudadano común.

Quienes ejercen tareas de gestión o representación se apartan de los ciudadanos de manera tan notoria que, por lo general, se habla de “políticos” y de “ciudadanos” como si los primeros no fueran, necesariamente, parte de los segundos. Todos los políticos son ciudadanos y en una democracia civilizada podría esperarse que todos los ciudadanos tuviesen interés y, al menos, un grado reconocible de participación política. Como sabemos, pocas veces ocurre así.

Ahora, en el extremo de esa distinción, es frecuente que a los ciudadanos sin compromisos políticos expresos se les adjudiquen virtudes que no se reconocen en quienes sí manifiestan abiertamente sus predilecciones políticas. La conformación de organismos de evaluación e incluso gestión de diversos asuntos públicos suele requerir, en distintos países, de comisionados o consejeros cuyo atributo inicial es el carácter de ciudadanos [2]. En la proliferación de tales organismos puede advertirse una concepción un tanto elemental de la imparcialidad, como si la ecuanimidad y la capacidad para tomar decisiones con apego a la justicia no dependieran del raciocinio y la sensatez de quienes tienen tales responsabilidades sino, casi exclusivamente, de su independencia formal respecto de los partidos políticos.

La búsqueda de ciudadanos sin compromisos políticos explícitos para encargarse de algunas de las instituciones que regulan o supervisan el ejercicio de algunos de los derechos democráticos más significativos, constituye una de las expresiones más notorias de la desconfianza que parece imperar respecto de la política profesional y a quienes la practican. A esa distancia entre ciudadanos comunes y políticos profesionales obedece la enorme importancia que adquieren los medios de comunicación, tanto en la confección de la agenda de los asuntos públicos como en la construcción o modificación de consensos. Si entre políticos y ciudadanos no existiera la brecha que se advierte en las sociedades contemporáneas –y que está muy ligada al descrédito que la actividad política suele tener entre la población en general– los medios no tendrían tanta relevancia como puentes entre unos y otros.

La función de los medios en esa relación entre ciudadanos y políticos tiene rasgos virtuosos y, también, perversos.

Sin los medios de comunicación, la política sería aun más ajena a los ciudadanos. Gracias a los medios, los ciudadanos se enteran de los asuntos políticos y de los propósitos o aseveraciones de quienes los protagonizan. Los medios contribuyen, en tal sentido, a nutrir a la ciudadanía de uno de sus atributos fundamentales: la posibilidad de ser ejercida de manera informada y oportuna. En las sociedades de masas que tenemos hoy en día los medios se han convertido en articuladores –y a menudo en acaparadores– del espacio público. Sin ellos no podría haber iniciativas o mensajes políticos capaces de llegar a todos los ciudadanos. Además los medios desempeñan una importante función como contrapesos del poder político.

Hoy en día no hay política sin medios. En México el 84% de los ciudadanos manifiesta que, cuando se entera de asuntos políticos, es a través de la televisión o la radio. Únicamente el 10% menciona a la prensa escrita como la fuente principal de su información política. El cuadro siguiente [3] muestra las inclinaciones expresadas cuando a los ciudadanos se les pregunta en qué medio se enteran de la actualidad política.

 


Fuente: Gráfica elaborada a partir de la Segunda Encuesta Nacional sobre Cultura y Prácticas Políticas Ciudadanas. Segob, 2003.

 

Es evidente la preponderancia de los medios electrónicos como propagadores de información política. Sin embargo la supeditación de los ciudadanos a los medios electrónicos para enterarse de tales asuntos no ha devenido en una cultura política precisamente sólida. La misma encuesta, igual que otros estudios similares, permite confirmar el escaso conocimiento que existe acerca de las reglas del ejercicio de la política. Cuando a los entrevistados en ese sondeo nacional les preguntaron cuánto tiempo duran los diputados federales en su cargo solamente el 37% supo la contestación correcta. El 38% dijo que no sabe y el 25% dio respuestas equivocadas.

Los medios no tienen la culpa de esa deficiente alfabetización política. La escuela, el entorno social y los partidos e instituciones estatales tampoco han logrado mucho para perfeccionar el conocimiento ciudadano acerca de los asuntos públicos. Pero es evidente que la información política, hoy en día fundamentalmente irradiada por los medios, sigue siendo rudimentaria.

 

Periodistas y políticos: diferencias,

complicidades y desencuentros

Ubicados en responsabilidades equidistantes pero también complementarias, periodistas y políticos se miran con inagotable recelo mutuo. En ocasiones los primeros atajan excesos de los segundos. Pero también es frecuente que, cada cual en su terreno, periodistas y políticos compartan intereses. Omisiones, negligencias y errores de unos, llegan a ser oportunidades para los otros. Esa tensión permanente es descrita por dos autores estadounidenses: “Así como los políticos a menudo aciertan al engañar al público, los periodistas a veces fracasan en su tarea para descubrir y describir la información relevante, conocible, que juega en el discurso público. Algunos cínicos creen que los políticos siempre mienten. No obstante, la frecuencia con la cual eligen hacerlo, teniendo éxito cuando lo hacen, se encuentra en parte en función de la vigilancia con la cual los reporteros descubren hechos, discriminan lo relevante de lo insignificante y mantienen todo eso en la vida pública como parámetros de veracidad. Cuando los reporteros desempeñan esas tareas, a los políticos y aquellos que quieren influir en ellos les resulta más difícil desviarse de la verdad” [4].

Encontrar y publicar la verdad constituiría uno de los mejores recursos para apuntalar una democracia. Pero tratándose de asuntos públicos en los que convergen intereses distintos e incluso enconados, eso no resulta sencillo y en ocasiones, tampoco es posible. El papel de la prensa para develar excesos y como contrapeso del poder resulta de la mayor utilidad en todo sistema político. Pero esa capacidad nunca sustituye a los mecanismos de funcionamiento formal de una democracia.

Como todos sabemos –y padecemos– los medios no suelen cumplir cabalmente con esa función de intermediarios entre políticos y ciudadanos. No son los asuntos propuestos por los políticos sino la agenda que a partir de esos temas los medios deciden confeccionar lo que la sociedad llega a conocer, especialmente en los medios de mayor audiencia. Supeditado al tamiz de los medios, el discurso político queda expuesto de manera fragmentaria. A la preeminencia de los medios para definir los contenidos y espacios que adjudican a los mensajes de carácter políticos, se añade la subordinación de los profesionales de la política, y sus instituciones, a los formatos y modos impuestos por los medios mismos. Como ha sido ampliamente discutido en numerosos trabajos recientes, el sometimiento de la política a las exigencias del marketing suele implicar discursos huecos para audiencias súbitas. El ciudadano común podrá ver en el noticiero por televisión unos cuantos segundos de la alocución o la entrevista de un dirigente político y no su mensaje completo.

La parcialidad con que los medios difunden la política puede advertirse en las dos principales acepciones de ese término: a) la que muestran es únicamente una parte de la realidad y b) lo hacen tomando partido en cada asunto que difunden. La rapidez con que comunican los asuntos públicos pero, principalmente, el formato al que suelen ajustar sus informaciones, impiden que la mayoría de los medios difunda todos los ángulos de cualquier asunto público. Cada reportero o redactor, y desde luego los funcionarios que en cada diario, televisora o radiodifusora tienen la tarea de elegir el material que darán a conocer, seleccionan la información que a ellos les parece más interesante o que mejor se ajusta a sus criterios editoriales y/o empresariales.

Nada de eso es nuevo, ni sorprendente. Un rasgo consustancial a la comunicación de masas es la unilateralidad: unos cuantos –reporteros, redactores, personal técnico, directivos de cada medio– recogen, jerarquizan, confeccionan y publicitan la información que han de recibir millares o centenares de miles de lectores, radioescuchas o televidentes. La comunicación de masas es por definición autoritaria y se encuentra matizada por la perspectiva (corporativa y personal, política, económica o cultural, geográfica y generacional, etcétera) de quienes participan en el proceso de selección y decisiones acerca de cada noticia.

Sin embargo con frecuencia no pocos medios se presentan a sí mismos como pregoneros de toda la verdad, o de mensajes que no tienen matices políticos o que hayan sido definidos por el interés (fundamentalmente económico pero también de alguna otra índole) de cada empresa de comunicación y de los individuos que manejan la información dentro de ella. Las cantinelas con que los medios suelen ufanarse de la ausencia de sesgos en sus contenidos informativos (“la noticia de izquierda a derecha”, “objetividad y seriedad”, “un diario sin compromisos” “sólo la verdad”, “la información tal cual es”, etcétera) son parte de los esfuerzos de autolegitimación de los medios. Sus audiencias no siempre advierten la parcialidad inherente a las noticias y sobre todo, las concepciones de la realidad que les proporcionan los medios.

Transacción constante: de la

prebenda, a la confidencia

Los políticos no ignoran la intencionalidad de los medios pero, por lo general, aspiran a manejarla y beneficiarse de ella. Allí radica, posiblemente, una de las causas de la relación inestable, contradictoria y equívoca que suele haber entre políticos y medios. Los primeros, prefieren buscar con los medios un trato casuístico y discrecional antes que procurar una relación institucional y, si fuera posible, profesional. La negociación en cada tema, en ocasiones medio por medio, exige de los políticos un enorme esfuerzo de persuasión y regateo cuyos resultados son, por lo general, insuficientemente satisfactorios.

Dedicados en buena medida a congraciarse con los medios, no son pocos los políticos que descuidan el cumplimiento de otras tareas. Algunos consideran indispensable utilizar, sin ton ni son, cuanta oportunidad tengan para exponerse a sí mismos y a sus opiniones en los medios de comunicación [5]. La creencia de que se puede gobernar a través de los medios conduce a omisiones garrafales en la administración de los asuntos públicos e incluso al surgimiento de significativos vacíos políticos. Desde luego, hoy en día es imposible gobernar sin tomar en cuenta a los medios de comunicación. Pero reconocer el carácter imprescindible que tienen no significa, necesariamente, tenerlos como los únicos espacios de interlocución y relación entre el gobierno y la sociedad.

Pareciera, sin embargo, que muchos políticos hacen proselitismo y, cuando ocupan cargos de gestión, gobiernan más en y para los medios que para la sociedad que los ha elegido. La relación entre políticos y medios –igual que, en buena medida, el resto de la política– suele convertirse en transacción continua. Así es la política, en casi todas las circunstancias. El problema en este caso radica en que, para buscar un trato favorable, los políticos les ofrecen a los medios beneficios mercantiles, administrativos y propiamente comunicacionales. Entre los primeros se encuentran la contratación de publicidad, prebendas a reporteros y privilegios legales y extralegales a directivos de las empresas mediáticas [6]. Esas fueron prácticas frecuentes en la relación entre el poder político y la prensa –especialmente la prensa escrita– en casi toda la segunda mitad del siglo XX.

En los últimos lustros del siglo numerosos funcionarios y dirigentes políticos comprobaron el deterioro de aquellos recursos para subordinar a la prensa. En algunos casos, a pesar del gasto en publicidad y prebendas los medios de comunicación asumían posiciones distintas a las que trataban de inducir sus patrocinadores desde el poder político.

La diversificación de las fuentes publicitarias –tanto comerciales como de carácter político- y en algunos casos los ingresos monetarios por venta de ejemplares permitieron que algunos diarios y revistas adquirieran una nueva autonomía respecto de las fuentes de financiamiento tradicionales. Durante medio siglo la circulación había constituido un factor marginal para la subsistencia de la gran mayoría de la prensa escrita en México. Solo unas cuantas publicaciones de contenido escabroso o frívolo y con centenares de miles de lectores, se daban el lujo de depender fundamentalmente de la venta de ejemplares. El resto ha tenido que apoyarse en la venta de anuncios en sus páginas.

En otros casos, la línea editorial de los medios más abiertamente supeditados al patrocinio legal y extralegal del poder político estaba tan notoriamente hipotecada a esos compromisos que su credibilidad, y por lo tanto su capacidad de persuasión, eran escasas. Los lectores por lo general son reacios a adquirir publicaciones ostensiblemente identificadas con un patrocinador o una posición política específicos. Quizá haya que tener precaución al identificar esa actitud con una conducta política avanzada. El discurso autolegitimador que los medios acostumbran desplegar al definirse como imparciales y equidistantes de intereses ajenos a los estrictamente informativos ha sido engañoso, pero de reconocible eficacia. La mayoría de los ciudadanos tiende a considerar que los medios deben abstenerse de tomar partido o comprometerse con causas políticas sin reconocer que, más allá de las declaraciones de imparcialidad, prácticamente todos los medios respaldan o impugnan posiciones y personajes políticos. La idea de que los medios no han de tomar partido supone que la información puede ser aséptica y neutra, lo cual es imposible.

Parcialmente agotados los viejos recursos a partir de los cuales acordaban con los medios, los políticos tuvieron que ofrecer otro tipo de bienes para lograr la aquiescencia o al menos la atención de las empresas de comunicación. En vez de contratos de publicidad o regalos –en algunos casos además de ellos– los políticos tratan de ofrecer a los medios material para nutrir sus espacios informativos. La mercancía que brindan como elemento de negociación en ese intercambio, es de carácter mediático: declaraciones estridentes, informaciones llamativas y filtraciones, forman parte de esos bienes periodísticos.

Siempre, desde luego, cualquier gobierno u organización política necesita informar acerca de sus hechos y dichos. Esa es una de las responsabilidades fundamentales de todo aquel que aspire a ser reconocido en el espacio público. Pero más allá del cumplimiento rutinario de tales quehaceres, los políticos han encontrado que para ganar presencia en los medios de comunicación necesitan incitarlos con declaraciones o informaciones suficientemente atractivas.

Mientras más agresiva, desmedida o estruendosa sea la declaración de un personaje político, mayor será el interés de los medios para propagarla de manera destacada. Mientras más perturbador o estrepitoso resulte, un documento filtrado a la prensa tendrá superiores posibilidades de alcanzar las primeras planas.

No hay sorpresa ni novedad alguna en esa vocación mediática por el escándalo. El amarillismo, para los medios, es mejor negocio que la información de asuntos rutinarios o no exorbitantes. Ya se sabe: que un perro muerda a un hombre no es noticia, pero lo contrario sí. El carácter mismo de la noticia en los medios lleva impregnada la necesidad de asombrar, de otra forma el periodismo no concitaría el interés de sus públicos. Pero la sorpresa de lectores, radioescuchas y televidentes, es procurada a partir de la fabricación de acontecimientos estrepitosos más que con la develación de auténticas novedades políticas o sociales.

Habitualmente atenida a que los políticos la nutran de primicias la prensa –electrónica y escrita– investiga poco pero chismorrea mucho. Más que hechos, los espacios dedicados a la información política suelen estar repletos de dichos. Y para que logren impresionar primero a la mayoría de los jefes de redacción y luego a los públicos de los medios, esos dichos por lo general tienen que ser expresiones estridentes o agresivas. Así como las malas noticias destacan mucho más que las buenas, las expresiones ríspidas tienen un impacto mediático más contundente que aquellas que no dramatizan. De allí resulta que en los espacios dedicados a temas políticos o sociales el contexto usualmente sea escaso pero, en cambio, abunden los pre-textos: informaciones fragmentarias, datos exiguos, declaraciones inconexas o repetitivas, explicaciones pobres o inexistentes.

La argumentación en extenso, cuando la hay, queda relegada para las páginas interiores de algunos diarios y –salvo excepciones cada vez más escasas– definitivamente excluida de los medios electrónicos. La radio, y de manera especialmente compulsiva la televisión, demandan concisión, sencillez y contundencia. Las frases cortas tienen más éxito mediático que las explicaciones en detalle. Muchos políticos aprovechan esa circunstancia y saben que, si responden de manera escueta y ocurrente, encontrarán mejor espacio en los noticiarios. Otros, sufren el afán simplificador de los medios y con frecuencia de sus largos discursos o declaraciones la televisión y la radio solamente difunden las expresiones más destempladas –que no siempre son las más relevantes–.

 

De la exigencia, al ruego: “La nota,

señor, sólo queremos la nota”

A los reporteros sus directores y jefes de información les suelen pedir material capaz de perturbar o asombrar, más que de enterar o explicar. Los asuntos ordinarios difícilmente son noticia. En busca de nota los reporteros acostumbran requerir a los personajes políticos que les obsequien frases contundentes, aun cuando detrás de ellas no existan mas que adjetivos de importancia solamente ocasional. Cuando no consiguen dichos notorios muchos reporteros –y antes que ellos, sus jefes de redacción– consideran que no han cumplido con su trabajo.

Más que con las anteriores consideraciones, la relación frecuente entre reporteros y políticos así como la impaciencia para que en cada rueda de prensa se formulen declaraciones estridentes puede ser descrita a partir de un ejemplo práctico. Hacia 2003 en México, seguramente el personaje público que tiene una relación más frecuente con reporteros es Andrés Manuel López Obrador, el jefe de Gobierno de la capital del país. Diariamente, de madrugada, incluso en días festivos y fines de semana, ese funcionario ha acostumbrado ofrecer una conferencia de prensa. El encuentro que tuvo el lunes 8 de septiembre de 2003 con los reporteros que cubren sus actividades no fue sustancialmente distinto a los que sostiene cotidianamente y nos permite ilustrar la estéril simbiosis que llega a entablarse entre periodistas en busca de disonancias junto a políticos en pos de espacio mediático.

Aquel día una de esos periodistas manifestó interés por las encuestas que realiza el gobierno entre los habitantes de la Ciudad. A pesar de la insistencia de sus entrevistadores López Obrador no quería revelar datos de esos sondeos. Los reporteros pasaban de un tema a otro en busca, siempre, de afirmaciones drásticas.

Silvia González, reportera de Formato 21: ¿Cuáles serían los puntos malos que usted está detectando en estas encuestas?

Andrés Manuel López Obrador: Bueno, los que siente la gente, los que percibe la gente. Hasta ahora, no, pues no quiero decir más que…

Israel Calderón, reportero de El Valle: Hay que ser autocríticos, ¿qué le falta a su Gobierno?

López Obrador: No, hay que ser autocríticos, yo creo que hace falta trabajar más en materia de seguridad, estamos trabajando todos los días, pero la gente quiere más resultados.

Silvia González, de Formato 21: Eso sería el principal, ¿y luego el otro problema cuál sería?

López Obrador: Básicamente, pero en eso la gente reconoce que estamos avanzando, en materia de seguridad.

Silvia González: ¿Poco, regular o mucho?

López Obrador: Estamos avanzando.

Verónica Méndez, reportera de XEW Radio: ¿A partir de estas encuestas rediseña los métodos para combatir la inseguridad?

López Obrador: Sí, nos sirven mucho, aparte tenemos toda la información diaria que se presenta en las reuniones de gabinete, todos los días tenemos información de lo que sucede en la ciudad, o sea, estamos muy informados, la información es fundamental, no se puede gobernar sin información.

Arturo Páramo, reportero de Reforma: Hablando de encuestas, esa encuesta que se publica hoy que lo pone a usted como aspirante principal a la Presidencia de la República ¿qué piensa de ella?

López Obrador: Pues, muy bien.

Arturo Páramo: Pero ya es una encuesta, no es una opinión de nosotros.

López Obrador: Sí, pero esas son otras encuestas, esas tienen que ver con la parte política, a nosotros nos importan mucho también, no también, las que nos importan son las que tienen que ver con el sentir de la gente en asuntos que le preocupan a la gente, o sea, lo cotidiano.

José Luis Palacios, reportero de La Crisis: ¿A la gente le importa también eso?

López Obrador: No, no, la gente no está pensando en eso, falta muchísimo tiempo.

Verónica Méndez, reportera de XEW Radio: Pareciera que sí, el mismo Presidente ha dado prácticamente un banderazo de salida hacia la jornada de 2006 y estas encuestas ¿usted cómo las ve, se convierten en un factor desestabilizador del país?

López Obrador: No, no es para tanto, no es para tanto.

Verónica Méndez: ¿Qué sucede con estas encuestas?

López Obrador: Pues es una forma de medir lo que está pensando la gente, pero nosotros no vamos a hablar de eso porque si no, nos llevaría mucho tiempo estar hablando de ese asunto y además se enojan.

Silvia González, reportera de Formato 21: ¿Sigue muerto políticamente, en la carrera hacia el 2006?

López Obrador: No me …

Elizabeth Galindo, reportera de Radio Fórmula: ¿Le quitan el sueño estas encuestas que cada rato lo posicionan como candidato a la Presidencia?
López Obrador:
Muy bien. Vamos a seguir pendientes del agua, de las lluvias.

Elizabeth Galindo: No, señor, o sea, ¿le quitan el sueño, le preocupa que cada rato estas encuestas le saquen…?

López Obrador: Me quita el sueño cuando llueve, por ejemplo, toda la noche llovió y empezó a llover fuerte otra vez a la seis de la mañana y sigue lloviendo…

Elizabeth Galindo: No, señor, pero yo no le pregunté eso.

López Obrador: Sí, eso sí, antes ¿saben qué? cuando llovía, dormía yo mejor, me arrullaba el agua…

Elizabeth Galindo: No, señor, no me entendió, yo no le pregunté eso ¿yo le pregunté sobre las candidaturas?

López Obrador: …ahora llueve y ya tengo que esperar….

Verónica Méndez, reportera de XEW Radio: ¿Llueven las encuestas, es una lluvia de encuestas, esta lluvia de encuestas es lo que ahora no lo deja dormir?

José Luis Palacios, reportero de La Crisis: La nota, señor, sólo queremos la nota.

Israel Calderón, reportero de El Valle: Oiga señor, nada más contésteme una cosa.

Arturo Páramo, reportero de Reforma: ¿No le importan de verás?

Leonel Lázaro Tenorio, reportero del Instituto Mexicano de la Radio: Licenciado, ¿se registró un accidente en la mañana?

López Obrador: … sí.

Leonel Lázaro Tenorio: ¿Qué reporte tiene?

López Obrador: Es un accidente lamentable de un camión que trasladaba una trabe, se volteó, quedó la trabe atravesada en la zona de La Raza, desafortunadamente, lo lamento bastante, perdió la vida un trabajador, es una trabe que se trasladaba al Distribuidor Vial de Zaragoza, son maniobras muy riesgosas, muy peligrosas y suceden estas cosas, ya he dado instrucciones para que se atienda a los familiares y se vea lo del seguro y todo lo que corresponde en estos casos.

 

De no haber sido por la pregunta de reportero del IMER, López Obrador tendría que haber seguido eludiendo la presión del resto de los periodistas. Durante los casi ocho minutos que duró la conversación antes transcrita el gobernante de la ciudad de México no hizo una sola declaración que pueda considerarse de interés periodístico. No se mencionó hecho novedoso alguno. Todo ese tiempo, reporteros y funcionario mantuvieron una simpática pero, a la postre, desgastante esgrima. Ni el jefe de Gobierno tenía nada que decir, ni los reporteros llevaban inquietudes originales para plantearle.

El extenso ejemplo que hemos reproducido resulta aun mas significativo porque con frecuencia se ha considerado que, de los políticos mexicanos, López Obrador es el que tiene una mejor relación con los periodistas. Y, viceversa, se trata de uno de los personajes públicos a quien los reporteros profesan más simpatía.

 

Cuando la prensa crea posturas

a modo. Distorsiona, que algo queda

No todos los políticos disfrutan de tanta condescendencia. A muchos otros les ocurre que por muy cuidadosas que sean sus declaraciones, habrá medios que quieran ajustarlas a sus respectivas agendas, miradas o concepciones. En numerosas ocasiones las preferencias, las fobias o los prejuicios de reporteros y directivos mediáticos se sobreponen a la claridad en la exposición de dichos y hechos del mundo político.

Otro ejemplo. El ex presidente Carlos Salinas de Gortari ha sido uno de los personajes de perfil más peyorativo en México desde el último lustro del siglo XX. Después de haberlo erigido como uno de los personajes de mayor consenso en la historia contemporánea de México, poco después de su gobierno los medios depusieron a Salinas del pedestal en donde lo habían encumbrado [7]. Es posible que esa aciaga imagen pública vaya difuminándose. Pero casi una década después de que concluyó su administración, en numerosos medios a Salinas se le abomina con tan encendido encono como escasa cavilación. A menudo, en los comentarios políticos e incluso en las entrevistas con personajes públicos el nombre de ese ex presidente aparece sin que venga a cuento. Más allá de su presencia pública real, ha existido una magnificación mediática que, aun cuando sea para denostarlo, mantiene a Salinas como personaje insoslayable.

El domingo 27 de julio de 2003 los lectores de La Jornada desayunaron frente a este titular de primera plana:

 

El PAN, dispuesto a negociar con Salinas: Barrio

Arriba de ese vistoso encabezado, un cintillo proclamaba:

 

¿Quién de verdad está libre de alguna culpa?, pregunta.

 

Y bajo el titular principal, se añadía:

 

Para resolver asuntos del país no se puede descalificar a nadie.

 

A juzgar por esos encabezados el Partido Acción Nacional, a cuyo coordinador parlamentario se le atribuían esas declaraciones, había resuelto pactar una alianza con el ex presidente Salinas. La mayoría de los lectores del diario, que no siempre recorren las notas completas, pudo haberse quedado con esa impresión. Pero la información indicaba otra cosa. La mención del ex presidente se había debido a la insistencia de la reportera de La Jormada y no a una decisión previa del dirigente de los diputados de Acción Nacional. A Barrio, ese diario lo mostró haciendo una declaración que, en rigor, no había dicho.

La entrada de ese texto, firmado por Georgina Saldierna, rezaba:

“De darse la situación, el Partido Acción Nacional (PAN) no rechazará negociar incluso con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari, adelanta Francisco Barrio Terrazas, próximo coordinador de los diputados federales de ese instituto político”.

Más adelante la nota describía parte del diálogo entre la reportera y el dirigente panista:

-¿Acción Nacional ha medido el costo político de aprobar medidas que finalmente están en el proyecto del Partido Revolucionario Institucional? Es decir, ¿el PRI va a ser lo que el PAN fue para el PRI en el sexenio salinista?

-Esas cosas inevitablemente se van a seguir dando. Veo virtualmente imposible que el partido gobernante tenga el control absoluto de todo… lo importante es si las reformas le van a beneficiar al país o no. Si es bueno para México, puede haber la motivación de ir adelante, incluso pagando el costo político…

-En el pasado no sólo hubo señalamiento de su acercamiento con Zedillo. También se afirmó que era el panista más salinista. ¿Cuál es su relación con el ex presidente?

-No tengo en este momento ninguna comunicación con el ex presidente. En aquella época, cuando yo era gobernador y él era presidente, busqué tener una buena relación con el gobierno federal; era parte de mi responsabilidad. Igual lo hice cuando el presidente ya era Zedillo. No creo que en esos seis años haya nada que se pueda señalar como una conducta en la que haya sacrificado principios o normas éticas para quedar bien en una coyuntura política. No hay motivo por el que pueda sentirme apenado o arrepentido o mucho menos…

-O sea, ¿si es necesario hablar con el mismo Salinas, lo van a hacer?

-Por supuesto que sí. El punto es no prestarse a situaciones inadecuadas. Esto no quiere decir que avalemos a persona alguna o ciertos manejos. Lo que le quiero decir es que tenemos la apertura de tratar en el mejor ánimo de que los acuerdos se den sin incurrir en prácticas o acciones indebidas.

-¿Ha habido algún contacto con el ex presidente?

-No. No he estimado necesario hacerlo. Y los contactos que he tenido con otros actores ya se conocen. Si alguno de ellos está cercano o no, no creo que sea el factor determinante para decidir si me reúno con alguien…

-¿No resulta vergonzoso negociar con un personaje cuestionado y controvertido como el ex presidente?

-Si ese fuera el criterio, tendríamos que eliminar de las mesas de negociación a muchas personas. ¿Quién, la verdad, está absolutamente libre de toda culpa?… Nunca he sido partidario de descalificar de manera absoluta a personas, menos cuando tienen una responsabilidad en el área pública. Si uno se pone a descalificar interlocutores, lo más probable es que uno también acabe descalificado.

 

Trivializadora politización;

transgresora mediatización

La política, a diferencia de lo que a menudo se supone, lo permea casi todo en el espacio público contemporáneo. Nos referimos a la imbricación entre los más variados asuntos y el sesgo político que adquieren en los medios. La información policiaca, los deportes, la sección de obituarios, los espectáculos y desde luego las noticias financieras, suelen estar teñidos por una politización que parece tan omnipresente como inevitable.

Esa politización del espacio público que está ocupado por los medios no significa que la agenda de los políticos y los partidos sea compartida por la sociedad. Tampoco quiere decir que las convicciones participativas de los ciudadanos se hayan incrementado sustancialmente. Lo que ese matiz indica es que en la cobertura de los asuntos más variados, los medios tienden a resaltar las implicaciones relacionadas con la disputa por alcanzar o controlar el poder en cada uno de los ámbitos de la vida social.

En palabras del especialista salvadoreño Mario Alfredo Cantarero: “La prensa, televisión y la radio, muchas veces por consentimiento y algunas por desconocimiento profesional, han sido asaltados por el criterio y la metodología de que sólo es noticiable aquello que se enfoca y dimensionada políticamente. En síntesis, el discurso mediático noticioso ha espectacularizado políticamente todos los ámbitos de la vida social. Entre otros, el medio ambiente, la educación, la infancia, las mujeres, el deporte, la navidad, la desesperación y el sufrimiento de la población son hechos que huelen permanentemente a ‘interés político’, entendido esta como la única razón que da sentido a los eventos que ocurren en el presente social” [8] .

La propagación mediática les confiere a todos esos asuntos una dimensión pública que de otra manera no tendrían. Junto con la omnipresencia de los medios, asistimos a un creciente interés de la sociedad por los temas que se ventilan en ellos. La diversidad de opiniones que es parte de la democracia contemporánea pero, también, la frecuente ausencia de jerarquización en el debate público, tienen como resultado la propagación de una atronadora querella permanente. No está mal el hecho de que todo se discuta. El problema es que la discusión de casi todos los temas se realiza en los mismos planos y con los mismos recursos. Los medios señalan –o recogen– temas y prioridades, les dan espacio, los ventilan por unos cuantos días y al cabo de poco tiempo los abandonan sin darles seguimiento y sin que, la mayoría de las veces, haya existido una auténtica deliberación ciudadana acerca de ellos.

Esa secuencia puede reconocerse en la exposición de los asuntos más variados, desde el arbitraje en un encuentro de futbol, las vicisitudes de los participantes en un reality show televisivo y las consecuencias del cambio climático mundial, hasta una sesión del Senado o el tipo de cambio de nuestra moneda frente al dólar. Uno tras otro, esos hechos se confunden en el constante estruendo que constituye su exhibición mediática. Los ciudadanos los conocen, pero no por ello los comprenden mejor como apuntaremos más adelante. Y nada de ello modifica las condiciones en las cuales los espectadores se enteran de tales asuntos. Al respecto, añade Cantarero para comentar la politización de mensaje público en su país: “Sin embargo, en el otro contexto del proceso comunicativo, los usuarios de los medios informativos y del discurso político se comportan con otra lógica. La población recibe la información difundida, pero su interpretación del mensaje la hace a partir de su situación de vida en un aquí y ahora real, ‘al rojo vivo del día a día’, como dice la población. De esa evaluación entre mensaje propagandístico y realidad vivencial, precisamente surge esa actitud displicente de la mayoría de los salvadoreños con respecto no sólo al mensaje recibido sino a los eventos políticos, como se puede ver en su paupérrima participación en las últimas 5 elecciones presidenciales. Al ciudadano, le preocupa, principalmente, la situación de vida, el comer diario y el diario sobrevivir” [9].

Al cargar las tintas –o aumentar el volumen del audio– para destacar las implicaciones políticas, los más diversos temas se vuelven campo de litigio mediático y social. Ciertamente muchos de los conflictos contemporáneos, en las más diversas áreas de actividad, están relacionados con negligencias o excesos de los gobernantes: tienen implicaciones políticas independientemente de que sean expuestos, o no, en los medios de comunicación. Al ser incorporados al repertorio de entretenimiento e información que ofrecen los medios todos esos acontecimientos quedan, al menos en parte, sometidos al vaivén comunicacional.


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